Cultura, Espectáculos y TV

‘Ellas son yo’

Carmen Aldunate abre su muestra 'En silencio' el 14 de abril en Artespacio

Por: Lily Urdinola

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No hay que dejarse engañar por la Aldunate. La madre de tan formales personajes es la menos formal de las criaturas. De su humor negro nadie se libra.  Mientras en la puerta de sus vecinos un letrero dice: El Señor entró en mi casa, el de ella responde: Y él de aquí se mudó.

Con voz firme anuncia que la exposición que inaugura este 14 de abril en la galería Artespacio es la última muestra individual que hará en la vida. Que ya el cuero no le da para más.
—Perfecto —le digo—. Ese será el título.
Después de un exiguo silencio, la respuesta era la de esperarse:
—Mejor no, porque por ahí hago otra…

Por supuesto que hará otra y otras. Lo ha dicho antes: “Trabajo temas y cuando terminan viene la seca. Digo que no voy a pintar más y me baja una depresión espantosa. Pero de repente algo gatilla, pido telas, y en ese momento sólo quiero hacer eso”. Remata la frase con un “voy a pintar hasta que me muera. Expondré en colectivas o me las…”. Traduzco: en su gráfico manejo del idioma español quiso decir que se quedaría con ellas.

Por consiguiente, este círculo virtuoso —por los resultados— se dará una y varias veces más, porque la Aldunate posee su propio ritual. En marzo cierra su casa de Zapallar, reabre la de Santiago —más exactamente el tercer piso, donde está su taller— y empuña los pinceles. En ese preciso instante su liturgia veraniega —consumo exhaustivo de sol, dentro y fuera de la casa, playa a diario, olas para ver, tocar y enfrentar, más una inusual gregariedad—, automáticamente desaparece y se va a negro. La noche se vuelve día; el día, noche. Pinta hasta al amanecer, duerme hasta el mediodía. Los mensajes se dejan en el operático buzón y los e-mails los responde cuando le interesan, y de madrugada generalmente.

Fuera de “las niñitas” —María y Antonia—, sus nietos, sus nanas eternas y una perra que tan pronto se muere, reencarna, porque siempre es la misma, el resto de los mortales tiene el acceso restringido a su hábitat. El living y el comedor están de sobra. Le basta con el taller, la cama y el baño-bazar, lejos lo más entretenido de la residencia.blue boy

Un par de tunas bien fumadas pueden constituir el almuerzo. Las tareas domésticas no le interesa hacerlas ni cómo se las hacen. Decoró una vez su departamento. Lo llenó de muebles y objetos maravillosos de su heráldica familia, y ahí siguen suspendidos en la penumbra. Lo único realmente vivo son las paredes que ya no dan abasto para tanto cuadro de colegas, comprados o regalados y, mayormente, de María Romero, su hija artista. Pintan distinto pero son idénticas. La madre lo sintetiza diciendo: “cuando ella está triste, todos estamos tristes. Si anda alegre, todos nos ponemos alegres”.

Cuando le recordamos que pese a su reciente cumpleaños aún le queda tela para rato, saltó rauda: “Cuidado Urdinola con poner números”. Le expliqué que yo, como adicta a las ciencias exactas y a la historia, no podía omitirles cifras relevantes a mis lectores. Pregunta: “¿Y por qué no te vas a historiar a otra?”. Respondo: “Porque usted me fue asignada”.

—A PROPÓSITO, ¿EN CUAL DE TODAS LAS EDADES SE HA SENTIDO MÁS A GUSTO?
—A los 30 me sentía la reina del mundo.
—¿Y por qué motivo?
—Motivo, cariño y mucho. El que recibí de mis padres.
—¿Cuánto le duró esa sensación?
—Lo que duraron ellos. Murieron, más o menos, en esa época.
—Sus temas recurrentes: pudor, obsesión, secreto, control, dignidad, tentación. Apostaría cualquier cosa a que en el verano los manda a capear olas y en marzo los retoma con urgencia. Da la sensación de que no quiere perderlos de vista; sino tenerlos constantemente a su lado.
—Y lo están siempre. No los mando a capear olas; los tapo con arena. Arena que, justamente, se va yendo con la ola. A finales de febrero, cuando el agua ya arrasó con todo, reaparecen.
—¿Por qué sus mujeres no envejecen ni se arrugan?fumando
—Estás muy equivocada. Te faltan anteojos.
—Para nada. Los mantengo adentro. E insisto: las señoritas y señores próximos a exhibirse no tienen una arruga ni les pasa un año.
—Las arrugas se pueden eliminar de muchas maneras, pero el gesto, esa pesadez de vida, no te lo puede sacar nadie. Y allí está. Para mí el tiempo no pasa por la cara sino por los estados de ánimo que manejas adentro.
—Le encanta reírse o burlarse, da igual. ¿Por qué sus “monas”, como las llama, no tienen derecho a lo mismo?
—Yo soy mi máscara. Ellas son yo. Mi risa y la broma me sirven para disfrazar los estados de ánimo y creo que todo el mundo hace un poco lo mismo. Como decía mi institutriz, never complain and never explain (nunca te quejes y nunca expliques), un proverbio inglés muy antiguo y muy justo. Lo que hay que compartir es la alegría, no las penas. Mis monas son mi interior. Lo que no cuento. Son mis secretos. Es mi silencio. Me he servido de ellas para captar instantes. La carcajada es obvia.
—A propósito de esa frase de su institutriz,  recuerdo momentos de su vida en que se ha quejado de hechos y los ha explicado.
—Pero con mis amigos. No ando publicándolo.
—Salieron en letras de molde.
—Si te refieres a los motivos de mi separación, eso no fue ninguna novedad. Cuando hablé sobre mis desavenencias conyugales —como dicen las señoras formales— estaba haciendo historia, no quejándome ni explicando.
—¿En quién estaba pensando cuando pintó El señor de los remolinos? Me tinca que sé…
—Fíjate que estás muy, muy equivocada.
—En ninguna de estas obras pensó en nadie en especial…
—En todas.
—¿Algún nombre?

—Ni uno. Podría hacer una excepción con uno muy específico —porque lo saqué de una fotografía que también tomé yo— y es el Blue boy. Se trata de mi nieto Lucas, así de joven, así de lindo.

“TOTAL QUÉ MÁS DA”, ME DIJO, Y ME AUTORIZÓ A QUE ESCRIBIERA LO QUE ME DIERA LA GANA. Así que lo voy a hacer. Tantos años oyéndola he llegado a la conclusión de que el presente lo vive porque le toca y el futuro ni se lo plantea, porque la angustia. En cambio, cuenta y celebra con otros su pasado. El padre diplomático “buenmozo como diablo, pata de Judas”; la abuela Adela Edwards —ex alcaldesa de Santiago y creadora magnífica de la Ley de la Silla—; la madre pintora… “una de las primeras en usar pantalones. Cantaba ópera y tenía un vozarrón que quebraba los vidrios, pero no le apuntaba a una nota. Hasta niñita fui muy feliz con todo esto, pero cuando entré al colegio me empezó a dar vergüenza”.
—¿Vergüenza de qué? Si usted es el compendio de todos ellos: seductora, libre sentidora, rebelde, líder, pintora, rompemoldes, fanática de la ópera y de los pantalones.
—La típica vergüenza imbécil de que todas las otras mamás eran distintas. Mi papá calzaba en cualquier parte, pero mi mamá en ninguna. Como alegaba que la nariz se le enfriaba, había tejido un guante verde para cubrírsela, se lo amarraba por detrás y así circulaba. Claro que me daba vergüenza. Como ella lo sabía, se ponía un gorro más raro, un pantalón más difícil y cantaba más fuerte.
—Por eso digo que usted es el compendio.
—De mi abuela Adela y de mi madre, sí. De mi padre, a veces, me sale la educación.
—Volviendo a la exposición, a sus temas y sus títulos… Uno se llama Acerca de la obsesión. ¿A estas alturas del partido, usted todavía tiene obsesiones? Recuerde que usted es ella…
—Estoy llena de obsesiones. Y no pienses mal pues sexuales… casi nunca.
—Ya el “casi” me parece un logro.
—A mí también. Pero obsesiones religiosas, ¡nunca! Soy católica, puedo ser apostólica, pero no romana. Rezo no sé por qué y no voy a la iglesia. Me carga. Además, se me murió mi confesor, Mario Zañartu, que de cura no tenía nada.
—¿Y la muerte, la obsesiona?
—Como la felicidad máxima. Si te dijera que todas las noches mi último pensamiento es ¡qué ganas de no despertar! Estoy cansada.
—¿De qué, de pintar?
—De eso no. Me duelen los huesos.
—Pero si es tan joven…
—Jajajajá. Me han crecido las pechugas. Y no sabes lo que pesan.
—Debe ser por eso que le duelen los huesos.
—Y no sólo eso. También los pies, la nariz y las orejas.control

—De Acerca del control dice: “Tentar domar emociones, lejanías, cercanías/sentimientos…”. ¿Todavía intenta domarlos?
—Lógicamente. A alguien tengo que controlar. He intentado hacerlo con los humanos, pero cuando descubren que ni siquiera tengo control sobre mí misma, nadie me hace caso.
—Acerca del pudor… Recatada, mayormente, nunca ha sido…
—En lo físico soy pudorosamente estética. Un lindo desnudo no ofende ni molesta, pero una vieja o viejo gordo y desnudo, es un pecado.
—De la dignidad ni le pregunto. Y menos cuando el tema de su cuadro pueden ser los cuernos. ¿Tiene su propia fórmula para enfrentarlos?
—Ufff, tengo un manual de la A a la Z. Me lo sé entero y no sirve para nada. Por eso no te lo regalo. El estado de dignidad es tuyo. Y pongan lo que te pongan encima —coronas, cuernos, sombreros—, si tú eres digna siempre lo seguirás siendo.
—¿Considera que poniéndole velos y crespones a los deseos se logrará restringirlos, o como expresa usted, “hacerlos menos punzantes”?
—Las ganas tienen que ser secretas. El deseo no tiene que notarse. Hay mil maneras de transmitirlo y no es con palabras.
Yes, I do. A las parejas siempre las une por hilos a punto de reventarse. ¿No será generalizar mucho? Hay muchos lazos que han aguantado el hasta que la muerte los separa.
—Será pesimista decirlo, pero esos hilos de repente los he visto raídos, forzados, reparados.
—El poder de los otros le da risa. Pero a usted le gusta ejercerlo y saber que lo tiene. Al fin y al cabo lleva años en el centro de la escena.
—Lo que me da risa —o mejor dicho, pena— es el amor por el poder. No me siento para nada centro. Soy lo más insegura que te puedas imaginar. Y cada vez es peor. Lo estoy más ahora que el primer día que entré a la universidad. Encuentro que sé menos que antes. Y no volvamos a la curva de la edad porque no es eso. Nunca me he sentido segura en nada: ni en pintura, ni en amores, ni de físico, ni en inteligencia. En nada. Y tampoco encuentro que ejerza el poder, para nada.
—¿Cómo que no? Es una verdadera dictadora con sus amigos. Más de uno la teme…
—Lo que ejerzo es la verdad y algunos tal vez no están acostumbrados. ¿Cuántas veces has tenido deseos de decir hoy no tengo ganas de hacer nada ni de ver a nadie, así que mejor no se aparezcan?
—¿Y usted cree que si no fuera Carmen Aldunate le soportarían las 365 condiciones que tiene para cada día del año?
—¿Y quién es Carmen Aldunate?
—Es lo mismo que me estoy preguntando… Entre las obras hay una llamada Tierno amante. ¿Todavía la hace vibrar “la complicidad de esa primera mirada”? ¿La espera?
—Ay sí, uno la espera siempre.
—Y vuelta con La Tentación. ¿Con qué podrían tentarla en este momento?
—Con algo que de adulta he recibido poco: ternura.
—Su Oda a la Pasión merece citarla entera: “Que difícil conseguirla/ más aún, conservarla/ Desear tenerla siempre/ por algo, por alguien”. ¿La consiguió, la retuvo, la desea?
—La conseguí. Es imposible retenerla y extremadamente la deseo.
—Ahora sí creo que está con fiebre.
—Pero… pero… pero, preferiría sacrificarla si no viene acompañada de la ternura.

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