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Destellos en la oscuridad

María Gracia Subercaseaux y Luis Poirot

Por: Lenka Carvallo

La fotógrafa y su maestro trabajaron juntos para una exposición que muestra el dolor y la esperanza de los niños con cáncer del Hospital Exequiel González Cortés. Uno de los trabajos más duros del que tienen memoria.

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Luis Poirot tiene unos ojos pequeños y escrutadores. Viene apenas con su gran maleta en la que carga sus objetos fotográficos, porque esto no se trata sólo de una entrevista: él fotografiará a María Gracia Subercaseaux y viceversa. Ella lo espera en el sexto piso de este edificio frente al Forestal, con el pelo mojado, cero maquillaje…

Reunidos por primera vez en un proyecto, están aquí para hablar de un trabajo potente: la exposición Mirar con esperanza, en la que retrataron a los niños con cáncer del Hospital Exequiel González Cortés. Una experiencia profunda que los llevó a enfrentar dolores personales y ajenos y que, aun así, aceptaron sin dudarlo.

poirot-01POIROT TUVO CÁNCER HACE DIEZ AÑOS. Por eso, hacer las fotos le tocó una fibra que todavía duele y que lo enfrenta con sus peores miedos: “Los hospitales, ver a estos niños, me recuerda por lo que pasé… y me cuesta mucho enfrentarlo”. A pesar del dolor, maestro y alumna están felices con su exposición.

Se conocen hace años. Poirot: “Estabas parada en la puerta de este edificio con la Tere Cruz. Yo volvía del Bellas Artes donde tenía la exposición Ropa tendida. En ese tiempo aún vivía en Washington como príncipe consorte de mi ex mujer…”. Director de teatro, fotógrafo eximio, fue conocido como el retratista de Allende y parte de su círculo íntimo, lo que le costó el exilio.

Al otro extremo del sofá, María Gracia lo observa. Se nota que ella ha pasado horas junto al maestro bajo el efecto hipnótico del cuarto de revelado, revisando imágenes. “Hacía rato que estaba con esta necesidad de expresar mis emociones y cuando vi tu exposición dije: ¡esto es! Tu fotografía resolvió mi carencia. A través de tu ojo me di cuenta de que yo también quería eso. Una coincidencia perfecta porque supe que ya te venías a Chile y que en enero partía tu taller. Y me instalé desde el día uno”, recuerda ella que entonces pasaba por una crisis de pareja, con la autoestima en cero. “Las fotos fueron mi terapia. Antes estaba siempre muerta de susto, intentando agradar. No me atrevía a decir que no sabía algo para no pasar por tonta. La separación me hizo encontrarme…”. Poirot reconoce: “Y lentamente empezaste a construir un mundo grandote, que no se lo debías a nadie”.

RETRATAR DOLORES Y AMORES le pellizcó el alma al fotógrafo. Tuvo un tumor en el ojo izquierdo, detectado tres semanas después de sufrir un ataque al corazón que le dejó tres bypass… Un tiempo turbulento en el que se separó de su mujer, se volvió a enamorar y armó nueva vida con alguien treinta años menor.

Con todo lo vivido y superado, hoy la cara de los dos se ensombrece al hablar de la serie de 24 fotografías que tomaron para la Fundación Ronald McDonalds que exponen y que, además, convirtieron en un libro para recaudar fondos y crear salas familiares, espacios en los hospitales donde las familias puedan recobrar fuerzas y seguir apoyando a sus niños enfermos en un lugar cálido.

“Esas fotos son mi autorretrato —comenta Poirot, cargado de emoción—. Pasé por algo parecido y si no fuera por mi mujer que estuvo a mi lado cuando yo estaba tan desvalido y angustiado, me habría muerto. Por eso, veo la puerta del hospital y me pongo nervioso. Después de esas fotos llegaba a mi casa mal, tenía que salir a caminar…”, cuenta recordando sus retratos a niños en etapa de recuperación.

poirot-03La parte más dura se la llevó María Gracia: fotografiar a los que están en tratamiento, entubados, recibiendo quimio o radioterapia… “Esas miradas yo sentía que iban a quebrar el lente… Me iba del hospital y no quería hablar con nadie, no podía sacarme ese dolor… Héctor, de apenas 2 años, estaba muy mal, su cuerpo ya no respondía, iba a morir… Y tenía una expresión de entrega, como diciéndole a su mamá déjame ir. Lejos lo más fuerte que he vivido (llora). ¡Que tan chiquitito pudiera comprender que todo se había acabado!, y que eso fuera el desconsuelo de su madre, no se me va a olvidar nunca…”.

Después de esta experiencia, maestro y alumna sacan lección. Ella siente pura gratitud “porque mis hijos y yo estamos sanos”. Y él dice que aprendió a enfrentar sus miedos y que, también, “está la pequeña sensación de devolver algo de lo que recibí, dar la mano. Doy gracias por eso”.

Más de Luis Poirot www.luispoirot.cl
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