Los intolerantes
Tras bambalinas
Fotos Diego Bernales
Entrevistamos por separado a cada uno de los panelistas para saber si son reales o libreteados los conflictos, si hay puntapiés debajo de la mesa, si hay mucha o poca tolerancia humana en Tolerancia Cero. Hablamos de invitados insoportables, de las mujeres ausentes y de lo que tuvo que ver Matías del Río en la salida de Sergio Melnick, a quien Paulsen admira y echa de menos.
Tolerancia Cero no se cansa de producir comentarios. Por estos días debaten sus propios seguidores… Que fue una gran idea poner en cámara cuatro invitados juntos… ¡No, se hizo mal! Apenas pudimos escuchar a los panelistas… Se hizo bien, el programa tuvo más tensión dramática… Mal, mal… ¡por algo no se repitió la fórmula el domingo siguiente!
El espacio ha debido tomar de su propia medicina: la polémica. Y se produjo a raíz de un especial de noviembre dedicado a la educación en que hubo muchos invitados. Un signo más de la alta visibilidad que ha alcanzado Tolerancia Cero. Sólo el tiempo dirá quién tuvo razón y si se repetirá esa experiencia. Pero lo que nadie no se atreve a discutir es que cuando se despliega su característica cortina musical cada noche de domingo, se inicia el horario de TV con más impacto político, con más capacidad para producir cambios en la agenda informativa.
Quien no lo haya visto puede pasar toda la semana en la luna durante las conversaciones de amigos o de su lugar de trabajo. “Si no lo ves, te quedas afuera”. Eso es lo que aspira todo programa de este tipo, y Tolerancia Cero lo ha conseguido. Por tratarse de un espacio dirigido a una elite, tener (como tiene) más de 9 puntos de audiencia es un éxito notable, superior a cualquier otra época de sus 11 años en el aire. Chilevisión se frota las manos. Como todo medio de comunicación, lo que quiere es eso: influir.
Más allá de los entrevistados importantes y novedosos (cada vez menos políticos y más personas que aportan puntos de vista diferentes), la clave de su arrastre puede estar en el carácter de los panelistas, en la personalidad de cada uno y el choque de palabras y miradas entre ellos. Su éxito, naturalmente, se gesta también detrás de la pantalla, partiendo por las decisiones que toma Alberto Luengo, editor general, quien es la última palabra en la elección de los invitados.
El televidente es casi siempre un participante activo. No sólo se informa, no sólo aprueba o rechaza las opiniones que salen al aire. También intenta descifrar, o adivinar, la trama oculta detrás de las voces y los gestos de Fernando Paulsen y Fernando Villegas, de los todavía imprecisos rasgos de Cristián Bofill, y la actitud flexible de su conductor, Matías del Río, quien a veces luce muy serio y aparentemente autoritario, y luego asume actitudes indulgentes, como de hermano menor, lo cual no hace más que agregar tensión dramática al programa. El televidente se pregunta: ¿Son reales o libreteados los conflictos entre los panelistas? Los mismos que en cámara parecen no soportarse, ¿son uña y mugre fuera del canal? ¿Hay rivalidades disimuladas? ¿Alguno de ellos pega puntapiés bajo la mesa? ¿Hay cero tolerancia humana en Tolerancia Cero? ¿Echan de menos a los que se fueron? Es lo que quisimos averiguar.
Realizamos una serie de entrevistas por separado con cada uno de los panelistas y con el jefe del equipo; los acompañamos antes y después del programa; observamos cada una de sus reuniones de trabajo.
Reveladora fue la ronda de entrevistas individuales. Nos dimos cuenta de que todos creen conocer las virtudes y deficiencias de Fernando Villegas, el participante-fundador. Matías del Río admira su cultura y su uso del vocabulario. No le gusta nada, sin embargo, el “personaje” que representa Villegas en el programa. Lo encuentra alejado del mundo, con mucho desprecio por lo cotidiano. Paulsen cree que es extraordinariamente potente su manejo del planteamiento argumental. “Habla de corrido sin necesidad de ser editado. Le envidio profundamente eso. Puede ser que esté equivocado en lo que está diciendo, pero Villegas lo dice argumentalmente de manera estupenda”.
CRISTIÁN BOFILL, EL MÁS NUEVO DEL EQUIPO, APARECE COMO LO OPUESTO DE VILLEGAS. Villegas reconoce que desprecia los datos, prefiere las ideas. Bofill siempre trata de difundir datos, la información que circula en secreto. Y se le ve más competitivo dentro del programa de lo que estaban acostumbrados sus integrantes. Paulsen precisa:
—No es un tipo que usa la información para sacar ventajas personales, para posicionarse. Bofill busca la información para contarla: y esa es la esencia del periodismo. En la mezcla del curioso con el hocicón, si tuviera que escoger cuál de los dos prima en una determinada noticia, preferiría al hocicón.
Piensa que Bofill tiene un déficit de televisión. “No es que se note, pero él lo siente. Considera que está menos dotado para la TV que lo que realmente es”. Villegas, en cambio, considera que Bofill se ha adaptado casi de manera instantánea a su nuevo rol, confirmando los méritos que ha demostrado en La Tercera. “Lo único que no me gusta de él es que mueve tanto los brazos al hablar que casi me cachetea cada domingo”.
Bofill, sin mucho entusiasmo, acepta referirse al programa:
—Me encantaría tener la experiencia y la habilidad de los otros tres frente a las cámaras. A mí me cuesta el lenguaje televisivo. Estoy acostumbrado al periodismo escrito. Otro tema es el lenguaje corporal —se lamenta Bofill—. Los gestos que uno hace pueden ser más importantes que lo que dice.
Matías del Río, el conductor, es el único de los cuatro que tiene un audífono en el oído para recibir instrucciones. “No son muchas”. Mira fijamente al panelista que está hablando, hasta que cruza una mirada con él, y después, le hace un pequeño gesto con la mano. Cuando Bofill llega a la desesperación por decir algo, estira el cuello, mueve las cejas; Villegas abre mucho los ojos. Paulsen ha visto más: “Cuando Villegas realmente quiere entrar a hablar, bufa. En mi caso, como me siento al lado del conductor, tengo la ventaja de que puedo tocarlo”. Paulsen es paciente, sabe esperar, “puede pasar dos vueltas sin hablar y no jode. Nunca pide la pelota”, dice Matías del Río, “Pero cuando se la pasan no la entrega. Cuesta quitársela”.
EL PROGRAMA NO SIEMPRE TUVO CONDUCTOR. Alejandro Guillier fue un tiempo, pero no le acomodaba. La llegada de Matías del Río fue una decisión del editor general, Alberto Luengo:
—Cuando se fue Alejandro Guillier decidimos no reemplazarlo por alguien de la centroizquierda, sino buscar un conductor. También quisimos acercarnos a un público más joven. No podemos quedarnos en los televidentes de más edad y sólo en los interesados en la política. Del Río —precisa Luengo— es un periodista excepcional de la generación joven, muy televisivo, y encantador en su imagen como despelotada. Es un conductor tranquilo, que se puede equivocar, que anda medio paveando, que se cae, se ríe y le da lo mismo.
A lo largo del tiempo, Tolerancia ha oscilado siempre entre lo periodístico y lo opinante. Con Matías del Río y ahora Bofill, se ha vuelto más periodístico y esto les ha traído éxito, alza en la sintonía, que es todavía mejor en el segmento ABC1, donde es primero salvo en las cortas temporadas en que se transmite Los Ochenta. Animal Nocturno, de Felipe Camiroaga, también les quitaba público, admite Luengo. En las ediciones recientes la sintonía en ABC1 ha llegado a 12, y en ocasiones hasta 24.
Se conocen hace años en algunos casos, lo cual no hace amigos, necesariamente, a los panelistas, pero tal vez ayuda al programa. Villegas y Bofill trabajan juntos en La Tercera hace años. Paulsen también fue director del mismo diario, y en esa oportunidad, por los ’90, sumó a su equipo a un principiante, Matías del Río. Juntos crearon La Hora. Después lo incorporó a su programa de radio, y lo propuso a Chilevisión para El Termómetro. Cuando Paulsen se fue a Estados Unidos, él lo reemplazó en Chilevisión, y hasta hoy podemos escucharle multiplicar la “u” en el noticiero Uuuuuultima mirada.
Los panelistas no son amigos fuera del set, pero —según el conductor Del Río—“se llevan super bien”. ¿Será para tanto? Villegas tiene diferencias con Paulsen, que la pantalla deja en evidencia. Paulsen está consciente de estos desacuerdos.
—Tenemos una posición distinta para ver estos últimos alborotos y el grado de cumplimiento del programa de gobierno. Tengo más empatía histórica con Matías, con quien he trabajado los últimos quince años.
Así lo siente también Matías del Río, quien admite que tiene afinidad con Paulsen en temas políticos y sociales, y con Bofill en temas económicos y de la empresa. Villegas tiene sus preferencias en otra parte:
—Con quien alcancé más afinidad fue con Juan Carlos Eichholz. Desarrollamos una amistad, incluso, por razones personales. Nos caímos bien. Salimos a comer juntos con la familia.
Para Paulsen, Del Río es uno de los periodistas más honestos que conoce
—Si tú le pones los datos frente a él, no te los va a mentir nunca. Los evalúa, los tasa, los reconoce, aunque los datos no calcen con su opinión. Su otro mérito es el entusiasmo. Es un tipo con unas ganas que uno a veces echa de menos para sí mismo. Es bien completo. Un gallo que estudia, un gallo inquieto por saber. Puede ser que una semana lo pilles, pero a la semana siguiente ya lo estudió. Le dejaría mis cuatro hijos si yo me tuviera que ir.
Villegas modera su entusiasmo, sin quitarle méritos:
—Matías es un tremendo chiquillo. Me gusta mucho. Es una muy buena persona, muy inteligente, casi siempre muy atinado.
¿Y qué pasa con Paulsen?
Villegas empieza elogiándolo sin titubeos:
—PAULSEN ES UN GRAN HISTRIÓN, UN HOMBRE QUE SABE OCUPAR LA ESCENA y le da al programa un color dramático insuperable. Es el mejor de todos, en ese sentido. Tiene un manejo escénico absoluto. Una voz tonante, una presencia escénica. Es un actor. Claro que si uno se equivoca, es demasiado apurado para saltar a refutarte. Yo, en cambio, prefiero quedarme callado cuando se produce un error de datos.
Y concluye con una frase que debe ser leída con cuidado: “Yo tengo otra manera de entender el trabajo en equipo”.
Lea el reportaje completo en CARAS EGO del 2 de diciembre
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