¡Sin palabras!
Exclusivo on line Mummenschanz, teatro visual

Silencio. Silencio absoluto que al correr de los minutos desemboca en una marejada de risas. Sobre el escenario no se ha pronunciado palabra alguna, sin embargo el público sigue atento, casi embobado ante cada desplazamiento de los protagonistas: actores que llevan curiosas máscaras maleables a las que dan forma a su antojo. Curioso: al cierre de la función, más de algún espectador pregunta ¿qué música sonaba de fondo? Ninguna… la melodía estaba en la imaginación de cada uno. Es la emoción y efecto de la compañía de teatro gestual Mummenschanz, con más de 40 años de trayectoria, uno de los grupos de mayor éxito en el teatro visual de movimiento, que presentó su espectáculo durante tres años en Broadway a tablero vuelto (1977-1980), récord que no ha sido alcanzado por ningún otro show de este corte. Trajes simples, objetos cotidianos, diálogos mudos para relatar historias simples, llenas de humor y crítica social son su esencia.
Después de tres años vuelven a presentarse en Chile, del 11 al 14 de noviembre, en el Teatro Nescafé de la Artes. Prometen las clásicas formas abstractas que sugieren abejas, células y otras formas muy sencillas que buscan el propio equilibrio, pero que transmiten sentimientos y emociones. La segunda parte de su puesta en escena serán los pequeños cuadros cómicos que son lo preferido del público.
En 1971 Berne Schürch y Andres Bossard, ambos suizos, conocieron a Floriana Frassetto. Los tres con estudios de actuación en Francia, Suiza e Italia se unieron para crear un nuevo lenguaje teatral. Floriana Frasetto, fundadora de la compañía, relata a CARAS desde Italia: “Me acuerdo que Bernie y Andres iniciaron un primer dibujo de un número muy gracioso, en cuya parte final tenía un texto hablado bien absurdo”. Se trataba del ya clásico cuadro del papel higiénico, que ahora es totalmente mudo y que se convirtió en sello de la compañía. Es una escena romántica, entre una pareja; él quiere darle todo y ella no quiere nada porque no entiende bien a su compañero. “Si bien el número era absurdo e irónico tenía mucha poesía, y dejaba un espacio para que el público interpretara la obra a su manera”, afirma.

A pesar de que Schürch, Bossard y Frassetto estaban de acuerdo en que la historia era fantástica, sabían que no funcionaría en todos los idiomas. Podían traducirlo, pero el acto perdería fuerza. “Entonces, en nuestra oficina de dos por dos metros, Andres Bossard y yo nos pusimos improvisar, mientras Bernie hacía de público. Nos gustó tanto el resultado que sin palabras que lo actuamos por muchos años e incluso ahora volvimos a ponerlo en este Kind of the best of”, comenta Floriana, de voz ronca y acento italiano.
Increíble. El acto que fue concebido hace 40 años sigue siendo tan fresco como en los setentas. “La puesta en escena es tan sencilla (aunque hay mucho trabajo detrás), sin música, sin palabras, que consigue tocar el corazón. Logra un efecto poético y a la vez muy crítico, por lo que nunca se añeja. El hombre está hecho siempre de la misma materia: los sentimientos, la imaginación, la esperanza, la desesperación siguen siendo las mismas”.
–Hacer reír es un oficio difícil, sin palabras es doble trabajo, ¿no?
–Durante los ensayos hacemos mucha improvisación, pero llegado el momento de llevarlo frente al público es cuando comprobamos si funciona o no. Cada uno de nosotros tiene su propia historia trágico-cómica, no sé bien cuál es el ingrediente clave que tenemos para hacer reír, pero de alguna manera creo que lo llevamos en la sangre. Lo más maravilloso es darte cuenta que desde el final de China hasta Chile, somos iguales, nuestro corazón palpita de la misma manera. Da mucha satisfacción ver que un niño de nueve años, puede reír de junto a su padre y a su abuelo, los tres de la misma manera.
–¿Cómo ha evolucionado el espectáculo con los años?
–Casi cada noche nos quedamos hablando después de la función sobre lo que fue divertido, lo que resultó de un movimiento que se improvisó en ese momento. Así vamos mejorando y cambiando algunas cosas. El no tener música nos convierte en instrumentos y el público es el que nos da el ritmo. Por eso es que es tan interesante que la gente venga, que se dé cuenta que es moderno y está lleno de vida. Para nosotros ustedes son nuestra melodía. Y es curioso lo que sucede porque al finalizar la obra muchos preguntan:
¿qué música había?
–Desde que murió Andres Bossard en 1992, Mummenschanz se convirtió en una fundación. ¿Por qué?
–La verdad es que el artista vive inmerso en su mundo y cuando tiene que interactuar con el mundo verdadero, el real, se encuentra con muchas dificultades. En nuestro caso, hubo gente que abusó del trabajo que hacíamos, siempre ganábamos menos. Entonces nuestro amigo Hans Jörg Tobler dijo: “Sería mucho mejor que ustedes tengan un fijo mensual y así no tienen que preocuparse nada más que de su proceso creativo ”. Por otro lado la Fundación Mummenschanz apoya a los jóvenes que están interesados en desarrollar el teatro no verbal.
-¿Y con tanta tecnología en la vida actual, los jóvenes se interesan en este arte?
–La primera vez que me di cuenta del entusiasmo de los jóvenes por esta clase de teatro fue hace unos cuatro años en una función en una universidad de Colombia. Era un teatro con unos 1500 asientos y todos terminaron de pie aplaudiendo. Me puse a llorar. Hoy existe tanta tecnología, televisión, radio, todo es apretar botones. Nosotros representamos una interactividad muy sencilla y muy antigua, pero que funciona todavía porque las emociones son siempre las mismas.

