Chantal De Rementería, vocera del movimiento Ciudadanos por Valparaíso, vive hace 18 años en el pasaje Pierre Loti del cerro Concepción. Una mañana como de costumbre se asomó al balcón y para su sorpresa, unas casas más abajo, estaban cambiando las latas del techo de una vecina. Se percató de que no se trataba de una remodelación, sino que de una ampliación que afectaba la visibilidad sobre el puerto. “En un año aproximadamente 30 intervenciones se hicieron en este cerro. Nos organizamos con la campaña ‘Que nadie nos tape la vista’, porque comenzamos a sufrir la pérdida de lugares y una negación de la identidad local grave”, acusa.

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Como Chantal son muchos los porteños que no sólo han dejado de ver el mar sino también lamentan la desaparición de menestras (almacenes), boticas y panaderías reemplazadas por hoteles, museos y restoranes de lujo. Y no es que estén en contra del progreso, es simplemente que la denominación de la Unesco fue dada justamente por el carácter único de la ciudad-puerto y eso incluye que lo típico conviva con los nuevos recintos. Sin embargo, muchas de las nuevas construcciones, especialmente aquellas en altura —como la torre de aproximadamente 20 pisos sobre el demolido ex edificio de Chiletabacos— alteran la condición de anfiteatro de la ciudad; el cierre de recintos históricos –como el ex hospital Ferroviario para la construcción de un hotel boutique–, y el proyecto del mall Barón en el borde costero, ponen en entredicho la valoración patrimonial.

Se suman al panorama las calles atestadas de basura, los perros vagos y graffitis que dejan en evidencia la falta de compromiso con la Convención para la Protección del Patrimonio, que establece que el país donde está el bien patrimonial, debe aumentar su preocupación y gastos para cuidarlo, además de defenderlo jurídicamente y contar con una gestión adecuada para asegurar su preservación.

Han pasado 10 años desde que Valparaíso entró en el selecto grupo de lugares que son Patrimonio de la Humanidad, pero aún no existe un plan claro —por lo menos uno que todos conozcan y sea público— de cómo se debe llevar este nombramiento, cuáles son sus alcances, metas y resultados concretos. Hubo un intento, iniciado en 2006, que buscó la rehabilitación económica y social sustentable en el tiempo: el Programa de Recuperación y Desarrollo Urbano de Valparaíso (PRDUV) a cargo de la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo (Subdere) junto al municipio. Un plan estimado para seis años con un presupuesto de 73 millones de dólares de los cuales 25 millones correspondieron a un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

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Un informe de la Subdere que evaluó el programa finalizado (2012), señala que de 94, 47 proyectos fueron terminados, es decir un 50 por ciento. Entre los concretados está el Palacio Baburizza, el edificio Unión Obrera, el Eco Refugio o canil implementado en Laguna Verde, la recuperación de los ascensores Barón, Polanco, San Agustín y Reina Victoria. La revitalización de los cerros Alegre y Concepción aumentó el interés turístico con nuevos hoteles y restoranes de primera categoría. Por otro lado, sectores como el barrio Puerto —en franca decadencia— con su emblemático edificio Mercado Puerto (deteriorado por el terremoto de 2010), el ascensor El Peral, el acondicionamiento de la Plaza Aníbal Pinto, siguen pendientes. Uno de los motivos que habría estancado los otros 47 proyectos fue la ausencia de marcos reguladores localizados. La deuda con la Unesco sigue vigente.

Hay escasez de recursos para la preservación del Patrimonio de Valparaíso. Así lo afirma la encargada de la Dirección de Gestión Patrimonial de la Municipalidad, Paulina Kaplan: “Valparaíso necesita una cantidad importante de dinero, está muy deteriorado. Contamos con cinco millones de dólares y para mantener el sitio necesitamos 55 millones de dólares al año”, señala. Eso explicaría la imposibilidad de atender áreas como la limpieza y orden, la seguridad pública o la preservación y rescate de zonas con alto poder identitario. “La idea es crear una corporación público-privada para tener recursos, no vendrán todos del Estado”, dice.

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El secretario ejecutivo del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) Emilio De La Cerda, si bien reconoce avances en el manejo de los sitios patrimoniales, señala que el país está “al debe con una política nacional que articule los órganos estatales, a nivel de recursos, planificación e incorporación de la sociedad civil”. En 2006 la entidad recomendó que se contara con una hoja de ruta para determinar un uso eficiente de los recursos. “La Municipalidad de Valparaíso como administrador debería tener un plan. Como Consejo también tenemos responsabilidad —somos órgano tutor— en que éste no exista”, admite.

El Plan Director, según Kaplan, fue iniciado por la municipalidad junto al Programa de Recuperación y Desarrollo Urbano de Valparaíso (PRDUV) en 2007, cuatro años después de la denominación. Se proyectó en tres fases: la primera (hasta 2009) de levantamiento de información y datos territoriales sobre el estado del patrimonio cultural. La segunda, correspondía al diseño del plan elaborado sobre la base de esos estudios, el que se subdividía en la elaboración de gestión y diez planos seccionales, además de considerar la participación ciudadana y difusión. La etapa tomaba máximo nueve meses —de acuerdo a la página web del Plan Director— pero en realidad comenzó en 2010 y terminó en 2012.

Paulina señala que hoy el Plan Director se encuentra en su etapa final (puesta en marcha y ejecución), y que podría tomar cuatro años más en desarrollarse. “Valparaíso es una ciudad viva y una de las más complejas, por eso se ha demorado tanto la planificación. Sin embargo, el borrador está bastante bien evaluado por la Unesco”, dice. ¿Cómo puede un borrador llegar a un organismo internacional sin siquiera haber sido presentado a los que habitan el sitio de Patrimonio Mundial?

Aparentemente un grupo privilegiado tiene acceso a la información oficial sobre el Plan Director. No se ha democratizado el estado de avance. “Hace poco se trató de convocar a una instancia de participación ciudadana, pero no hubo una llegada significativa de porteños” —admite Paola Salazar, presidenta de la directiva de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos de Valparaíso— , quienes realizaron una encuesta a los dirigentes vecinales y determinaron que el 90 por ciento de ellos no sabía sobre el plan.

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Y esto es muy importante porque mientras no se haga oficial la implementación del plan, toda intervención se regirá bajo estándares que han permitido la construcción en altura, los graffitis sobre murales y rocas, el cierre de hospitales y otros lugares emblemáticos. Existe la necesidad de generar diálogo y consenso entre los actores: empresas, académicos, Estado y ciudadanos, donde se escuchen las necesidades de los que habitan la ciudad patrimonial y se respeten sus códigos identitarios. Que Valparaíso sea entendido como un bien asequible para los chilenos y extranjeros, pero que no ignore el valor universal excepcional que lo destaca.

En los próximos días llega una misión de asesoramiento del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos) —órgano asesor de la Unesco— al área histórica de la ciudad-puerto. Terminada la visita se entregará al Estado un informe del análisis y oficializará sus conclusiones en la próxima reunión anual de la Unesco a mediados de 2014.
¿Se corre el riesgo de entrar en la lista de patrimonio en peligro? “Lo veo difícil. Estamos lejos de ese escenario. Pero eso no es una garantía para no hacer nada por Valparaíso”, afirma el secretario ejecutivo del Consejo de Monumentos Nacionales. ¿Estamos preparados para una evaluación sabiendo que aún no se pone en marcha oficialmente el Plan Director que hace diez años se comprometió?