Parece un círculo vicioso del que no podremos salir. El calentamiento global es un tema que nos está afectando de forma concreta hace muchos años, pero no parece ser tan importante para las autoridades, menos de las grandes potencias. Al menos eso es lo que se desprende de su falta de compromiso en las últimas cumbres medioambientales como Kioto (1997), Copenhague (2009) y el año pasado en Río+20, donde los países más industrializados como Estados Unidos (el que más contamina en el mundo), no han mostrado voluntad para firmar los compromisos para disminuir las emisiones de CO2.

Pero ¿por qué algo que afecta a todos los habitantes del planeta y que es un hecho que está sucediendo podría no importar a los que toman las decisiones? Es una pregunta muy simple de respuesta complicada. Pero todas las respuestas y argumentos apuntan hacia el crecimiento desenfrenado y la necesidad de mantenerse como superpotencia, como amos del mundo, cosa que claramente está reñida con algo tan insignificante como la vida. Claro, porque a pesar del evidente efecto  invernadero y sus consecuencias, que ya estamos sufriendo, por ejemplo con la baja de precipitaciones, nadie se pronuncia concretamente. Son más bien voluntades de algunas naciones más comprometidas con su población u organizaciones las que tratan de dar la batalla y se enfrentan, tal como David con Goliat, a los monstruos planetarios.

Hace unos días la estación atmosférica Mauna Loa, en Hawai, considerado el epicentro mundial para el estudio de los gases de efecto invernadero desde 1958, fecha en que comenzó a operar, informó que la presencia de CO2 en el aire llegó a 400 partes por millón de moléculas, una cifra a la que no se debería haber llegado, según los expertos. Un verdadero hito en la historia de las mediciones científicas, una marca que ratifica la realidad de un calentamiento global con consecuencias impredecibles y cada vez más preocupantes.

Ralph Keeling es un geoquímico del Centro Oceanográfico de San Diego, California, quien opina que no se trata de una amenaza inmediata para el ser humano. “Es un umbral al que no deberíamos haber llegado. De hecho, no se debería haber superado las 350 partes por millón de moléculas”. Pero existen otros expertos más pesimistas como James Butler, también del NOAA, quien asegura que la civilización se encuentra en zona de riesgo sin que en el horizonte próximo se vean atisbos de mejoría. Se estima que en 25 años se superarán los 450 partes por millón de moléculas de CO2, por el uso de combustibles fósiles. La quema de carbón, petróleo y gas natural está siendo el motor de la dramática aceleración del aumento de CO2 en la atmósfera”.

¿A quién creerle? A estas alturas da lo mismo porque si para algunos este no es un problema al que hay que ponerle atención, nuestra descendencia inmediata lo van a sufrir, porque se estima que en los próximos años los gases metanos sedimentados superficiales en los océanos y bajo el hielo del ártico, serán liberados producto del aumento de la temperatura en el planeta –lo que haría que el nivel de las aguas baje y los hielos se derritan, cosas que ya están pasando- situación que se podría acelerar hasta cinco veces más el calentamiento global.

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