Algún lejano ancestro nuestro tuvo que ser una especie de musaraña o rata canguro, un jerbo de esos que pasan su vida empeñados en construir y mantener minuciosamente sus caminos y redes, del todo siempre absortos en afinar las interconexiones de una compleja autopista, con espacios de acopio de alimento y guaridas de seguridad. Cada uno a su manera, los seres vivos, reptiles y mamíferos como nosotros, se dedican a lo mismo, pero los primates añadimos a ese edificante impulso de construcción y de correr por la propia vida permanentemente, la moral del mono. Y así son hoy nuestras ciudades, como si las hubiera construido un ejército de simios dirigidos por un líder reptil con delirio mesiánico. Ahí está, todavía, de hecho, en su cabeza y la mía, el cerebro reptil, que nos dona con la avaricia, la codicia, la ceguera del poder, y nos hace hacer casi todo lo que hacemos sin importar un carajo las consecuencias y nos mueve a disponer a nuestro antojo de todo como buen conquistador de la naturaleza, nada menos. Lagartija ridícula a la que le creció un chimpancé encima.

Cada vez que miro a un sujeto colgado de la bocina del auto en un taco veo a un babuino con el poto colorado de rabia. Encerrados en sus jaulas, los macacos luchan por llegar primero y tirar pinta. Detrás desde los ventanales de los buses la gente es trasladada inerte, y en el metro se apiñan. No es justo. No es digno. Y menos es eficiente.

Nuestras calles, nuestros espacios de producción y refugios, deben volver a conectarse de manera armoniosa y eficiente, como lograron nuestros parientes lejanos cuando de ello dependía la vida y cuya maestría les valió un salto evolutivo. El nuestro podría ser cuando asumamos, en serio, que somos uno con la naturaleza. ¿A dónde la vieron, creerse sus pinches dueños?

Todos sabemos que hemos perdido tiempo valioso dañando a nuestro querido ecosistema, nada menos que el único planeta con vida detectado en el universo a miles de millones de años luz a la redonda, dicen ellos con sus ecuaciones soberbias que creen explicarlo todo. Ese egocentrismo anacrónico del que aún cree que basta con una planilla Excel. Y así es como salen los Transantiago, los planes reguladores malos, los permisos para crímenes como el que casi se perpetra en Punta de Choros, los Pascua Lama, etc.

Todos sabemos que hay que hacer cambios importantes. Pero todos esperan que parta el otro. Sin embargo, hay un cambio social relevante que se puede y se debe comenzar a aplicar ya, y que cada uno haría bien en comenzar sin esperar a nadie. Pensando en qué podría usar nuestro antepasado musaraña si viviera en Santiago de hoy. Dígame, ¿cree usted que para recorrer los caminos, de la casa a la pega, al supermercado, a la casa de la mamá, al supermercado, de vuelta a la casa a dormir y partir al otro día rápido a la pega, lo haría en auto?, ¿en metro?, ¿en bus?, ¿en taxi?. ¿Los consideraría siquiera dignos a nuestros motores, consciente como es del valor del recurso escaso y su potencial de energía? Yo creo que sin duda andaría en bicicleta.

Y he acá que, bueno, la realidad imita a la ficción y la bicicleta se ha puesto de moda. Hay varios grupos con actitud de doce monos que pedalean y vociferan que se van a tomar la ciudad. Gente que pedalea aunque no hay incentivos, garantías, descuentos, ni siquiera hay ciclovías, menos reglamentos, cada día son más los santiaguinos que se mueven en bicicleta. Familias completas que pedalean y esperan poder hacerlo no sólo el fin de semana. Paradojalmente, su principal obstáculo no son los vehículos que queman combustible fósil, ni de infraestructura vial (al final, el que anda en bicicleta anda por donde quiere). Su principal fuente de entropía proviene de una forma de entender la ciudad –todavía, a estas alturas– como una especie de feudo o ínsula independiente, una hijuela, cada uno disputando la supremacía al otro, sin atender casi nunca las enormes ventajas del trabajo en equipo. Y hay demasiadas oficinas de trámites y aprobaciones, de planificación y análisis, de presupuesto, contabilidad y administración, de aseo y ornato, de vialidad, demasiado despacho de alcalde, demasiada burocracia que funciona con esa lógica territorial primate del que se cree dueño de un pedazo del planeta.

Hay quienes piensan que se debe esperar que las autoridades den el primer paso. Pero también hay emprendedores y empresas conscientes cansados de esperar. Por suerte. Un ejemplo: En Vitacura comienza a fin de mes a funcionar el sistema de bicicletas públicas Bikesantiago, que desarrolla Bcycle Latam con auspicio de Banco Itaú. Decenas de estaciones solares con bicicletas top estarán en distintas partes de la comuna para todo el que se atreva a dejar el auto o se decida a ahorrar tiempo y dinero, y salir a pedalear de lo lindo. Pronto se sumará Lo Barnechea. El concepto es crear una red que traspase las fronteras artificiales entre comunas, más acorde a lo que necesita aquel enjundioso santiaguino que tiene que moverse de manera eficiente y segura hoy, tal como el viejo y querido abuelo musaraña fósil ayer.

Ahora les toca a los otros, esos que se equivocan si miran más al espejo que al vecino, esos que fallan si creen que la tierra es suya, pensar en menos límites y más ciclovías, en seguros, incentivos, subvenciones y toda suerte de incentivo que propicie instalar el paradigma de que pedalear es una enorme idea para el que quiere optimizar su performance evolutivo. Y también sería un regalo para la ciudad, para todos.

Yo digo que es hora de abrir las grandes alamedas para que avancen los que se están moviendo.

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