De esta forma llamaba San Francisco de Asís a los animales. Lo increíble es que en su origen fue una manera hasta cariñosa y protectora de tratarlos, pero con el tiempo pareciera que mutó más bien a un modo despectivo que se ha traducido en abandono, maltrato, olvido y depredación.

Para empezar, los perros. La cantidad de perros abandonados (y no vagos porque todos alguna vez tuvieron una persona que los cuidaba y si no ellos directamente, sus padres o abuelos) es un tema que ha pasado del ámbito animalista al sanitario. Plazas y calles llenas de verdaderas jaurías no son un problema menor y por lo mismo, las iniciativas individuales de algunos municipios y otra cantidad de particulares no son suficientes.

Cada cierto tiempo aparecen en la prensa noticias de ataques de perros a niños y adultos con diferentes consecuencias u otras notas que se entregan en tono de anécdota, como el famoso Dientes de Sable de Antofagasta, que arrancaba las patentes de los autos que se cruzaban por su territorio, pero que lamentablemente no se les hace seguimiento y finalmente quedan en nada.Denuncias de particulares de las que se hacen eco algunos espacios pero que no tienen más efecto que la lástima de los más sensibles porque, aunque suene crudo, no se puede hacer más.

Hasta el momento es un tema al que las autoridades no le han hecho frente y aunque durante la última campaña presidencial, la tenencia responsable de mascotas y la protección animal sonó en los programas de gobierno de los candidatos (en unos más que otros, hay que decirlo), es de esperar que se cumplan las siempre insuficientes promesas.
Pero el problema real de la fauna en nuestro país no se limita a la sobrepoblación de perros y sus consecuencias. El mejor ejemplo son los animales presentes en el emblema patrio: el huemul y el cóndor, ambos en peligros de extinción. La caza indiscriminada del primero sumado a las dificultades para su reproducción y la matanza por la ignorancia de los arrieros que lo creen una amenaza para sus animales del segundo, han hecho que se diseñen programas especiales para preservarlos. Pero eso no basta cuando nos encontramos con noticias como la que nos alertó en agosto de este año: 18 cóndores fueron encontrados moribundos en la ruta internacional de Los Andes por automovilistas que circulaban por el sector. ¿La razón? Intoxicación probablemente por pesticidas. ¿Cómo lo ingirieron? Seguramente por los animales muertos con veneno que dejan los lugareños para matar zorros y pumas que atacan a sus animales, sin saber que los zorros y los pumas son otras especies en vías de desaparecer.

Las ciudades crecen indiscriminadamente y se van metiendo en el hábitat de miles de especies que se van quedando sin un lugar donde vivir. Si pensamos lo que era Santiago hace cincuenta años, podemos darnos cuenta de que la modernidad y la expansión son las razones más fuertes para que los animales vayan extinguiéndose sin control alguno. Hace medio siglo la capital por el oriente no pasaba de la rotonda Atenas, La Dehesa era precordillera, Puente Alto y San Bernardo estaban casi “fuera de Santiago”, Maipú estaba lleno de cultivos varios y estaba prácticamente desconectado, Recoleta e Independencia morían en lo que hoy es Vespucio (que en ese entonces no existía) porque de ahí hacia el norte sólo había campo. ¡Para qué decir Lampa, Colina y Chicureo!

Aunque en Chile no se ha llegado a casos como el del Rey Juan Carlos de España, que se fotografió orgulloso al lado de los elefantes que había cazado, cada cierto tiempo aparecen en las redes sociales denuncias de inescrupulosos mostrando sus “trofeos” que no son más que perros y gatos -principalmente- torturados y muertos, como indiferentes a una ley que tal vez sospechan, nunca se les va a aplicar. Porque esa es nuestra realidad, un caso debe tener mucha notoriedad pública para que las policías procedan como dicta la norma (lo escribo responsablemente porque así lo he comprobado personalmente).

Wp-elefante-450

Pero lamentablemente la depredación no solo se da en tierra firme sino que también en el mar. La pesca de arrastre hace que año a año la lista de especies marítimas se reduzca. Pero también la acuicultura ha contribuido con su sistema de alimentación en las jaulas de crianza (principalmente de Puerto Montt al sur) donde los pellets han cubierto el fondo marino matando toda la posibilidad de vida. Tema aparte son las mineras en el norte (sobre todo en la Región de Atacama) cuyos desechos por muchos años fueron a dar al mar (y todavía sigue pasando de acuerdo a varias denuncias) y dejaron una capa inerte de relave en el fondo marino que sepultó todo ser viviente en cientos de kilómetros a la redonda.
Y así, son cientos las especies que se encuentran en serio peligro de desaparecer para siempre. En 2009 la entonces Comisión Nacional del Medio Ambiente (hoy Ministerio del Medio Ambiente) publicó el libro “Especies amenazadas de Chile: protejámoslas y evitemos su extinción”. Entre sus páginas encontramos por ejemplo que el zorro chilote, el gato andino, el tricahue además de los picaflor de Juan Fernández y de Arica están en serio peligro, más muchos otros que seguramente no teníamos idea siquiera que existían. Ya a comienzos del siglo XX, por la alta demanda de su piel se exterminó a la chinchilla y el lobo marino de Juan Fernández.

Estos son sólo mínimos ejemplos de nuestro comportamiento irresponsable e irracional frente a los animales a quienes claramente tenemos muy descuidados. Es un tema de primer orden si lo vemos desde el punto de vista humano, porque necesitamos de cada una de las especies para que nuestro hábitat (la Tierra) funcione en perfecta armonía. Claro, porque si lo pensamos bien, si mueren los animales, a la larga el hombre desaparece del planeta. Pero si muere el hombre, los animales siguen viviendo en perfectas condiciones.

Ya en 2007 la ONU advertía que en el mundo unas 150 especies se extinguían a diario por las conductas humanas. En la oportunidad, el secretario ejecutivo de la Convención para la Diversidad Biológica de la ONU, Ahmed Djoghlaf, señaló que “estamos experimentando la mayor ola de extinciones después de la desaparición de los dinosaurios. Cada hora, tres especies desaparecen. Cada año entre 18 mil y 55 mil especies se convierten en extintas”.

El panorama es tan claro como preocupante. Si no cambiamos de conducta y si no tomamos conciencia de que se trata de especies que conviven con nosotros a las que debemos cuidar y proteger, ni San Francisco nos salvará.

Comentarios

comentarios