Los tres se conocen. Y se admiran. De hecho, Marcelo Mena y Gonzalo Muñoz fueron elegidos personajes medioambientales del año —distinción que otorga el Ministerio del Medio Ambiente—, y a Paula méritos no le faltan. Ninguno de ellos se mueve en auto entre la casa y el trabajo, tienen una huella de carbono bajísima, reciclan y han integrado en este estilo de vida a sus familias. Lo han hecho de una manera natural, no forzada, y aseguran que les ha traído más beneficios que problemas. No todos sus amigos son ‘verdes’ y ellos tampoco pretenden convertirlos.

“Enviado desde mi bici desde algún semáforo de Santiago”. Esa es la firma que tiene Marcelo Mena en el mail del teléfono. Y por más que parezca una exageración, lo más seguro es que haya sido mandado desde un semáforo (si es que incluso no fue pedaleando). Marcelo Mena supo a los 15 años que quería dedicar su vida a tratar de cuidar el planeta. “No me cabía ninguna duda de que todos estarían a favor de avanzar en el cuidado del medio ambiente. Nadie puede estar a favor de contaminar”, pensaba.

La decisión se incubó temprano. Siendo apenas un niño, le tocó ver en la Villa Alemana de su infancia —se mudó a esa ciudad de la V Región a poco de nacer en Santiago en 1975—, terrenos cubiertos por aguas servidas y basurales clandestinos. Jamás pudo borrar esa imagen de sus recuerdos infantiles.

Wp-verde-450-2

Cuando toda la familia se mudó a Iowa, donde su padre —matemático de profesión— hizo un doctorado, Marcelo visitó junto a su progenitor el museo de historia natural de la universidad local. Ahí observó consternado un video que mostraba a diferentes animales víctimas de desastres ecológicos. Recordó la vez que salió del agua en la playa Caleta Abarca y su brazo estaba recubierto de una capa negruzca. Su madre estuvo horas con un cepillo tratando de sacarle ese petróleo que un barco había derramado cerca de la costa. Si para él había sido difícil, no podía imaginar cuánto podía costarle a un animal librarse de eso.

Volvió a Chile, se recibió de ingeniero civil en bioquímica en la UCV, y regresó a Iowa donde hizo un master y un doctorado en ingeniería ambiental, luego de que un profesor lo invitó a participar de una investigación sobre la calidad del aire en países, como China, México, Estados Unidos y Chile, entre otros.

“Voy a comunicar los temas ambientales aprovechándome completamente de la tribuna que me entrega el hecho de ser doctorado en ingeniería ambiental”, le dijo a un amigo tras la última conferencia de su doctorado. Y así fue: escribe con regularidad columnas de opinión en distintos medios, ha sido panelista de diversos programas de radio y ha aparecido en decenas de notas en diarios y revistas donde una vez lo presentaron bajo el título de El hombre cero emisión.

“Lo que me interesa es resolver problemas ambientales, entonces me satisface tanto una publicación de un paper en una revista científica internacional como una presentación en televisión o en algún diario, porque sé que voy a causar mucho más impacto sobre las otras personas”.

Predica con el ejemplo: tiene paneles solares en su casa, se mueve en bicicleta para todos lados —antes de comprarse su casa estableció un radio que le permitiera demorarse como máximo una hora en bicicleta al trabajo para elegir la ubicación— y sus hábitos como compensar la huella de carbono de sus viajes y reciclar todo lo reciclable, entre otros, confirman su categoría de El hombre cero emisión.

“Los papers pueden ser muy entretenidos para los cientos de personas que los leen, pero uno tiene que cambiar a millones, no sólo a cientos”, concluye.

Gonzalo Muñoz está sentado dentro de un avión y recibe su bandeja con comida. Retira el plástico que cubre el sándwich, también el envoltorio que protege los cubiertos y los guarda cuidadosamente en su bolsillo. El pasajero del asiento contiguo lo mira extrañado. ¿Qué le pasa a este loco? Inmutable, Gonzalo come su colación. Cuando horas después llega a su casa, separa los distintos residuos que trae consigo en el propio punto limpio que tiene organizado en su departamento y luego sigue con sus tareas.

Gerente general y cofundador de la empresa de reciclaje Triciclos, se toma muy en serio el tema de los residuos, al punto que si viaja a un lugar donde no puede reciclarlos, los trae de vuelta, sin importar que haya estado días en el extranjero. “No sé qué les pasará a los de aduana cuando escanean mi maleta”, dice riéndose.

Su compromiso con la huella de carbono es riguroso. Se va caminando, cuando no en bicicleta, al trabajo; tiene composteras eléctricas; ampolletas con ahorro de energía; timer en las duchas, para controlar el uso de agua; y bolsas de género para comprar en las ferias, y evitar así la utilización de las plásticas que no son degradables.

Wp-verde-450

Hijo de Ximena Abogabir, fundadora de Casa de la Paz —una de las primeras ONG que abordó en Chile problemáticas sociales y ambientales—, estos temas estuvieron dándole vueltas desde temprana edad, del mismo modo que le resultan familiares a sus tres hijas.

Sin ser un predicador, reconoce que su familia está tan empapada como él de este estilo de vida, por eso, la mayoría de las veces son su señora y sus hijas las que van al punto limpio a dejar los residuos que separan entre todos. “Es muy linda la forma en que lo han ido incorporando, como parte de un lenguaje absolutamente natural y como luego lo trasladan a sus amistades”, cuenta Gonzalo, orgulloso.

Lleva una mochila con paneles solares, para cargar el celular, y una camiseta de la Benefit Corporations —certificación norteamericana que junto a unos amigos logró importar a Chile, siendo Triciclos la primera empresa no norteamericana en conseguir esta acreditación. A raíz del éxito con Triciclos, le permitieron abrir “Sistema B”, que hace lo mismo, pero en Sudamérica.

“La pelea más importante que quiero dar es respecto del rol de la empresa. Puede generar cambios profundos en la sociedad y a una velocidad mayor que los gobiernos o las ONG’s. Creo que tienen un papel protagónico y no podemos seguir dejando que sólo cumplan el rol de generar utilidades o beneficios económicos para los accionistas o para la sociedad”.

“La naturaleza no la conozco porque me la han contado, sino porque la he vivido”. Esa consigna que sale de la boca de Paula Casanova (37) —fundadora del Mercado Orgánico, feria que sólo comercializa productos ídem— bien podría resumir gran parte de la vida de esta diseñadora industrial que tras una maestría en arquitectura efímera, con una especialización en psicología espacial en Barcelona, fue adentrándose más y más en el mundo de la sustentabilidad y lo orgánico; primero por la relación de su familia con el tema —su padre es físico nuclear, y su madre, químico— y luego por una búsqueda personal que tras sus estudios de posgrado la llevó a vivir en las montañas de Monserrat, en las afueras de Barcelona. Estuvo cerca de dos años y medio en una pequeña casa de pastor, sin luz ni agua. Tenía terrazas para sembrar. Ahí se relacionó de forma directa con la naturaleza. Sembraba y cultivaba sus alimentos. Vendía a precio justo sus excedentes. Con eso vivía y viajaba por Europa.

Paula se mueve por la vida con una actitud positiva. La irradia desde que te saluda. Lo atribuye a tres simples cosas: buena alimentación —casi todo lo que come lo cultiva ella misma, en un campo que tiene en Las Chilcas; además de las huertas que tiene en su casa—, actividad física —practica kung fu, yoga y es profesora de tai chi— y buenos pensamientos —no dice garabatos, ve las cosas buenas y tiene una actitud agradecida frente a la vida.

Con Plataforma Neta, su consultora de proyectos sociales y ambientales, ha desarrollado proyectos de huertas en casi todo el país, y de toda Latinoamérica la llaman para saber cómo ha hecho para consolidar el Mercado Orgánico.

“Lo primero que me interesa cuando hago un diseño social”, dice Paula, “es que se sostenga lo más rápido posible. No me interesa usufructuar para nada, prefiero ganar lo justo, pero que se sostenga lo más rápido posible, por lo tanto les entrego plantas, les enseño a cosechar sus semillas y a hacer su banco. Y de ahí, que se sostengan solos”. Y si tienen excedentes, Paula pasa con su camioneta, los retira, los comercializa en el Mercado Orgánico y después les entrega lo vendido. Así logra el ciclo completo. “Mercado Orgánico es una exquisita plataforma para que la gente sea feliz”, dice con una sonrisa que le ilumina la cara.

*Nota de la redacción: la entrevista realizada a Marcelo Mena se hizo antes de su nombramiento como subsecretario de Medio Ambiente por la Presidenta Michelle Bachelet.