Mirna Schindler: La oportunidad del sabor

“No he comido tomates más ricos que los de mi huerta”, confiesa de entrada la periodista Mirna Schindler. “Son la antítesis de esos tomates rojos y bonitos que, al comerlos, no tienen gusto a nada”, remata. Hace cuatro años partió la idea y primeros movimientos en la tierra de la parcela que habita, motivada por aprovechar el enorme espacio de ésta. Junto a su pareja y gran ayuda de un jardinero, lechugas, ajíes y albahacas han crecido aromatizando el patio de la casa ubicada al oriente de la capital. De técnicas poco. Sólo dedicación, “agua generosa” y picar la tierra cada tanto: “¡Por Dios que te lo agradecen las verduritas!”. Aunque melones y sandías aún no han logrado crecer (“¿demasiado ambiciosa?”, se pregunta), la plantación ha sido generosa a la hora de cosechar con éxito porotos verdes, granados y también pepinos. “No es sólo un tema alimenticio, tiene que ver con los olores y hasta con la estética”.

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Felicia Morales: Aprender de las especias

En el balcón de Felicia Morales (30), peluquera y músico, los cactus tienen vista privilegiada al parque Inés de Suárez. También algunos brotes que requieren poco cuidado y una mesa ideal para tomar el té. Al interior del dúplex que comparte con dos gatos, son tres los maceteros a los que dedica más cuidado: un romero, una menta y una albahaca. “Siempre tuve muchas plantas, que la mayoría se morían”, confiesa, revelando la poca constancia en el riego. “Una vez fui a comer pizza con rúcula y dije: quiero tener rúcula en mi casa. Así comenzó la idea de plantar cosas que después pudiera comer. Compré unos almácigos, los planté y creció una rúcula impactante. Ahí pude invitar a mis amigos a comer pizza”. De ese cultivo nada queda, “nos lo comimos todo”, dice. Ahora sueña con un cedrón y quizás otras hierbas que le permitan preparar las “agüitas” que asegura disfrutar como nadie.

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Cristóbal Dahm: Los brotes del reciclaje

Una añosa tina blanca —elegida especialmente para su nueva función— brilla en medio del patio; óxido en la base, tierra en su interior, hojas verdes y moradas emergen de sus brotes. Al fondo de una profunda casa centenaria de Ñuñoa, Cristóbal Dahm, saxofonista de las emblemáticas agrupaciones Fulano y Mediabanda, riega un frondoso huerto que este año le entregó inesperados zapallos, lechugas, tomates y especias que reposan al costado de un parrón. Bajo éste, los desechos orgánicos o “compost” que, en un tiempo más, serán reutilizados como materia prima y abono para la tierra de hoja. “Si queremos un mundo mejor, hay que empezar por casa”, dice. Entre él, su hijo Camilo, de 7 años, y Anna Sebastini, su pareja, cuidan el vergel que también incluye apio y ají: “Además de ricas verduras, espero que brote el cuidado y el amor a la tierra en mi retoño”.

 

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Willy Semler: Con los dedos verdes

Han sido ocho años manteniendo una vieja casa en Eduardo Castillo Velasco y cuatro montando la frondosa huerta que destaca en lo profundo del patio. Entre una abonera que acumula desechos orgánicos, perros que juegan con gatos y el intenso cantar de los loros citadinos, Willy Semler junto a su mujer, la diseñadora de vestuario Carol Raddatz, riegan y mueven la tierra de la que brotan decenas de frutos, hierbas y verduras. Desde el exótico lemongrass, pasando por menta coca, comino, lechugas, tomates y zapallos que trepan las paredes, la pareja —liderada en estas lides por Carol “Dedos verdes”, como la llama el actor— jardinea complementando sus opciones vegetarianas y el objetivo de autoabastecerse. “Nos gusta vivir bajo el precepto de que eres lo que comes”, dice el actor. Al tiempo que han aprendido mediante libros y curioseo las mañas de la tierra, como verter gotas de cerveza para llamar a las orugas y así espantar a los bichos que infectan las plantas, también ha quedado tiempo de cuidar placeres como la yerbabuena que acabará machacada en un mojito o montar viejas cintas de cassette sobre las ramas para espantar a los depredadores tropicales del barrio.

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José Fliman: Semillas de una tradición

Aunque hasta hoy su karma es cosechar zanahorias enanas y zapallos que todavía no logran dejarlo contento, los demás cultivos que José Fliman (63) cuida en su casa de El Arrayán brotan con fuerza. Si bien a la fecha ya consumió todas las lechugas del vergel casero, aún quedan tomates para elegir, mientras porotos y cebollas crecen al borde de la tierra. Con 33 años en el negocio gastronómico, uno de los dos dueños del ya clásico restorán vegetariano “El Huerto” disfruta de “lo maravilloso que es sacar productos de tu casa, sabiendo cómo los produjiste: sólo agua y sin químicos”. De todo lo que crece en su jardín, las hierbas aromáticas alcanzan también para los platos que sirve en el local. “El Huerto” es de la familia y también de los comensales. “Hacer un plato con tus lechugas y tus tomates es otra historia. Es una sensación de plenitud”.

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Huertos urbanos: Sembrando en El Aguilucho

Comenzó como una iniciativa de la organización Planta Banda, luego se sumó la municipalidad y finalmente alcanzó la combinación perfecta con la incorporación de los habitantes del barrio. Para dar vida a los huertos de calle El Aguilucho, en Providencia, colaboraron desde los más longevos propietarios del sector hasta los artistas circenses y okupa de Kasa Aguilucho, al llegar a Suecia.
Hoy, en la vereda de vecinos, como el propietario de la panadería “Dulce y Pan” Juan Roda y su mujer Gisela Toledo, crecen robustos zapallos, choclos, tomates, ajíes y especias, pese a algunas dificultades. Cristina Díaz, vecina del sector, también lo sabe: los robos y extirpación o corte de plantas que luego no vuelven a crecer ya se convirtió en una práctica habitual para ciertas personas.
Aunque los vergeles urbanos lucen, cercados e indicados, como nuevas alternativas de generar experiencias en comunidad, aún falta por aprender a convivir y dialogar en torno a éstas. “Bastaría con que me tocaran el timbre y pidieran un poco de albahaca para explicarles cómo sacarla”, asegura Cristina, bajo la sombra de un par de zapallos que ya alcanzaron en su escalada los cables de la luz.