En medio del océano existen al menos cinco islas de plástico que se acumula por las corrientes que llevan los envases a juntarse por años. La primera se descubrió en medio del Pacífico hace quince años y claramente si lejos de desaparecer se han multiplicado, es porque nadie ha hecho nada.

Nada más que seguir contaminando, claro. Lo más terrible es que no sólo el panorama es casi apocalíptico si se sigue así por la proyección nada de favorable en cuanto a las extensas áreas que van a seguir quitándole las botellas plásticas al mar, sino por la gran cantidad de fauna que muere a diario, por esta causa (sin contar a las que, confundiendo las bolsas con medusas, se las comen o los que se quedan atrapados en los anillos plásticos que antes contenían las latas de cerveza o bebida).

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El problema de los envases plásticos es mayúsculo, lo tenemos frente a nuestros ojos y no lo vemos, por lo tanto, no hacemos nada. Muchos podrán decir que compran, por ejemplo, agua mineral en envase PET, pero si después de tomarla, botamos la botella a la basura y no la reciclamos, no sirve de nada nuestra “buena obra”. Si vamos a comprar bebidas en contenedores plásticos, al menos hagamos la tarea completa, es decir, fijarnos qué tipo de material es y luego, llevarla a los centros de reciclaje, porque si lo tiramos a la basura, solo, no se se va a reciclar y menos, a biodegradar.

Para hacer darnos una mano, la Sociedad Americana de la Industria Plástica desarrolló un código estándar que ayuda a identificar y clasificar el plástico recicable. La mayoría de las botellas y envases plásticos en general tienen este especie de código (casi siempre en la parte inferior) dentro del clásico símbolo de reciclaje, el de las tres flechas convergentes. El más común es el PET (tereftalato de poliuretano); otro común es el HDPE (poliestireno de alta densidad), reciclable. Por contrasentido, el PVC (policloruro de vinilo) es uno de los menos aceptado en los puntos verdes.

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Si consideramos que una botella de plástico se demora 700 años en descomponerse; que el 90% del costo de una botella de agua mineral corresponde al envase y que el 80% del plástico no se recicla, seguramente vamos a pensar dos veces antes de comprar un producto que viene en este tipo de recipiente, si existe la alternativa, por ejemplo, del vidrio. Y no es excusa que si lo venden, no debe ser tan terrible porque está comprobado que las iniciativas muy pocas veces parten en las autoridades y somos nosotros los que debemos generar los cambios. ¿Cuál es la idea de comprar agua, sin gas y que para rematar, está envasada en una botella que contamina si podemos sacar agua de la llave, embotellarla en un recipiente  reutilizable las veces que queramos y a una trillonésima parte del precio?

Esto no se trata sólo de satisfacer nuestras necesidades, sino de hacerlo sin pasar a llevar a los demás, incluida nuestra descendencia. ¿O no han pensado que si seguimos utilizando envases plásticos y no nos preocupamos de reciclarlos, quizá nuestros nietos o bisnietos van a vivir en una idílica isla de desechos, precisamente de plástico? Háganlo, porque no es el guión de un thriller cinematográfico, sino algo muy posible que suceda.

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