A sus cincuenta y nueve años muestra una vitalidad envidiable. Una fuerza interior que él mismo aclara se ha potenciado con la adversidad. “La gente no tiene idea de lo que es vivir acá. Estos son los peores años de mi vida. Mi mujer que es mapuche se tuvo que ir a Santiago en febrero y ahora está con terapia. Después del primer ataque que sufrimos quedó mal. Siguieron las agresiones y el hostigamiento, empezaron a parar los buses y hacían bajar a la gente para golpearla o amenazarla. Más encima, a  ella sus mismos familiares le comenzaron a decir que teníamos que irnos, que yo reclamaba mucho, que me iban a matar. Al final, terminó enfermándose y tuvo que partir. Ahora está con sicólogo y no quiere volver. Mis hijas mayores la cuidan en Santiago”, cuenta, emocionado.

Como la cara visible de una nueva arista del conflicto mapuche, Ovalle representa a 186 agricultores que tienen entre dos y 40 hectáreas en Malleco y que sufren el hostigamiento de los grupos radicales que les exigen dejar sus tierras. “Los ataques comenzaron el 2007 pero toda la atención estaba centrada en los grandes fundos y empresas forestales, a nosotros nadie nos pescaba”, asegura.
“Esto ya no se trata de mapuches contra winkas, estos son mapuches contra mapuches. Obviamente no es toda la comunidad, no deben ser más de 70 a 80 personas con gran preparación y equipamientos. Imagínese que para el terremoto los únicos teléfonos satelitales que funcionaron en el país fueron los de este grupo. Hay informaciones que aseguran que muchos fueron entrenados por extremistas en Colombia. Sabemos que la mayoría son jóvenes de entre 15 y 30 años, pero también hay loncos mayores, que son los que se las ingenian para conseguir plata de las ONGS”, revela.
En este sentido, cuenta que “esta semana vino gente de las Naciones Unidas, pero sólo a ver la parte mapuche, no les interesaba reunirse con nadie más. Así que estuve siguiendo a la delegación hasta que me dieron 15 minutos para explicar que aquí las víctimas no son sólo mapuches. Me escucharon pero no termino de entender por qué los extranjeros siempre se ponen del lado de los violentistas”.

NACIDO Y CRIADO EN LA ZONA, Joel fue al colegio con algunos de los líderes de los grupos radicales, años después partió a Santiago con el único objetivo de juntar plata para regresar al campo a trabajar la tierra. “Ese era mi sueño, pero se convirtió en mi pesadilla. Cuando la situación se hizo insoportable, decidí dar la pelea, eso me expuso mucho más pero no tuve alternativa. En una reunión con el intendente de Malleco Eric Vaulmann preguntaron quién iba a dar la cara por este movimiento, y huyeron todos, me quedé solo. Y es que el miedo es feroz, la mayoría de los propietarios no denuncia. Hay historias horribles de cómo entran a las casas, violan a las niñas en la más completa impunidad. Prefieren irse de aquí y perderlo todo. Tenemos el éxodo más grande de la historia, por eso a la gente que tiene animales, les digo: Vendan una vaca y cómprense una escopeta con 100 ó 200 cartuchos, y apenas aparezca los encapuchados tienen que ponerle los balazos altiro.
En agosto, tras reunirse con autoridades de gobierno y ser entrevistado por programas de radio y televisión, Ovalle sintió la temida represalia mapuche. Incendiaron dos casas alrededor de su terreno y las autoridades hablaron de amedrentamiento. Sin embargo, el agricultor asegura que si algo de miedo le quedaba, ese desapareció la noche del 1 de septiembre cuando asesinaron al agricultor y candidato a concejal por el Partido Socialista Héctor Gallardo Aillapán. “Esa noche, los delincuentes, pasaron primero por mi casa, la balearon, pero yo no estaba. De ahí se fueron a la parcela de mi amigo y lo mataron. En forma paralela, emprendieron ataques contra los comuneros que rechazan las acciones violentas y hasta la fecha tenemos más de 32 víctimas mapuches”, cuenta.
Antes ya habían entrado en su casa.

“Rompieron lo que encontraron en su camino y rociaron todo con parafina, pero inexplicablemente no prendieron fuego. Imagino que algo les ocurrió o se vieron pillados porque huyeron rápidamente”, recuerda, mientras mira las 20 hectáreas, por las que está dispuesto a dar la vida. “Sé que me van a matar… pero no me voy a ir solo. Este año ya sembré trigo, avena y en los próximos voy a tirar asfalfa. Sólo espero que no ocurra lo del año pasado cuando las máquinas cosecheras no pudieron entrar al terreno por los ataques y perdimos toda la cosecha”.

desde que tiene uso de razón el campo de su abuelo  fue como la segunda casa de Vicente (30, ingeniero comercial), que prefiere no identificarse. “Sagradamente, todos los veranos viajábamos al sur con mis hermanos y nos quedábamos hasta mediados de marzo. Allá llegaban los primos, tíos, toda la familia. Como prácticamente nos criamos allá, crecimos con gran respeto por la cultura mapuche. Tenía amigos, compañeros de juego a los que seguí viendo hasta el último día que estuve en la zona”, recuerda.
La familia alcanzó a aguantar menos de un año los ataques violentistas y decidió vender el fundo que les pertenecía hace casi un siglo. “Fue la experiencia más traumática que me ha tocado vivir. Nunca vi tanto odio”, asegura Vicente, quien reconoce que parte de su familia aún no se recupera de las agresiones de las que fueron víctimas esos meses del ‘terror’ como él mismo califica.
“Para el verano de 2006 yo estaba recién egresado y quería tener un verano de estudiante: largo y sin preocupaciones. Así que partí con tres amigos al campo. Mis abuelos aún estaban de viaje en Estados Unidos así que la casa estaba sólo con los empleados. En cuanto llegamos, nos advirtieron que tuviéramos cuidado porque andaban mapuches violentos dando vueltas, molestando a la gente y anunciando que era el momento de recuperar sus tierras. La verdad es que la advertencia no logró alarmarnos y como los días que siguieron fueron de calma, prácticamente la olvidamos”, recuerda.

SIN EMBARGO, LO PEOR ESTABA POR VENIR. “Disfrutábamos del atardecer tomando cerveza y preparando el fuego para un asado, cuando sentimos un tiroteo muy cerca de nosotros, era realmente ensordecedor. Debe haber durado unos cinco minutos que se nos hicieron eternos, de ahí sentimos gritos de la señora que cuidaba la casa y caminamos hasta cerca del cobertizo donde habían montado una gran fogata. Mis amigos entraron en pánico. Avanzamos y nuevamente tiroteo. Después la nana nos confesó que los ataques habían empezado hace meses y mi abuelo no quería comentarlos con nadie para no darle importancia”.
“Al día siguiente, mis amigos se fueron y la cosa se puso peor. Pasaban todos los días, preguntaban cuándo nos íbamos. Salía a cabalgar y siempre me sentía observado y claro hacia donde mirara había gente, ¡estaba rodeado! A la semana llegaron unos primos y nuevamente fuimos sorprendidos en la noche con una fogata, esta vez más cerca de la casa, pero con el mismo tiroteo ensordecedor. Pusimos protección privada y no sirvió de nada, los guardias renunciaron a los dos días después de recibir amenazas de muerte”.

Lo peor vino en el invierno cuando quemaron las dos cabañas de visitas. “Fue a plena luz del día, creo que ese día mi abuelo se decidió a vender para no ver sufrir más a mi abuela. El  siempre nos contaba que la relación con los mapuches era tensa pero que jamás había visto este grado de violencia. Tres meses después de vender, le detectaron un cáncer al hígado fulminante y a los dos meses murió. La abuela dice que fue el dolor de dejar la tierra en manos de delincuentes”.

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