Cada 22 de septiembre se convoca al Día sin Auto en varios países del mundo, y aunque en Chile son varias las instituciones que llaman a adherir al movimiento, son muy pocas las personas que están dispuestas a hacer caso a la iniciativa. Esta casi devoción que existe en nuestro país por los autos se traduce en cifras concretas: un auto por cada 4,7 habitantes y según el INE, el parque automotor creció en una década en 68%, llegando a un récord el 2011 de 334 mil autos nuevos. De hecho, somos el tercer país de Latinoamérica con mayor cantidad de vehículos por habitante, después de Uruguay y Paraguay, y sobre Argentina y Brasil.

Mientras, en la ciudad de Vauban, en Alemania, están prohibidos los garajes en las casas que además no cuentan con subidas de auto y no existen los estacionamientos en las calles. Y si bien se permite el uso de automóviles, el diseño de la ciudad hace hasta molesto usarlos. El 70% de sus habitantes demuestran que no los necesitan y utilizan transporte público o bicicletas.

Más radical es el proyecto “The great city” en las afueras de Chengdu en China, una ciudad que se construirá de cero y en sus 23.700 km2 no existirán autos y cuyo plan urbano será diseñado para limitar el impacto ambiental de sus residentes.

Claramente son realidades diametralmente opuestas porque mientras al otro lado del mundo hacen esfuerzos por bajar el parque automotor y así reducir los niveles de contaminación, además de disminuir los tiempos de desplazamiento –lo que se traduce en menos congestión vehicular y mejor calidad de vida–, en Chile cada año aumenta el parque automotor marcando récords.

El ingreso de marcas que incluyen en sus catálogos modelos eléctricos podría ser un elemento conciliador entre los auto-dependientes y la reducción de emisiones de CO2, pero lamentablemente no ha sido una solución porque, aunque su llegada fue celebrada por las autoridades medioambientales, al no existir en nuestro país la legislación para su uso –por ejemplo, no aprueban la revisión técnica pues al no tener tubo de escape (son cero emisiones)–, no se les puede medir los niveles de gases, ítem obligatorio para pasar el trámite. Tampoco existe la cantidad de lugares donde cargarlos, lo que claramente es una molestia. Por último, el precio es bastante más elevado que el de un vehículo tradicional (en varios países el Estado subsidia este tipo de autos).

Como si todo lo anterior fuera poco, en nuestra “cultura”, el auto representa status: mientras más grande y más caro el vehículo, más “bacán” es el que lo maneja, cosa muy diferente a lo que ocurre en otros países. Imposible no acordarme del comentario de un amigo entrañable español que un día muy sorprendido me dijo que en Chile, la máxima aspiración de las personas era tener un auto, que ahorraban para adquirir uno y apenas lo tenían, seguían juntando plata para cambiarlo por uno mejor, mientras que en España todos trabajaban para comprar un departamento o casa.

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