Desde las chacras más próximas al centro de la ciudad, viajaban los campesinos para ofrecer hortalizas, verduras y frutas; y no faltaban los puesteros que vendían toda clase de fritangas en los alrededores de las fondas donde chilenos y chilenas se entregaban a una Nochebuena con mucho baile y música, que se alargaba hasta el alba.

Sin pino navideño —los árboles que se ocupaban para engalanar la ciudad eran ciruelos y damascos— ni Viejo Pascuero, la fiesta, que seguía siendo profundamente religiosa, comenzó a tomar otro cariz por los desórdenes que se producían. Y en ese sentido, el hecho de que la clase más acomodada se distanciara del jolgorio popular, para celebrar puertas adentro; la crítica de la jerarquía de la Iglesia Católica por el aire pagano que impregnaba los festejos, y la irrupción de los grandes almacenes a principios del siglo XIX —como  bien apunta la historiadora Olaya Sanfuentes en sus investigaciones sobre el tema— cambiaron radicalmente el espíritu de la Navidad en Chile. Y pusieron los regalos como motivo central e íconos europeos como son el pino nevado y la imagen de Santa Claus, traducido al chileno como el Viejo Pascuero.

En este nuevo orden, estuvimos con tres familias bien diversas y aclanadas, que nos contaron cómo celebraban y celebran los 24 de diciembre.

Los Jung Aguandé

Son una mezcla de alemanes, catalanes, italianos y chilenos. Generalmente, el 24 de diciembre, la familia de Julio Jung y Tessa Aguadé se reúne donde la pintora chilena Roser Bru, madre de Tessa. Hasta esa antigua casona de Providencia llegan —personajes más, personajes menos— Cristián Aguadé padre (divorciado de Roser y dueño, junto a sus hijos, de la tienda de diseño Muebles Sur); su hija Agna con su marido; Andrea y Cristián Ortúzar (los descendientes de Tessa con el fallecido artista Carlos Ortúzar) más las parejas de ambos; los tres hijos de Andrea; Julio Jung Duvauchelle (hijo del actor con su ex mujer, María Elena Duvauchelle); la prima de Tessa con uno de sus hijos y la ex pareja de Jung.

Ese día, cada uno lleva una comida. Desfilan ensaladas, calamares rellenos con carne de cerdo —fruto de la tradición catalana— que aporta Aguadé padre, un jamón con piñas que prepara Julio y el chupe de jaiba de su yerno, Felipe. De postre, torta, y turrón traído directamente de Barcelona. Además, la mayoría de las veces tienen pastel de choclo, el plato chileno favorito de Roser.

Jung se define como católico y cuando era pequeño siempre lo llevaban a la Misa del Gallo. “Esa es una tradición que ya no se ve en Chile. A mi regreso de Venezuela el ’84  —estuvo exiliado ahí— ya no existía, salvo en algunas parroquias”, afirma.

Cuando aún no cumplía un lustro, Julio Jung vivía en una gran casa en Hernando de Aguirre con Carlos Antúnez, que todavía existe. Dentro del jardín había un pino monumental en torno al que celebraban Navidad. Fue tanto lo que creció que tuvieron que transplantarlo fuera del terreno. En esos días, los festejos incluían a sus abuelos italianos y a toda la familia de su madre, además de sus hermanos María Antonieta —muerta hace doce años—, Augusto Bernardo y Juan Enrique. Las comidas típicas eran jamón con piñas, locos y langosta. Nunca faltaba el panettone ni el rompón, que era un licor hecho sobre la base de alcohol, leche y huevos.

Antes de las doce de la noche, su padre los llevaba a la parroquia de El Bosque para la Misa del Gallo y al día siguiente abrían los regalos. Cuando habla sobre el Viejo Pascuero, Jung aclara que dejó de creer en él a los cinco años: “Me di cuenta de que me estaban hueveando. Después me enteré de cosas reprobables. Como, por ejemplo, de que el Pascuero nace por una campaña de publicidad de Coca-Cola. Eso de que hubiera un viejo pelotudo, que no se sabe lo que es y que viene del Polo Norte, acompañado de unos enanos para repartir juguetes en un trineo de renos, no se puede creer”.

En la casa de Tessa Aguadé Bru, la Navidad se celebraba el día veinticinco a la hora de almuerzo. Se reunían en la casa de la abuela de Tessa, Yaya, en una casona en la calle Las Arañas, con otras familias catalanas que habían llegado a Chile durante la Guerra Civil Española,

Los festejos incluían árbol y un pesebre que hacían en la chimenea y tardaba días en completarse. Traían llareta (especie de musgo) de Farellones y armaban un pueblo con casitas de corcho. El cielo era de papel azul y ahí pegaban estrellas, mientras riachuelos de agua corrían por las calles del caserío.

Las comidas eran tradicionales. Se hacían canelones, con cuadrados de pasta que se compraban días antes y se hervían uno a uno. El relleno: carne de cerdo, sesos y vacuno. También había pollo relleno con ciruelas y manzanas. Se trataba de almuerzos eternos, que a la diseñadora no le gustaban para nada.

Con los años pasaron a celebrar una Navidad más a la chilena. Andrea Ortúzar, hija de Tessa, extraña los tiempos en que la familia era más grande. “Hoy estamos en proceso de extinción. Sólo yo aporto niños a la familia y la Navidad se ha vuelto más adulta. Sin embargo, no hemos dejado de lado la magia”.

Los Paúl García

Obligada a recordar los regalos que ha recibido, la memoria de María de los Angeles Paúl —directora de la agencia de Elite model— no olvida. “¿El mejor?: un casete de Virus, ese donde salía la canción Wadu Wadu”, dice. Rubia y elegante, María de los Angeles forma parte de una familia numerosa que ha sabido vivir las fiestas a su manera.

“Para la Pascua nos juntamos cerca de 150 personas. Ya es costumbre celebrarla al aire libre. Hace unos años fuimos a Pichidangui. Alojamos en cabañas y carpas e hicimos de todo: desde amigo secreto hasta alianzas. Otra vez nos fuimos de picnic al Manquehue. Todos los Paúl en el cerro con quitasoles, cooler, huevos duros y vino con frutilla…”, cuenta.

La mayor del clan, Mariana Bunster —la Nini, abuela de María de los Angeles, Bernardita, María Olivia y María Fernanda— extraña las fiestas de antes. “¡Esas eran navidades! Hoy le preguntas a un niño qué celebramos y te dice ‘los regalos’. Nosotros creíamos en el Viejito Pascuero y en el nacimiento de Jesús”, explica. Por lo mismo se ha empeñado en escribir una carta que lee a los suyos antes de la comida. “A mí me gusta escribir y aprovecho esa instancia para hablarles de la vida, de la felicidad de verlos juntos”.

La Nini siempre se ha ocupado de darle un sentido a la reunión. Cuando María de los Angeles tenía diez años, escribía una obra de teatro para que su nieta y una prima la representaran en la Nochebuena.

Con todo, a los Paúl García les gusta la risa. Por eso, Luis Fernando —padre de María de los Angeles— no se resiste a contar lo que ha sido el regalo más importante de su vida, aunque a medio camino el relato lo tome Manene, su ex mujer: “Nos fuimos al Pollo Stop un día antes de Navidad. Llevábamos un par de años pololeando. Entonces él se acercó como para darme un beso y yo le dije que cómo me iba a besar en el restorán. Entonces sentí algo extraño que me bajaba. Claro, cuando quiso besarme dejó caer por el escote un anillo de compromisos. No había celular y me moría de ganas que todos supieran. Así es que nos fuimos a la casa de la mamá a contarle”, dice ella.

Los Correa Ortúzar

Dicen ser una familia totalmente aclanada. La mayoría de los Correa Ortúzar llegó hace un par de años a vivir a Olmué, donde tienen casas vecinas y pretenden abrir una nueva sucursal de su famoso restorán Raúl Correa y Familia.

El 24 de diciembre se reúnen al atardecer. Antes de la celebración, todos han dejado sus aportes culinarios en la casa paterna. Unos llevan guisos vegetarianos (son más de cinco los que siguen esta línea). Otros, ensaladas y roast beef. Infaltable es el Cola de mono que Carola prepara una semana antes con aguardiente y café, y que describen como un verdadero manjar espeso y helado. Sobre la mesa no puede faltar el pollo escabechado para Raúl papá, las galletas de chancaca y las “speculasi” —galletas de mantequilla, delgadas y crujientes—, recetas de la abuela alemana, y que Carola adoptó hace años.

En vez de regalarse masivamente, prefieren la modalidad del amigo secreto, con un monto límite que no supere los cinco mil pesos.

“Hacemos el amigo secreto para que no haya demasiado regalo y tanta información. Me impacta que ahora a los niños haya que regalarles un Play Station. Antes no era así; hoy ven un catálogo y te dicen lo que les traerá el Viejo Pascuero”, comenta Carola, mientras Raúl opina que “eso de tanto consumismo es malo. A los chicos de pocos recursos igual les gustan los juguetes, les gustan las bicicletas y el papá no puede comprar bicicletas. Al final, los niños se frustran y los padres terminan endeudados”.

Todas las Navidades, los niños tienen un lugar especial donde hay dulces, mazapanes y chocolates. Rito que repiten desde esa vez en Puerto Varas en la que Raúl Correa tuvo que estar lejos de la casa. A su mujer, Carolina Ortúzar, no se le ocurrió nada mejor para alegrar a sus hijos que llenarlos de golosinas.

De las primeras fiestas que pasó de niño en Curicó, Raúl preserva el pavo en el centro de la mesa; la costumbre de escuchar a todo volumen “Noche de Paz” en la versión germana; y un pino decorado con algodones para simular la invernal Pascua alemana, como era costumbre en su casa materna.

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