Hace 450 mil años ya ocurrió. El apacible Maipo, ubicado a 110 kilómetros de la capital, se convirtió en una explosión infernal equivalente en destrucción a varias bombas atómicas. Como si la erupción del Chaitén del 2009 y la pluma volcánica de 13 kilómetros del cordón Caulle, que hoy da la vuelta al mundo, se multiplicara por un millón de veces. Fue un cataclismo que cambió la faz de la Tierra.

Imagine una masa de fuego deslizándose montaña abajo. Literalmente, lo que hoy se conoce como Santiago de Chile desapareció por completo bajo una espesa capa de componentes volcánicos. Actualmente, en zonas como Pudahuel, estos sedimentos alcanzan, según pruebas científicas, un espesor de 30 metros.

“Hablamos de una de las tres explosiones más grandes de la historia geológica del planeta. Se calcula que se desplazaron unos 500 kilómetros cúbicos de material incandescente. El magma subió desde el interior de la tierra. Si hubiera existido vida humana, estaríamos todos muertos”, describe Michael Dobbs, geólogo y docente de la Universidad de Santiago.

El macizo colapsó de golpe, como en un Big Bang. Con los vestigios se formó la Caldera de Diamante, una estructura de 10 kilómetros de diámetro que rodea al actual Maipo.

Diego Morata, director del Centro de Excelencia en Geotermia de los Andes (CEA) describe esta bocanada de fuego del Maipo como una oleada piroclástica, o Nube Ardiente, emanada desde el centro de la Tierra.

“¿Recuerdan el colapso de las Torres Gemelas? Cuando cayeron, una nube de polvo hizo correr a la gente despavorida. Ese desplome fue lo que ocurrió con el Maipo, a una velocidad de 300 kilómetros por hora y a 500 grados Celsius. La lava arrasó con todo lo vivo. Igual que el Vesubio con Pompeya el año 79 d.C., donde el pueblo quedó sepultado bajo la lava”, ejemplifica Morata, también docente de la Facultad de Geología de la Universidad de Chile.

Como prueba de aquel cataclismo, el petrólogo volcánico Charles Stern, académico de la Universidad de Colorado, encontró (durante varias exploraciones que hizo en Chile a mediados de los ’80 junto a Dobbs) restos de esta erupción en mitad de la ciudad. “Recogimos piedras pome con incrustación de minerales en Cerrillos, Melipilla y Pudahuel. Luego, comparamos estas muestras con las extraídas desde el corazón del volcán. Charles las introdujo en un reactor nuclear que determinó la edad y magnitud de este desastre de la naturaleza que alcanzó no sólo Santiago, también llegó a Rancagua y Argentina”, detalla Dobbs.

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La gran explosión del Maipo cambió la estructura y formación de la zona. Y hoy estamos instalados sobre aquellos vestigios volcánicos. “Ese material blanquecino que hay cuando uno va al aeropuerto, en las trincheras de la carretera, es parte de aquella nube ardiente del Maipo. Ahora, que haya ocurrido hace miles de años no significa que no pueda volver a ocurrir en algún momento”, sentencia Morata, a quien no le preocupa tanto la lava (alta en sílice, por lo tanto poco viscosa y de lento desplazamiento), lo complicado sería la nieve derretida que arrasaría con todo hacia abajo. Y también la ceniza, parecida a la que expulsó en 1932 el volcán Quizapu, cercano a Linares, que tras una enorme explosión dejó Santiago totalmente a oscuras. 

Sin embargo, los desastres de la naturaleza no siguen un patrón: pueden suceder hoy, en 200 años o nunca más volver a repetirse. 

Así y todo, “quienes viven en el Cajón del Maipo no tienen idea donde están asentados”, señala Morata, doctorado en la Universidad de Granada, especialista en termodinámica. La zona a la que se refiere el experto es un segmento de la Cordillera de los Andes que empieza en el volcán Maipo (5.264 m de altura), a 110 kilómetros de Santiago, en el sector del Cajón del Maipo, cuya última erupción constatada es de 1912. El cordón sigue con el complejo volcánico San José (5.856 m de altura), ubicado a 80 kilómetros de la capital, con una actividad reportada en 1960. Continúa el mapa con el volcán Marmolejo, que data del Pleistoceno y que se encuentra pegado al San José, a una altura de 6.108 m. El más cercano, a unos 75 kilómetros de la Región Metropolitana, es el Tupungatito (5.603 metros de altura), con una última erupción fechada en 1986. Ninguno de ellos registra un desastre de proporciones en el estudio histórico reciente.

Según Morata, si uno de estos cuatro gigantes entrara en una megaerupción, la nieve podría generar una avalancha. Y ojo, esa zona está sobre la falla geológica de San Ramón. 

“Estamos frente al lugar con mayor concentración de energía tectónica de la Tierra”, asegura Dobbs. Por si fuera poco, Chile es el segundo país, después de Indonesia, con más volcanes en su territorio. De un total de 2 mil macizos, 500 son considerados geológicamente activos (registran actividad en los últimos 10 mil años). “La razón del fenómeno: frente a la zona central la Placa de Nazca es empujada hacia el oeste y se mete bajo Sudamérica. En esta área de subducción de placas el magma se funde fácilmente, lo que provoca las erupciones hacia la superficie”, explica Diego Morata.

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Para el geólogo Dobbs, el más peligroso de los cuatro volcanes que hoy dominan la Región Metropolitana, es el San José, ubicado en las Termas de Colina. Advierte que los 6 mil metros de altura de este enorme edificio montañoso y los glaciares situados en su ladera sur, al entrar en una erupción podrían derretirse ocasionando una gran avalancha. 

“Ese aluvión bajaría por el río Volcán, llegaría al Maipo y seguiría hacia abajo pasando por San José, terminando su viaje por el sur de la capital. De ahí hacia Las Vizcachas, directo al valle… El punto es lo poblado del sur de Santiago. El Estado, en vez de prohibir construcciones en esa zona, aprobó loteos que se vendieron a las inmobiliarias a precios muy baratos. Allí, en un lugar de alto riesgo, se instalaron un millón de chilenos. No existe planificación. No se aprende del error. Por ejemplo, en los ’60, en Coñaripe, el volcán Villarrica hizo erupción y desapareció la mitad del pueblo por uno de estos aluviones”, advierte Dobbs.

Hay experiencia internacional al respecto. En noviembre de 1985, el Nevado del Ruiz, un volcán de 5.400 metros de altura ubicado en Colombia, tras 69 años de inactividad, hizo una pequeña erupción, pero derritió parte del glaciar de la cumbre. Eso produjo un aluvión que bajó por el valle y 50 kilómetros más abajo pasó por el pueblo de Armero, donde vivían 29 mil personas. Murieron más de 20 mil, sepultadas bajo agua, lodo y rocas. Todo se les vino abajo, la pesadilla más mortal del siglo XX, a pesar de que organismos especializados y medios de comunicación advirtieron al gobierno colombiano de la tragedia que se avecinaba  

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“¿Evacuar Santiago? Imposible. Ni siquiera merece la pena ser alarmista porque generaría pánico en la población de manera irresponsable. Está claro que desastres naturales como éstos no se pueden evitar, pero los daños a la población sí se previenen. Por ejemplo, hay que definir de antemano los sectores para construir, basándose en el registro histórico de cada volcán, cuestión que está muy poco documentada. Si los aluviones y toda la masa baja predeciblemente por el cauce de los ríos, ¡pues que no se construya cerca de ahí! En Villarrica está perfectamente estudiado y delimitado por el Servicio Nacional de Geotermia y Minería, Sernageomin. En Santiago no. Acá se han vendido parcelas sin ningún control del Estado”, reclama Morata.

El volcanólogo Jorge Clavero, quien trabajó durante 15 años en Sernageomin, confirma que es imposible evacuar Santiago. “¿Hacia dónde se trasladan 6 millones de personas, el 40 por ciento de la población total del país? ¿En qué albergues cabe toda una ciudad? Ahora, hay que tener claro que es muy difícil que el material volcánico llegue completamente hasta Santiago, por la larga distancia del recorrido, que en promedio es de 100 kilómetros. Sin embargo, si en un día de erupción corriera el Raco, ese viento cálido que va de este a oeste, la ceniza cubriría toda la cuenca de la capital. Estas partículas afectan las vías respiratorias de los seres humanos y animales; además, contaminan las fuentes de agua y las zonas agrícolas”, sentencia Clavero, doctor en volcanología.

El jefe de Proyectos de Geografía de la Universidad Católica, Pablo Osses, señala que el mayor indicador de una erupción es la fuerte actividad sísmica que le antecede. En el Caulle, por ejemplo, se detectaron cerca de 230 temblores con epicentros en Futrono y Entrelagos, un mes antes de ocurrida la erupción.

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Además, se registra un aumento de la actividad fumarólica y de la temperatura de los ríos próximos.

Clavero advierte que “no se puede asegurar con exactitud que los eventos vayan a ocurrir mañana o en 100 años más. La Tierra avisa en un 90 por ciento de los casos con temblores persistentes, pero tampoco es así siempre”. 

Lo importante es prevenir el desastre. Sin ir muy atrás, la erupción de mayo del 2008 en Chaitén no se presentaba desde hace 9 mil años. Luego del traslado del pueblo entero, con sus bártulos e historias, el gobierno inyectó un presupuesto de 17.500 millones de pesos al Sernageomin para ampliar en cinco años la red de monitoreo a centros volcánicos. 

Según el director del organismo, Enrique Valdivieso, este año se supervisan permanentemente 18 sistemas volcánicos (grupos de volcanes cercanos unos de otros) con GPS, sensores sísmicos y de gases. El proyecto es que al 2013 se amplíe a 43. La información obtenida con el instrumental especializado es enviado vía satélite al Observatorio Volcanológico de los Andes Sur (Ovdas). El centro, ubicado en Temuco, cuenta con personal trabajando en turnos rotativos durante las 24 horas.

“Allí hay profesionales altamente calificados procesando los datos. Nuestra función es anunciar el peligro. Si existe alerta roja se informa diariamente a la Onemi, a la autoridad argentina, a las intendencias locales y al USGS (organismo del gobierno de EE.UU. con el que colaboramos para enfrentar desastres). En el cordón Caulle avisamos con un mes de anticipación. La gente puede sentirse segura, nuestra única misión es salvar vidas”, enfatiza Valdivieso.

Por su parte, el director regional de la Onemi Metropolitana, Miguel Muñoz, asegura que “frente a una eventual erupción del volcán San José se activa inmediatamente el Comité Regional de Operaciones de Emergencia y se coordina con el municipio local. Luego de que el Sernageomin acredita y certifica el evento con análisis técnicos, se toman las primeras decisiones en base al Plan Comunal de Emergencia. Se implementan los planes de enlace, potenciales albergues, análisis de impactos en el agua potable por parte de Aguas Andinas, suspensión de excursiones, entre otras medidas”, informa Muñoz.   

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Desde el terremoto del 2010, el alcalde de San José de Maipo, Luis Pezoa, reclama con urgencia recursos para enfrentar una erupción volcánica. “Nosotros somos una comuna pobre. ¿Cómo poner señaléticas si no hay plan ni presupuesto? ¿Cómo arrancamos a los cerros si éstos se derrumban a la primera lluvia? Yo no tengo teléfono satelital. Aquí la comunicación se corta y las radios no funcionan siempre. Mandé un proyecto para garantizar la comunicación con la montaña, pero aún no me lo aprueban. El Sernageomin anunció ante el Concejo Municipal que monitoreará los volcanes… Esta inversión es cara, pero protegería a toda la cuenca metropolitana de un desastre que puede ocurrir o puede que no pase nunca. ¡Es mejor estar prevenidos!”, sentencia el alcalde. 

En la zona alta del Cajón del Maipo, en El Melocotón, el tema preocupa. Loreto Abascal, vecina del sector, piensa en qué pasaría si una catástrofe volcánica sucediera de noche. “Nunca, desde 1937 que vengo al Cajón (su padre fue uno de los primeros colonizadores), he sabido de un plan para evacuar. Jamás he tenido en mis manos un folleto o he asistido a una reunión explicativa. No he sabido que existan. Nos preocupa la falta de información”.

Ricardo Berríos, dueño del Almacén El Guatón de San Alfonso y reconocido confidente de los lugareños, dice que está acostumbrado a que la naturaleza se manifieste feroz y hermosamente en la montaña. Por algo vive ahí hace 57 años. “¿Un mapa, un plan para arrancar? ¡Nada! ¡Si acá nunca viene la autoridad! Tenemos miedo a que en una situación de emergencia reviente el embalse El Yeso. Ahí sí cloteamos todos… Por las noches, cuando está bien oscuro, veo cómo el San José respira y pienso: ahí está la vida de este planeta, la fuerza…”.