X-Men Apocalipsis, la cuarta película de la saga dirigida por Brian Singer, funciona como una sobredosis para fanáticos. En Apocalipsis se huele un espíritu avasallador que no está logrado. La película nos presenta a Apocalipsis, el primer mutante, el más poderoso que duerme desde el Egipto de las pirámides hasta que es despertado en esta época y quiere imponer sus normas y destruir a la humanidad. Hasta ahí, todo claro, pero Singer apuesta alto. Lanza un ladrillo de personajes y a la patrulla juvenil mutante, armando nuevos grupos: los seguidores de Apocalipsis y la que sería la primera formación de los X-Men.

Con el conflicto ya planteado, X-Men Apocalipsis tropieza con su propia ambición. El guión escala a un nivel de solemnidad muy poco propio de la saga. Todo se vuelve drama, se alarga, se enreda. Cada uno de los mutantes quiere tener el control de la película, aunque sea un par de minutos. Esto, para un espectador no fanático, puede ser realmente agotador e incluso aburrido, pero como estrategia para llegar al corazón de los amantes de las aventuras de los mutantes puede estar muy logrado. Los nuevos personajes, algunos como Quicksilver o Jean Grey, logran levantar interés para potenciar la entrada de nuevos seguidores de los hombres X.

El resto son arranques personales de actores con mayor tonelaje, como Michael Fassbender (Erik Lehnsherr, Magneto), James McAvoy (Profesor Charles Xavier) o Jennifer Lawrence (Raven / Mystique).

X-Men Apocalipsis es una película ambiciosa, espectacular en lo técnico pero deficitaria en su estructura narrativa. Dan ganas de volver a ver las primeras cintas de la saga. El villano Apocalipsis (Oscar Isaac) quedó incompleto y eso le resta fuerza al carro. Quizá las nuevas generaciones verán esta película como el comienzo de una historia donde nuevos héroes surgieron cuando la humanidad corría riesgo de desaparecer. Sólo la próxima entrega de la franquicia lo dirá

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