Una figura de madera de un Serge Gainsbourg de nariz roja y aspecto de vagabundo da la bienvenida a los clientes del café Ménilmontant, en pleno distrito once de París. Dos viejos comentan la inusual lluvia que cae a esa hora en la capital francesa, que hasta ese momento vive uno de los inviernos más cálidos de su historia, y uno de ellos vaticina que el agua acumulada en esos escasos minutos batirá récord. De la lluvia a los atentados, tema sensible en el barrio que fue golpeado por varios de los ataques del 13 de noviembre: alguien dice que durante la recogida de los huevos de pascua decenas de niños murieron en Lahore, Pakistán, producto de la explosión de una bomba. Un camarero propone que los yihadistas ataquen directo a los sistemas bancarios, “a la raíz del capitalismo”, y que “dejen a los ciudadanos en paz”.

Ese es el café al que va y ese el París donde vive Valeria Sarmiento, viuda hace cinco años de Raúl Ruiz. Un barrio más bobó o burgués-bohemio y menos auténtico que aquél “quartier de migrantes” que “encantaba” a Sarmiento cuando se cambiaron aquí, en 1977. “Han abierto hasta un supermercado Bio frente a mi casa”, se sorprende la cineasta.

En 1974 Sarmiento y Ruiz, joven pareja recién exiliada en Alemania, hizo escala en París como parte de un viaje a Perú donde iban a filmar una película para la televisión alemana: “Pasamos a comprar material para grabar y aquí nos encontramos con Gilberto Acevedo, un director de fotografía que Raúl había conocido en Chile. Gilberto convenció a Raúl de hacer en París lo que íbamos a hacer en Perú”.

De esa anécdota al día de hoy, los éxitos fílmicos de su fallecido marido concebidos en Francia y Europa se multiplicaron al punto de que hasta fines de mayo la Cinemathèque de París, una de las más importantes del mundo, organiza una retrospectiva sobre la prolífica obra del chileno. Tras una larga investigación y siguiendo “un laberinto de derechos de autor al estilo Raúl Ruiz”, como parodian en la institución, la Cinemathèque pudo reunir 80 de sus 120 filmes y restaurar 18 películas. Para inaugurarla, Valeria, que en Chile prepara una serie para TVN, está de vuelta en París, rodeada de esos “buenos y pacientes” amigos franceses que la reciben como si nada después de meses de ausencia pasados en Santiago donde vive parte del año en el departamento que los padres de Raúl heredaron al matrimonio.

—¿Cómo nace la idea de la retrospectiva?

—Fue durante una conversación con Serge Toubiana, antiguo director de la Cinemathèque y de la revista Cahiers du Cinéma. El me preguntó quién iba a guardar el fondo fílmico de Raúl y después de hablar con un abogado decidimos dejarlo en la cinemateca de París. Entonces firmamos un contrato y la institución se comprometió a guardar el material, hacer la retrospectiva y dar dinero para recuperar gran parte de las películas además de hacer una copia para la cineteca chilena de algunos de los filmes.

sarmiento450-1

Hasta ese momento teníamos claro el destino de su trabajo escrito, que reposa entre el IMEC, Instituto de Memorias de la Edición Contemporánea en Francia, y el Instituto de Arte de la Universidad Católica de Valparaíso. Entonces creamos la Asociación de Amigos, una organización con sede en Francia y que es la que más ha empujado para que se hagan cosas. Hablamos con el Instituto Nacional Audiovisual francés, el INA, y en dos años se organizó esto, lo que es fabuloso.

—¿Por qué París?

—Porque Raúl vivió 40 años en Francia y gran parte de su producción fue hecha aquí. En esta ciudad creyeron mucho más en él que en otros lugares. Por ejemplo, Raúl nunca logró filmar en España, aunque le hubiera encantado. Sin embargo grabó en Inglaterra e incluso en Taiwán. Pero había países que creían en él y otros no.

—¿Cómo fue esa llegada a Francia?

—Llegamos al distrito 12 y en 1977 muy rápido nos vinimos a este barrio. En esa época era un lugar de inmigrantes y encontrabas de todo. Era ideal para nosotros que no teníamos dinero, el arriendo era barato y algún tiempo después compramos un departamento. Cuando nuestro viaje a Perú fue anulado, Raúl que tenía todo preparado, decidió hacer otra película y así nació Diálogo de exiliados (1974). Lo que nos cortó de paso de toda la solidaridad, porque en Chile quedaron bien enojados con la película, muy burlesca con el tema del exilio.

—¿Por qué la polémica?

—Ellos querían que se mostrara otra cara del exilio. Cuando la pasamos en Italia, en Pesaro, prácticamente nos hicieron un tribunal y un grupo encabezado por Nelson Villagra y Andrés Racz decidió que Raúl tenía que romper el negativo, imagínate, imposible. Pero un italiano, el traductor de Pablo Neruda, les hizo ver que un movimiento que puede hacer este tipo de autocrítica es un movimiento muy sano.

—Sin ayuda de Chile, ¿cómo comenzar la vida de exiliados?

—Yo empecé a hacer baby sitting y él a escribir guiones y a presentarlos por todas partes.

—Hasta que apareció en sus vidas el INA, Instituto Nacional del Audiovisual francés. Según los responsables de la Cinemateca esta institución fue fundamental para el despegue del cine de Ruiz en Francia.

—Claro se nos abrió la puerta del INA y Raúl comenzó a hacer La vocación suspendida. El INA fue muy importante pues la institución tenía un mandato para hacer películas experimentales, un género en el que Raúl encajaba perfecto. El INA tenía que llenar 12 horas al año de programación de tele y esas películas se pasaban durante el verano. La propia directora del INA en 1977, Manette Bertin, al descubrir La vocación suspendida, la calificó de formidable pero agregó: “nadie comprenderá nada”.

—¿Y Raúl se contentaba con producir sólo para la televisión?

—En la época no había tanta diferencia entre televisión y cine. Podías hacer una derogación para que lo que hiciste en televisión se pasara en cine. Siempre había una permisividad para la cultura en Francia, cosa que en Chile nunca van a entender.

—Según el director de programación de la Cinemateca, Jean François Rauger, Raúl Ruiz fue como un soplo de aire en un medio cinéfilo galo, enfrascado en el realismo.

—En esa época el cine francés estaba dominado por la Nouvelle vague que tenía que ser muy realista y Raúl proponía jugar entre la realidad y la irrealidad.

—En ese momento Cahiers su Cinema publicó un especial, nueve años después de su llegada a Francia bajo el título El caso Raúl Ruiz. ¿Cómo asumían ese éxito?

—Eso fue después de Las tres coronas del marinero. Justamente Serge Toubiana dirigía ese número. Yo creo que no nos dábamos cuenta de la importancia que tenía.

—Pero al menos allí ya no hacía babysitting.

—No, desde La vocación suspendida (1977) comencé a hacer montaje y poco tiempo después a hacer mis cosas.

sarmiento450-2

—¿En esa primera época, podía considerarse un director de elite?

—Depende, Las tres coronas tuvo una gran acogida y La hipótesis también funcionó muy bien. Lo que pasa es que las películas no se exportaban, pero en Francia tuvieron mucha importancia.

—Pero algo cambia con los años, y sus películas comienzan a ser del gusto del gran público. Eso porque muchos actores conocidos como Catherine Deneuve o John Malkovich filmaron con él. ¿Daba prestigio trabajar con Raúl?

—Yo sé que Melvil Poupaud, que trabajaba con Raúl desde niñito, pololeaba con Chiara Mastroniani. Y le dijo “por qué no trabajas con Marcello”. Y Marcello Mastroiani conoció a Raúl y se entendieron muy bien porque Raúl era un seductor y a Marcello le gustaba que le contaran historias. Marcello le dijo “quiero trabajar contigo” y Raúl le escribió un guión. Luego Marcello nos contactó con Catherine Deneuve que también estaba interesada. Yo no sé si trabajar con Raúl daba prestigio, pero es normal que los actores busquen proyectos interesantes, no sólo que les den dinero, sino que de autores que les gusten.

—¿Tuvo Raúl la posibilidad de hacer un cine más comercial?

—El director Barbet Schroeder le propuso ir a Estados Unidos e incluso le consiguió un productor y un proyecto. Como a Raúl le gustaba probar, partió para allá, a Jamaica y Canadá, en realidad, aunque era una película americana, en la que actuaban William Baldwin y Anne Parillaud. Pero no le gustó la experiencia, indudablemente no le pareció interesante. Se reía de que había tantos camiones que parecía la huelga de los camioneros. Tampoco le gustó filmar en Londres.

—La retrospectiva ha permitido recuperar 18 películas.

—Sí y queremos seguir, para eso nació La Asociación de Amigos.

—¿El gobierno de Chile los apoyó también?

—El Consejo Nacional de la Cultura a través de la ex ministra Claudia Barattini nos dio una parte del dinero para restaurar La recta provincia, la otra vino de la Cinemateca francesa y el ministro Ottone nos dio plata para restaurar Los tres tristes tigres.

—En la Cinemathèque destacan su preocupación por terminar La recta provincia, que sólo alcanzó a ser estrenada como serie de televisión.

—Sí porque quedó a medio hacer y creo que es una película muy importante para entender la mentalidad de Raúl sobre Chile y sobre las historias que le contaban sus abuelos, es una parte de Chile muy linda que tenía y sería el colmo que se perdiera. Lo único que había que hacer era mezclarla de nuevo y hacer la corrección de color.

—Todos hablan de la incontinencia de Raúl para filmar, ¿cómo se manifestaba eso en el día a día?

—Él encontraba a un productor y le proponía un proyecto o a veces el productor se lo proponía a él. Raúl estaba leyendo todo el tiempo y a partir de eso le interesaba experimentar en las películas las cosas que leía. Para él hacer cine era pensar con imágenes.

—¿Cómo se vive con una persona así?

—Muy bien porque era un hombre entretenido. Cada día te contaba un proyecto nuevo, una idea nueva.

—¿Conocemos en Chile realmente el cine de Raúl Ruiz?

—Poco, se habla más de Raúl como una figura, como un chileno exitoso en el extranjero. Pero los jóvenes se están interesando, yo lo noté en unas proyecciones que hizo la Universidad Católica de Valparaíso. Impresionante la cantidad de jóvenes que venían y querían hablar, porque están tan ahogados por un cine formateado que de repente esto les muestra que pueden hacer las cosas de otra manera y están fascinados. Creo que para ellos Raúl va a ser una bonita influencia.

sarmiento450-3

—¿Por eso mismo la idea es llevar la retrospectiva a Chile?

—Sí, pero no es fácil porque no tienen los medios para hacerlo. Una cosa es que los productores que tienen los derechos le presten las películas a la cinemateca francesa, pero otra cosa es llevarlas por todo el mundo.

—¿Como esposa de Raúl Ruiz y cineasta siente que usted vivió un poco a su sombra?

—No me afecta hablar de mi marido. Mucha gente me dice que me escondo detrás de él. Yo feliz, está bien que tenga su lugar, yo algún día tendré el mío.

—¿Cómo han sido estos cinco años desde su partida?

—No me he dado cuenta. A los pocos días de su muerte me tocó terminar Las líneas de Wellington que él había comenzado a preparar. El guión estaba escrito por Carlos Saboga, el mismo de Los misterios de Lisboa. Paulo Branco dudó en un primer momento porque era una producción muy grande. Pero al final me dio su apoyo y me fue muy bien, estuvo candidata a los Oscar por Portugal. Y vino John Malkovich, Catherine Deneuve, Isabelle Huppert, Michel Piccoli, todos querían trabajar en la película, aunque fuera un pequeño rol, como una forma de homenajear a Raúl y yo sentí ese apoyo de la gente.

—¿Cuándo tuvo tiempo para darse cuenta de que ya no estaba más?

—Creo que aún no… (risas). Yo sabía que Raúl estaba frágil de todas maneras. Que el último año era de yapa.

Antes de filmar Los misterios de Lisboa le encontraron un cáncer al hígado y se hizo un trasplante en Portugal, allí le regalaron el hígado. Me decía “debe ser de un negro” porque le gustaba mucho el cine negro. Como lo mantenían con las defensas muy bajas para no rechazar el nuevo órgano, falleció de una infección pulmonar. Los portugueses le regalaron un último año de felicidad en que fue a Chile e hizo Amledi, el tonto, la obra de teatro; La noche de enfrente y recibió todos los aplausos después de estrenar Los misterios de Lisboa que a todo el mundo le encantó. Fue un año muy lindo.