Tilda Swinton es una mujer muy poco convencional. La actriz de 53 años podría haberse acomodado en su vida de aristócrata escocesa, cuya única preocupación sería la gotera en uno de sus castillos. Como integrante de una de las familias más antiguas de Inglaterra —sus palacios se remontan al siglo IX—, su rutina habría sido mezclarse con sangre azul toda la vida. Una vez le pregunté qué soñaban sus padres con ella “¡Esperaban que me casara con un duque!”.

Pero esta mujer —quien compartió internado con su amiga (y futura princesa) Lady Diana Spencer—, en lugar de una cómoda existencia, optó por dedicarse a las artes y, en particular, al cine. Después de haber ganado notoriedad por primera vez gracias a su trabajo con el fallecido director avant-garde Derek Jarman, finalmente encontró su camino en filmes de corte más masivo como La playa, The Deep End, Constantine y Michael Clayton, la película del 2008 que le valió un Oscar a Mejor Actriz.

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Su nueva cinta Only Lovers Left Alive, dirigida por el adorado director indie Jim Jarmusch (Extraños en el paraíso, Broken Flowers), la une a Tom Hiddleston (33) como un par de vampiros llamados Adam y Eve. Estos personajes protagonizan una historia de amor con siglos de antigüedad… En pantalla se junta con él —una estrella de rock al estilo de David Bowie—, en una mansión decadente de Detroit que usa como estudio de grabación. La pareja es acosada ​​por Ava (Mia Wasikowska, Alicia en el País de las Maravillas), la torcida hermana de ella.

Así surge otro papel enigmático para Swinton, quien se ha ganado una reputación como una de las figuras más intrigantes del circuito. Ni siquiera le gusta llamarse actriz, pues prefiere pensar en sí misma como una narradora o colaboradora. “Me agrada ser capaz de ‘deambular’ en la vida, y disfrutar lo que surge en la ruta. Aprecio la libertad artística y sentir que vivo una vida creativa e independiente. De hecho, he participado en pocos largometrajes con grandes estudios. Y cuando visito Hollywood, me siento como una turista. Prefiero que siga siendo así”.

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Lo único no misterioso de esta graduada de Cambridge es su naturaleza reconociblemente no convencional: vive en Escocia en la misma casa de campo con el pintor John Byrne (su marido por 15 años), sus mellizos Xavier y Honor, además de su amante, el artista plástico Sandro Kopp, a quien conoció hace nueve años…

En 1995 Tilda Swinton fue noticia cuando durmió en una caja de cristal en la Serpentine Gallery de Londres. Fue una performance que tituló The Best (El mejor). Esta misma iniciativa la retomó en noviembre pasado en el neoyorquino MoMa. Esa noche, en el mismo museo, la industria de la moda le celebró su cumpleaños 53. No es secreto que editoras y diseñadores se arrodillan ante su arrojo estético en la alfombra roja. La aman por extravagante, vanguardista, distinguida. 

Rostro de Chanel, la escocesa tuvo en esa fiesta a una larga fila de admiradores festejándola: Karl Lagerfeld, Anna Wintour, Zac Posen, David Bowie, Ralph Fiennes, el alcalde Michael R. Bloomberg, Sofia Coppola, Lupita Nyong’o y Alexa Chung, entre otros célebres convocados.

Para esta entrevista el look de noche es reemplazado por un clásico traje de seda azul Givenchy y un ondulado peinado juvenil muy corto a los lados.

—Tilda, ¿cómo ve a su personaje y el de Tom Hiddleston?

—Somos amantes. Una relación de siglos. Ellos son muy diferentes, pero siguen siendo una unidad. Es un gran trabajo mantener un amor durante una larga vida…

—¿Qué sacó de su trabajo con Jim Jarmusch?

—Es un gran amigo. Hay algo acerca de los seres humanos que él hace que brillen en la oscuridad. Me gusta su sensibilidad. Me alegró la oportunidad de trabajar con él para esta historia de amor. Siempre ha hecho relatos románticos. Es un honor pertenecer a uno de ellos.

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—¿Por qué cree que en el último tiempo hay tanta fascinación con las cintas de vampiros?

—Nos interesa su inmortalidad. 

—¿Cómo es el enfoque de Jarmusch?

—Una de las primeras cosas que notas acerca de Jim es que es muy nocturno. El paisaje de noche es en gran medida su paleta. Y me sienta muy bien porque a menudo estoy despierta de noche, por lo que empatizo en ese nivel. También hay algo acerca de las cosas que brillan en la oscuridad que se siente muy Jarmusch. Lo otro es que tiene la perspectiva de un músico y utiliza la cámara como un instrumento.

—Es usual que interprete a personajes extravagantes o misteriosos. 

—El cine es un lenguaje por sí solo, mientras menos se traduzca mejor… Realmente me interesa el silencio. Como intérprete me gusta mirar la brecha entre lo que la gente quiere comunicar y lo que puede. Me agrada el buen cine que no sólo se apoya en guionistas con dominio del diálogo y que piensan que todo el mundo es muy elocuente y se escucha el uno al otro muy bien. Para mí, eso no se siente fidedigno. Constantemente leo acerca de actores que se definen “narradores”. Yo, más que nada, enfatizo puntos: me gusta para aislar el espíritu de un momento, en particular, aquel en que mi personaje se ve obligado a cambiar.

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—¿Cómo se aborda la actuación?

—Me interesa la idea de tratar de no ser vista. Es un experimento constante. Me da alergia mirar la actuación en pantalla.

—¿Siente que ha vivido una vida muy poco ortodoxa?

—(Risas) Crecí en circunstancias privilegiadas y gasté un montón de tiempo y energía asegurándome de que no iba a encontrarme a mí misma en una vida que había sido predestinada para mí. Hice de mi existencia un viaje en el que deseaba crear un camino lleno de arte, creatividad y no sujeto a las formas convencionales de ver el mundo. Esa clase de libertad ha sido muy valiosa, lo que soy y he logrado como actriz ha sido por ese proceso de creación y exploración.

—¿Cómo afectó crecer en un internado?

—La mayor parte del tiempo odiaba mis días allí. Era un ambiente muy solo y aislado. Nunca fui feliz en ese tipo de entorno cerrado y artificial. Lo único bueno que salió de ahí fue que aprendí a observar a la gente muy de cerca y ese tipo de cosas alimenta mi vocabulario de actuación e instintos. Te conviertes en una muy buena imitadora y manipuladora de tus propias emociones, todo para reflejar a la gente con la que has estudiado estrechamente durante esos años. Pero el internado fue un infierno. Por eso no me gustan películas como Harry Potter, que tienden a idealizar esos lugares. Creo que son sitios muy crueles para crecer. No siento que los niños se beneficien de esa clase de educación. Se necesita a los padres y el amor que pueden proporcionar.

—Teniendo en cuenta su infancia, ¿qué tipo de relación tiene con sus mellizos?

—Muy natural y cariñosa. Ser madre también me ha hecho mucho más disciplinada, menos perezosa e irresponsable. No puedo hacer lo que quiera, lo que es bueno y malo a la vez… (risas). Por mi carrera debo partir lejos algunos meses, pero mis hijos lo entienden. Además, su padre es un hombre muy cariñoso, así que no siento ese miedo a ‘abandonarlos’ al viajar.

—¿Cambió su vida al ganar el Oscar?

—Pudo abrirme más ofertas para películas más grandes, como la saga Narnia, pero es difícil de asegurarlo. Ciertamente mi vida no ha cambiado. Todavía me acuerdo de ir a la gala de la Academia sin saber qué esperar. No tengo televisión, así que nunca había visto esas ceremonias. Por eso cuando llegué sentí que era como recibir entradas gratis para la cancha central de Wimbledon ¡y esperar que nadie me diera la raqueta en la mitad de la final!

—¿Su forma de mirar el mundo ha cambiado al ser madre ?

—Tener responsabilidades hacia mis hijos ha sido un capítulo productivo. Aprendí que la vida familiar puede ser bella y te hace un ser humano más amoroso e interesante. Definitivamente he florecido. Aunque, al mismo tiempo, debo admitir que también me encanta vivir en hotel durante varios meses cuando filmo. Aquello de no cocinar y ser totalmente egoísta de nuevo. Pero incluso ese lado perezoso se vuelve aburrido muy rápidamente y no aguanto la hora de volver a casa para estar con mi familia. Ya ves, ¡he evolucionado! (risas).