A estas alturas, con casi dos semanas en cartelera, el furor mundial por el regreso de Star Wars debe estar en su peak. Nosotros pudimos verla un día antes de su estreno comercial y nos mordimos la lengua para no hacer spoiler sobre El despertar de la fuerza, el tremendo golpe a la mandíbula que J.J. Abrams propinó incluso a los más puristas con su reinvención delicada del universo, a veces torpe, creado en los años setenta por George Lucas.

Sin ánimo de arruinar el show a nadie, sólo diremos que la consigna gruesa de la cinta, para no adelantar nada, es que Luke Skywalker está perdido y hay que encontrarlo a como dé lugar. En ese camino, El despertar de la fuerza es realmente esperanzadora en cuanto a factura técnica, dirección, guión, música y casting.

La dedicación e inteligencia con que Abrams logró hacer una posta convincente entre los personajes de la primera trilogía (Hamill, Fisher y Harrison Ford, quien se roba gran parte de la cinta), junto a los nuevos personajes: Daisy Ridley (Rey), John Boyega (Finn), Oscar Isaac (Poe Damaron) y Adam Driver (Kylo Ren), más el nuevo droide BB-8, está más que lograda. En un universo conocido, en esa galaxia muy, muy lejana, El despertar de la fuerza muestra potencia, emoción, épica, sobriedad y respeto —quizá mucho— por esta soap opera que ha unido a generaciones.

La emotiva sensación de estar viendo un déjà vu mejorado se siente amistosamente. La música de John Williams no desentona frente a sus partituras históricas y el humor que Abrams suelta a cuentagotas durante todo el metraje hace sentir a la audiencia como acudiendo a una misa nerd de la que pueden participar libremente fans y neófitos.

Star Wars goza de muy buena vida. Las cifras la acompañarán sin duda. La recomendación para verla en una sala de cine, de preferencia IMAX, nunca está de más. Un par de preguntas/apuestas: ¿cuántos meses durará en cartelera? ¿Podrá el episodio VIII, programado para el 2017, superar la obra de J.J. Abrams y su crew?