El conjuro ya lleva más de un mes en cartelera, lidera la taquilla y se podría hablar de que ha provocado un minifenómeno: hordas de adictos al terror regresan a los cines para pasar un susto, esta vez de la mano de una película basada en hechos reales y con un tratamiento cinematográfico clásico, sin cada vez menos creíbles e intragables litros de sangre que se encharcan en las pantallas del terror del siglo XXI.

Acá el director compone la letra volviendo la mirada a los mejores pasajes del cine de terror de los setenta…

Acá el director malayo James WanEl Juego del miedo, con siete episodios y La noche del demonio, entre otras—, compone la letra volviendo la mirada a los mejores pasajes del cine de terror de los setenta (El exorcista, Carrie), llevándose por delante la fórmula gore, tan de moda por estos tiempos.

Pero acá parece ser que el gran éxito está en la simpleza de una historia real y silenciosamente espeluznante. Corre 1971, Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga), son un matrimonio que se ha dedicado a estudiar y enfrentar a las fuerzas demoniacas.

Expertos en fenómenos paranormales, la pareja — ella, clarividente y él con línea directa con la Iglesia—, los Warren son llamados para ayudar a una familia aterrorizada por una presencia oscura en una granja alejada de todo.

“Siempre he sido un gran fan de los Warren. Yo realmente los admiro. Fueron pioneros en el estilo moderno de la caza de fantasmas con equipo técnico, de la captura de la evidencia con cine y audio. Ya que han inspirado muchas historias, libros y películas, era realmente genial hacer un filme donde ellos fueran el tema principal al igual que la casa que están investigando”, dice Wan, director de la cinta, que es un buen ejemplo de que en materia terrorífica, menos es más.

Siempre he sido un gran fan de los Warren. Yo realmente los admiro. Fueron pioneros en el estilo moderno de la caza de fantasmas con equipo técnico

La detallada caracterización de una familia atormentada, una añosa granja en Rhode Island y de los Warren y su primitiva tecnología de principios de los setenta, enfrentados al mismísimo demonio, dan susto del real. No ese que te hace saltar como resorte o que da asco, sino que ese que nace en las entrañas y se demora años en olvidar.

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