Es extraño ver una película en una sala de cine llena de sacerdotes. Esto pasó en la función para la prensa de Silencio, el último trabajo de Martin Scorsese donde, tal como anunció alguna vez, quería cerrar su “trilogía religiosa” que partió con La última tentación de Cristo (1988), siguió con su mirada sobre el Dalai Lama en Kundun (1997) y está, quizás una de las mayores damnificadas en la última entrega de los Oscar, donde tuvo solo una nominación por la extraordinaria dirección de fotografía del mexicano Rodrigo Prieto.

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En medio del siglo XVII dos jesuitas portugueses (Adam Driver y Andrew Garfield) viajan a Japón en una especie de misión de rescate espiritual de su mentor (Liam Neeson), de quien se pierde la pista en medio de una severa inquisición por la entrada del cristianismo a la isla. En dos horas 41 minutos de metraje, Scorsese se da el gusto de hurgar sin pudor en sus temas favoritos: la redención, las dudas, la culpa y todo ese saco de ideas religiosas que quedaron desde su paso como seminarista católico. Aquí, con un fondo preciosamente captado, el director lanza a una batalla teológica, filosófica y también física a estos sacerdotes portadores de la “verdad” que se enfrentan a las creencias budistas de Japón y a los últimos vestigios de una evangelización cristiana derrotada a punta de crucifixiones.

Con actuaciones sumamente prolijas, el director de Casino nos lleva en un viaje espiritual por las penurias de un puñado de cristianos japoneses perseguidos por sus creencias, nos enfrenta a los grandes cuestionamientos espirituales de los sacerdotes jesuitas e instala una discusión religiosa entre lo que separa y une al budismo y cristianismo. Obviamente Martin no pretende ni remotamente entrar en la batalla comercial con Silencio y con respecto a los premios, su interés es cercano a cero. Sabe que a los 74 años ya no tiene que demostrarle nada a nadie y se lanza sin temor a hacer el cine que quiere. El que lo perturba y calma.

Sin llegar al tope de su poderosa obra, en Silencio Scorsese deja las tripas. Y aunque por momentos las cerca de 3 horas de película agotan, su despliegue de imágenes, diálogos y atmósfera se agradece.