El Bosque de Karadima, bajo la dirección de Matías Lira, actuaciones de Luis Gnecco, Benjamín Vicuña, Pedro Campos y Francisco Melo, funciona como réquiem para una historia truculenta basada en los abusos sicológicos y sexuales cometidos por el sacerdote Fernando Karadima en la parroquia El Bosque.

Interpretado con sobriedad macabra por Luis Gnecco, el cura, considerado por sus círculos de la clase alta chilena como un “santo en vida” y el responsable de la mayor cantidad de vocaciones sacerdotales entre los años ochenta y dos mil, desata y encarna los mayores pecados atribuidos a la Iglesia Católica durante los  últimos años. La víctima de sus bajezas es Thomas (Campos y Vicuña), un joven algo confundido con su vocación religiosa que cae en desgracia el mismo día que pisa la parroquia donde Karadima hace y deshace con sus seguidores, sosteniendo por años una fachada de santidad que de golpe revienta en pedazos.

En el camino, Lira y el equipo de guionistas integrado por Elisa Eliash, Alvaro Díaz y Alicia Scherson cocinan un relato asfixiante, donde la voluntad de Thomy  no es mayor que la de un gomero. Ahí Pedro Campos despunta con una interpretación contenida. 

El cura Karadima es un titiritero siniestro que tiene instalado un círculo de protección poderoso que lo viste, lo cuida y le entrega “jovencitos” con vocación sacerdotal que terminan en la cama del “santito”, como lo llaman.

Y así pasan los años y el “santito” se pasea impune reclutando con pinzas a sus víctimas. Dominador de voluntades, manipulador y con un largo prontuario de delitos aun impunes, su figura crece con devoción entre sus acomodados parroquianos, que adoran a este sacerdote que mantiene a raya la posibilidad de que aparezcan “curas comunistas” para consagrarse.

Thomas, ya en su adultez atormentada —casado, profesional y con hijos— decide enfrentar a Fernando, su monstruo querido, el que se apropió de toda su existencia y de paso destapar uno de los mayores escándalos al interior de la Iglesia chilena.

Con actuaciones emocionales muy logradas (Gnecco, Vicuña y Campos) y una historia conocida por todo el país, El bosque de Karadima es de esas películas que obligan a ir al cine. La experiencia es provocadora a nivel de los sentidos: el asco domina. Y también las ganas de cerrar los ojos y pensar que esto que estamos viendo no es verdad. Pero la realidad debe ser mucho más asquerosa que la ficción, nos hace pensar El Bosque de Karadima