Al interior de la Embajada de Irán, Santiago desaparece un rato. Los chistes se hacen en persa, los pasillos huelen a azafrán, los pistachos y damascos secos se sirven a destajo. En el medio, instalado en el living, está Abdullah Ommidvar Farhadi (81 años, casado, dos hijos), uno de los paisanos más famosos de Chile. Lo acompaña Luisa, su señora, Emilio su hijo mayor y su nieto. Además de unas treinta personas invitadas a la celebración del International Museam Day, convocado por el gobierno de Irán y donde le entregarán un regalo especial del presidente Hasán Rohaní. “Felicitamos a los Hermanos Ommidvar por su aporte al desarrollo de la cultura en Chile e Irán”, dice una copa de plata y un cuadro conmemorativo con una delicada técnica de mosaico, pintada a mano. 

Por protocolo, la gran mayoría de la ceremonia se hace en lengua farsi. Abdullah sólo la recuerda y practica cuando ve las películas de cine iraní, porque a la familia le habla en inglés. Se instala en medio de los invitados, cierra los ojos y comienza a hablar. En menos de un minuto captura aplausos y sonrisas, incluyendo a los que no entienden. “Soy un hombre que no se puede aprender algo de memoria y luego repetirlo. No puedo memorizar si lo que estoy haciendo es hablarle con cariño a mis compatriotas”, dice. 

El discurso termina. Se sienta en el sillón y comparte un sobre con decenas de fotos que él mismo seleccionó para este reportaje. Todas hablan solas; durmiendo en iglú, cruzando el Congo, con leones, con aborígenes australianos, con Nehru, con el Dalai Lama y Abdelaziz bin Saud, el fundador de Arabia Saudita. 

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Su memoria es extraordinaria y cuenta con detalle y emoción cada momento. Todo es parte de la historia que el público ha venido a escuchar: su viaje por el mundo en moto y citroneta, que hizo con su hermano mayor, Issa. 

La aventura partió a los 16 años, cuando se arrancó a explorar el monte Alburz, frente a su casa en Teherán. “En el mundo hay otros dioses, además de Alá”, le había dicho su padre. Sintió unas ganas gigantes de encontrarlos y corrió a contarle a su hermano lo que había visto. Desde ahí empezaron a soñar con recorrer la Tierra. Durante las noches, encerrados en su pieza de una casa de los barrios más viejos de Teherán, planificaron una aventura que los haría mundialmente famosos hasta hoy. Trazaron mapas que desde el Medio Oriente los llevarían a la Antártica, Africa, Australia e India. Importaron dos motos, ropa de montaña, remedios y en 1954 decidieron que estaban listos. Dos meses antes de partir, le contaron a la familia que se iban. Lo hicieron con discurso para que nadie les discutiera ni tuvieran ganas de dialogar.

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Noventa dólares para cada uno fue el presupuesto inicial del viaje. De ahí, irían pensando nuevas formas de financiarse que incluían charlas, presentar videos o la entrega de reportajes y artículos a publicaciones como Conde Nast, Paris Match o Times.

La primera parada fue Pakistán, India, el Sudeste Asiático hasta llegar a Australia. Después vino el cruce del Pacífico hacia Canadá y el Artico hasta llegar a América del Sur, incluyendo Chile. En cada lugar se quedaban el tiempo que habían planeado, pero lo más importante era conseguir material único y exclusivo sobre los lugares más alejados del planeta. 

Mientras uno filmaba, el otro editaba. Ciento veinte documentales fue la cifra final. Cada una de las producciones la estrenaban en la ciudad donde llegaban, armando todo un espectáculo y cobrando una entrada que les servía para otra ruta del viaje. Así durante diez años colegios, universidades, hospitales e instituciones de todo el mundo se repletaban con curiosos que querían saber más de la historia de los hermanos. 

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En Chile llegó al Santiago College, donde fue a dar una charla sobre un viaje a la Antártica. Era 1963 y ahí conoció a Luisa Rosas Schenke, su señora. En esa época ella tenía 17 años e hizo un trabajo sobre los esquimales. Después de escucharlo presentar, lo invitó a tomar té. Abdullah sólo tenía en su mente seguir con el próximo destino del viaje, entonces le entregó la información y se fue, sin esperar nada más.  Como fue tan exitosa la primera charla, la directora del colegio les pagó 100 dólares, lo que les sirvió para cubrir parte del viaje, que en esta oportunidad, tenía como destino internarse por meses en el Amazonas.  

Durante el trayecto recibían cartas en cada embajada de Irán y fue en Argentina cuando Abdullah se encontró con la sorpresa: una carta enviada desde Santiago, con remitente desconocido.  “Le agradezco toda su ayuda, gracias a usted saqué buena nota”, firma Luisa. Confiesa que no se acordaba quién era y la botó. Un par de vueltas caminando por Buenos Aires le sirvió para acordarse. “La flaca era… Esa como media transparente”. Le respondió para dejar en alto la caballerosidad iraní.

La historia siguió cuatro meses después, cuando en Sao Paulo encontraron otra nota. “Qué insistente esta niña”, pensó, y le respondió. 

Por casi cuatro años, y en cada embajada de Irán a la que llegaba, Abdullah encontraba cartas de Luisa. Hasta que decidió pedirle matrimonio. “Yo sólo estaba casado con mi proyecto, no veía otra cosa, pero pensé que ya habíamos hablado tanto tiempo que por qué ella no venía para casarse”. 

Pasaron meses en que esa última carta, la de la propuesta, no recibió respuesta. Abdullah no entendía qué pasaba. Por mientras los Ommidvar retomaban otra parte del viaje. Esta vez a Medio Oriente, donde se perdieron por quince días en la mitad del Sahara. Se quedaron sin agua, sin bencina botados en el desierto hasta que un grupo de beduinos los encontró. Ya se cumplían casi diez años del viaje y cuatro del romance por carta que ahora peligraba. Hasta que recibió una nueva, esta vez de la madre de Luisa. 

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“Póngase en mi lugar. ¿Permitiría usted que su única hija se fuera a esas tierras lejanas y misteriosas, donde practican la poligamia?”, decía la carta. “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, pensó.  Estaba listo para vivir en Irán y con Issa íban a ser famosos, tenían todo para quedarse allá, pero decidió vender lo que le quedaba en Teherán y partir a Santiago. Hasta hoy, los Ommidvar son héroes en Irán. Tienen su propio museo en el Palacio de Palaví, un sector dedicado en la capital iraní al arte, en la parte más taquillera del viejo Teherán. Pero Abdullah se enamoró en Chile y acá se avecindó. “Me quedé amarrado en Chile. Tengo hijos acá, mi señora tiene fundo en Osorno y toda una vida acá. Tampoco tengo interés en volver a vivir allá. Es un país con un 80 por ciento de musulmanes y yo gracias a Dios soy ateo”, dice.

En Chile, la carrera de Ommidvar se disparó. El ya tenía todo planificado. Sabía también cuánto costaba una casa. Empezó a darse cuenta que al cine nacional le faltaban materiales, equipos y sobre todo guión. Fueron casi 40 años dedicados a su productora, Arauco Films. El trabajo que hizo acá lo posicionó como un referente en el cine nacional y muchos lo admiran por su participación en más de veinte largometrajes, entre los que se encuentran El gringuito, El desquite o La niña en la palomera, por nombrar algunos.

“Los persas son payadores, se juntan a recitar poesías, son excelentes contadores de historias. Abdullah es un contador de historias innato. Un vendedor de alfombras, que conversa con cualquiera”, comenta el médico y montañista Mauricio Purto, uno de sus admiradores.

“Entonces, te preguntas por qué un hombre que viene de tan lejos se encarga de algo que deberían haber hecho los chilenos. La respuesta es la pasión, porque se trata de hacer películas no sólo para sentirse famoso. Abdullah ha demostrado una generosidad tremenda al entregar sus conocimientos. El me ayudó muchísimo a armar el programa Cumbres del mundo”, cuenta Purto. 

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El ochenta por ciento de la memoria audiovisual del planeta está por desaparecer. Queda en manos de políticos, estados o particulares que no entienden el valor de esas piezas para la humanidad. En Chile, las cifras son peores, según Abdullah, quien  es miembro del directorio del Centro Cultural Palacio La Moneda. La poca conservación que ha tenido el cine, no sólo es por la falta de interés de los chilenos en la preservación del patrimonio. También se debe a que no existían buenos laboratorios para revelar las películas, lo que obligó a que muchos fueran a los Laboratorios Alex en Buenos Aires. “Calle Dragones 56. Se inundó y se quemó dos veces. La mayoría de las películas que habían sido filmadas en Chile estaban ahí”, dice Abdullah con pena.

De eso también se encarga con su Fundación Chilena de Imágenes en Movimiento. Ahí su aliado ha sido Silvio Caiozzi, con quien ha  rescatado de a poco la memoria audiovisual del país. 

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Una anécdota notable es la tarde en que salieron juntos a la Universidad de Chile en 1978. Recuerda que fue a hablar con el rector de la Universidad de Chile, ya que había 800 rollos botados en el patio. Abdullah se enojó. “Daba una pena terrible ver todas esas piezas botadas, estaban ahí para que llegara cualquiera a llevárselas y eso no puede ser”. Hablaron con el rector para que les dieran en comodato las piezas que estaban rescatando. “Yo me sentía feliz por ese logro que estábamos haciendo”. Durante 30 años guardó esos viejos rollos, que contenían noticiarios, películas comerciales y documentales. 

A Abdullah lo conoció en los años ’60, donde según Caiozzi, nadie trabajaba en la producción de los servicios para el cine y era el único que contaba con material para arrendar. “Su disposición para el cine chileno ha sido fundamental. No sólo en la producción, sino que también en la conservación”, dice. Nadie se preocupaba del patrimonio fílmico del país, hasta que Abdullah vio esa necesidad. 

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Para Caiozzi es ése uno de sus principales aportes. En especial lo realizado con la Fundación, que funciona como un archivo inspirado en la Biblioteca Nacional. Gracias a esto, hoy cada vez que se rueda una película, una copia debe quedar en la Fundación Chilena de Imágenes en Movimiento. “La gente no entendía la importancia de conservar este patrimonio. El cine nos habla de nuestro pasado y Abdullah nos ha ayudado a entender esta realidad. Si no fuera por el cine, todo sería una imaginería, algo lejano. A Abdullah todo el mundo lo respeta, y me parece que las nuevas generaciones lo deberían conocer más”, dice Caiozzi.

En Providencia, entre las bóvedas donde guarda gran parte del patrimonio fílmico de Chile, Abdullah se confiesa. La creación del Primer Museo de Cine Chileno lo tiene inquieto. Tiene 750 piezas, pero necesita un socio que entienda el verdadero valor del proyecto. Hasta el minuto todo lo ha financiado él. “De qué sirve irse a la tumba con plata. Necesito hacer esto antes de morir”, sentencia mientras piensa en algún lugar de Farellones como el sitio indicado para mantener y prolongar la vida útil de las películas, que necesitan 12º para romper el paso del tiempo.