Bajo la fina y simple dirección de Stephen Frears se presenta Philomena, uno de los fenómenos silenciosos en la próxima entrega de los Premios Oscar. Protagonizada por Judi Dench y Steve Coogan, aquí el director de Alta fidelidad y La reina toma la historia del libro The Lost Child of Philomena Lee, basado en hechos reales —como la mayoría de las nominadas este año— para contar la pequeña/gran aventura de Philomena, una mujer mayor irlandesa que no puede olvidar un hecho que torció para siempre su vida: mientras era una adolescente, quedó embarazada y luego su pequeño niño es entregado a las monjas del convento de Roscrea, las que luego lo venden a unos millonarios estadounidenses.

La práctica, habitual en la década del cincuenta, hoy parece impresentable. Y Philomena, ya con más de 70 años, decide alzar, contenidamente, la voz para buscar al chiquillo que le arrebataron y del cual sólo tiene una foto. Dench, nominada a mejor actriz por este papel —ya recibió el Oscar por Shakespeare in love-— nos deja, a sus 79 años y aquejada de una enfermedad que le quita la visión, un personaje entrañable.

Apenas leyó el libro El niño perdido de Philomena Lee, Steve Coogan vio una historia digna de contar e inmediatamente decidió comprar los derechos de la obra para adaptarla al cine. Y no se equivocó.

Judi Dench —Philomena— y compañía, emocionan en buena ley. La cinta tiene merecidas sus cuatro nominaciones al Oscar como Mejor Película, Actriz Principal (Dench), Guión Adaptado y Banda Sonora Original.

A Philomena no le interesa denunciar a la Iglesia Católica. No quiere perder su dignidad ingenua. Y aunque la mayor parte del metraje mantiene al espectador con el alma apretada, igual logra sacar muecas de sonrisa junto a su acompañante en esta aventura por recuperar la verdad, el periodista Martin Sixsmith (Steve Coogan), quien es su opuesto complementario: ateo, peleador, intelectual y bien poco “dulce”.

Sin caer en ninguno de los clichés a los que obligaría esta historia, Frears se despacha una película que logra amortiguar un golpe duro, sin transformar el drama en anécdota. Un hijo robado por monjas no es ningún chiste. Y buscarlo sin suerte 50 años, menos.

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