Lleva 40 años tras las cámaras y se niega a las biografías, porque dice que su vida está contenida en sus películas. Pedro Almodóvar –quien cumple 69 años, en septiembre— está inmerso en el rodaje de Dolor y gloria, quizá su filme más autobiográfico. Se trata de una especie de 8 ½ personal sobre un director en el ocaso de su carrera que se reencuentra con personajes de su pasado y, también, de “la creación y la dificultad de separar la creación de la propia vida”.

Antonio Banderas —que ya actuó con él en otras ocasiones, la más reciente como el médico psicópata de La piel que habito (2011)— interpreta a su alter ego. El elenco se completa con Asier Etxeandía —nominado a un Goya por La novia, 2015—, en otro rol protagónico, y Penélope Cruz —“chica Almodóvar” de primer orden, junto con Carmen Maura y Victoria Abril—, Julieta Serrano —colaboradora veterana—, y el argentino Leonardo Sbaraglia, en papeles secundarios.

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Esta es la cinta número 21 del atrevido, inquieto y rebelde realizador —el más internacional de España, después de Luis Buñuel—, que narra como nadie las historias femeninas, desde que, en 1978, filmó su primer largometraje Folle folle fólleme Tim!, un melodrama que protagonizaba Carmen Maura.

Hijo de un arriero que transportaba el vino que producía su abuelo, y de una dueña de casa “creativa y descomunal”, que le serviría de inspiración para sus personajes femeninos, Almodóvar nació en Calzada de Calatrava (Castilla la Mancha), bajo el franquismo. De niño coleccionaba figuritas con estrellas de cine que venían en los envoltorios de los chocolates y, poco después, veía una película tras otra, en una sala que quedaba en la misma cuadra de su colegio.

A los 17 años se mudó a Madrid, donde vendió artículos usados en el mercadillo El Rastro y trabajó en Telefónica. Sin estudios formales de cine, compró una cámara Super 8 con la que, antes de rodar su primer largo, hizo cortometrajes que mostraba en fiestas de amigos, con títulos tan elocuentes como La caída de Sodoma y Sexo va, sexo viene. Tras la dictadura de Franco, y gracias al destape de las ideas, las artes y el cuerpo que trajo consigo la “movida madrileña” , Almodóvar —quien se subía a los escenarios a interpretar canciones como Gran ganga o Quiero ser mamá con su amigo Fabio McNamara— inauguró los ’80 con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, una disparatada comedia sobre tres chicas alocadas y sus aventuras sexuales, que se convertiría en un símbolo de la época.

Le siguieron Laberinto de pasiones (1982), Entre tinieblas (1983), Qué he hecho yo para merecer esto (1984), Matador (1986), La ley del deseo (1987), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) y Átame (1989). Títulos que definieron una estética propia: colorida y con gusto por lo grotesco, y una narrativa en que se entrelazaban el humor, el drama y el suspenso. La música también sería un sello distintivo de Almodóvar: inolvidable es, por ejemplo, la escena final de Átame, en que Banderas, Victoria Abril y Loles León cantan Resistiré, del Dúo Dinámico. Otro tanto puede decirse de las canciones de Luz Casal en Tacones lejanos y, por supuesto, de las bandas sonoras de Alberto Iglesias.

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Influenciado por Alfred Hitchcock, Billy Wilder y Buñuel, el director manchego aborda recurrentemente temas como el amor, el sexo, la maternidad, la soledad, el poder y la muerte. Este último, un asunto que le espanta, al igual que el paso del tiempo. “Trato de aceptarlos, pero me cuesta muchísimo trabajo… Lucho por ello, incluso con mis películas. Cuando hice Matador, una fábula sobre unos asesinos, estaba hablando sobre la muerte”, admitió en una entrevista.

Hace un par de años, cuando presentó Julieta —un filme sobre las pérdidas y el silencio— en el Festival de Cannes, dijo: “Mi mayor pérdida ha sido la juventud… Tengo mucho miedo al deterioro físico, que ya empiezo a conocerlo. Le tengo mucho miedo a la incapacidad”. Entonces había salido de una operación a la columna, reconocía que andaba muy solitario y comenzaba a reflexionar sobre su legado cinematográfico.

Ganador de dos premios Oscar, a Mejor película extranjera y Mejor guión por Todo sobre mi madre (1999) y Hable con ella (2002), respectivamente, Almodóvar consiguió su primera nominación a la Academia, a fines de los ’80, con la comedia Mujeres al borde de un ataque de nervios. En ella Carmen Maura encarna a una actriz de la TV que trata de averiguar por qué la dejó su amante. Si bien, la película trajo la internacionalización del cineasta —que siempre ha sido mejor comprendido en el exterior que en España—, significó un corte con Maura, que resintió el trato que él le brindó en el rodaje. La actriz recién aceptó ponerse nuevamente bajo sus órdenes en 2006, como la madre muerta que se aparece a sus hijas en Volver.

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“Yo quiero ser una chica Almodóvar / como la Maura, como Victoria Abril, / un poco lista, un poquitín boba, / ir con Madonna en una limousine”, cantaba Joaquín Sabina, en 1992, inmortalizando el fenómeno almodovariano. Por entonces, Marisa Paredes, Cecilia Roth, Rossy de Palma y Chus Lampeavre ya eran “chicas Almodóvar”. Más tarde se sumarían, entre otras, Leonor Watling, Rosario Flores, Antonia San Juan, Lola Dueñas, Blanca Portilla, Emma Suárez, Adriana Ugarte. Y lo habría sido Meryl Streep, si Almodóvar se hubiera decidido a hacer Julieta en inglés.

“Chicos Almodóvar” también hay: además de Banderas, Eusebio Poncela, Imanol Arias, Miguel Bosé —un policía que es travesti de noche en Tacones lejanos—, Javier Bardem, Javier Cámara, Darío Grandinetti y Gael García Bernal.

Según los críticos y el propio director, desde La flor de mi secreto (1995) —película sobre una exitosa escritora de novela rosa (Marisa Paredes) que, en realidad, es infeliz—, Almodóvar se ha vuelto menos chillón en los colores y más oscuro en sus historias. Una “madurez” que, como él ha explicado, tiene que ver con la edad. “Estoy hambriento de futuro y de que sea lo más largo y longevo posible. No miro atrás”, decía hace poco. Pero lo hará… con Dolor y gloria. Al menos, en la pantalla.