Luego de ganar el Oscar a la mejor película extranjera, muchos dijeron que La grande bellezza era La dolce vita de Fellini cincuenta años después.

La idea puede inquietar a fanáticos, pero lo cierto es que luego de terminar sus 142 minutos, la última película del director Paolo Sorrentino no deja almas quietas. Unos la odian derechamente y se pueden parar de la función mientras otro grupo tiene que verla tres veces para entender todas sus capas. Y cuando la provocación llega a esos extremos, no queda más opción que subirse a la montaña rusa.

El paseo que Sorrentino propone por una imponente y decadente Roma llena de fiestas más parecidas a las bacanales del antiguo imperio están soberbiamente mostradas. El guía del viaje es un hombre que acaba de cumplir 65 años. Escritor de un gran libro en su juventud, pero que nunca pudo igualar, Bep Gambardella —un notable Toni Servillo—, quien ahora se dedica a redactar artículos en un diario y a ir de fiesta en fiesta con una actitud tan nihilista como cínica.

Su viaje por la capital italiana desnuda el trance por el que pasa el protagonista y quizá gran parte de Europa: el descubrimiento aterrador del sin sentido vital. El final de la ruta de la glorificación del pasado idealizado. La búsqueda a ciegas de esa gran belleza perdida en alguna parte.

Gambardella va a los tumbos, pierde amigos, amores y esperanza exactamente cuando se da cuenta de que no tiene más tiempo que regalar.

Desesperanza estética fina, La grande bellezza es capaz de pasearnos por la dramática ridiculez de la consulta de un gurú del botox a la decadencia de la religión a través de una santa viva y sin dientes que no da entrevistas, a la opulencia de una fiesta electrónica donde todos fingen y nadie quiere a nadie: “El vórtice de la mundanidad”, como dicen las líneas de Gambardella.

Rica en su lenguaje narrativo y visual, la crítica europea ya la puso en las estanterías de las cintas de culto. En el siglo que corre ya se ganó un espacio. El retrato de un hombre que parece ciudad, país y continente lo merece.

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