La escena es muy “ruiziana”. Un grupo de generales y sus esposas —más algunos críticos condescendientes— en una función cerrada de la aún no estrenada Palomita Blanca. Era un intento vano y desesperado porque la cinta de Raúl Ruiz tuviera una vida normal. Eran los días posteriores al Golpe y Sergio Trabucco, a nombre del equipo técnico, iba dispuesto a escuchar sugerencias para posibles modificaciones con el fin de que la película —de la que él era productor— pudiera estrenarse. A las esposas de los generales no les gustó nada lo que vieron. Muchos garabatos, comentaron. Trabucco supo que era poco lo que se podía hacer, que la única opción, a la mano, era huir.

Lo que vio el grupo fue una primera versión —no terminada— de la película de Raúl Ruiz. “Era uno de los copiones, no el original, lleno de rayas, cortes, sin corrección de color ni posproducción”, cuenta el propio Trabucco. Si terminado el rodaje todo hubiera seguido el curso normal, Palomita Blanca se hubiera estrenado a mediados de 1974. El Golpe dijo otra cosa. Nadie entonces pudo imaginar lo que habría de ocurrir con la cinta: que permanecería oculta largos años y que luego de un estreno con fallas de sonido, regresaría un cuarto de siglo después, digitalizada y remasterizada bajo el aura de una obra de arte. 

Sergio Caiozzi, director de fotografía de Palomita Blanca

Sergio Caiozzi, director de fotografía de Palomita Blanca

La película se hizo en una época en que el cine chileno vivía un momento especial. “Había realizadores importantes como el propio Ruiz, Helvio Soto, Aldo Francia. La creación de Chile Films, en 1966, había sido clave. El Golpe no solo interrumpió el proceso de Palomita Blanca. También castró un arte nacional que estaba en pleno desarrollo”, recuerda Silvio Caiozzi, director de fotografía del filme.

Lo que pocos saben es que se trató de una película por encargo. Había sido tal el éxito de la novela de Enrique Lafourcade, que un grupo de inversionistas —encabezados por Hugo Ortega y León Tchimino— le pidió a Ruiz que hiciera una adaptación cinematográfica. “Querían una especie de Love Story”, cuenta Trabucco.

Hubo un casting masivo que duró varios días. Todos querían participar en la película. “Buscábamos personas que fotografiaran bien y que, además, tuvieran la capacidad de improvisar”, dice Trabucco. Claro, porque Ruiz trabajaba sin guión, a lo sumo una escaleta con las descripciones de las escenas. A medida que rodaban él iba urdiendo. No había guión, pero sí recursos, al punto que para Caiozzi Palomita Blanca fue su primera superproducción. “El cine chileno se hacía desde la carencia. Por ejemplo, no podíamos hacer un plano general porque teníamos solo dos foquitos. Pero ahora pedía veinte reflectores y ahí estaban”, explica.

El genio de Ruiz no solo fue capaz de documentar el Chile de la Unidad Popular, también se adelantó un par de meses al Golpe. En una de las escenas, uno de los personajes anticipa el enfrentamiento en La Moneda y vaticina la derrota de los obreros. “Lo que hace Raúl en esa escena es ironizar sobre un rumor que era muy fuerte entonces. Ironiza y visiona el futuro, porque adelantarse a cómo iba a ser el Golpe es ironía pura. Ahora, esas conversaciones existían. Chile era un país en el que se hablaba mucho. Y esos diálogos a veces alcanzaban niveles muy surrealistas”, cuenta Caiozzi.

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Consumado el Golpe, Ruiz se fue de Chile; a Trabucco lo metieron preso y lo torturaron antes de partir al exilio, y Caiozzi permaneció en el país oyendo todo tipo de hipótesis sobre qué había ocurrido con la película: desde que la habían sacado del país hasta que los militares, en el intento de recompaginar la cinta, habían cortado los negativos. “Eso era el terror. Con eso mataban la película”, recuerda el director de Y de pronto el amanecer, filme que se estrena en abril del próximo año en Chile y que acaba de ganar uno de los reconocimientos más preciados de la industria, el primer premio del Festival de Montreal.

Lo cierto era que Trabucco había escondido los originales en Chile Films. Ahí estuvieron hasta que él regresó del exilio, a fines de los ochenta y pudo hacerse de nuevo con los negativos. Poco después, en el primer año del regreso de la democracia, Ruiz viajó a Chile desde París. “Nos juntamos y luego de revisar la película me insinuó que faltaba un rollo. Comenzamos a editar en video, para que luego yo cortara en la copia. Después de dos días me dijo: ‘¿Sabes qué? Las películas son lo que son. Esta es mi película y yo no la voy a tocar. Dejémosla así’”, cuenta Trabucco.

Casi a la par, María Elena Wood y Francisco López decidieron comprar la cinta a los antiguos dueños, que estaban pasando por un mal momento económico. La intención era poder exhibir en salas esa película que había estado desaparecida por casi veinte años.

Finalmente, en 1992, se estrenaba en el Festival de Cine de Viña del Mar. No fue el mejor de los debut. “Era una versión dispareja de colores, no se entendía lo que decían los actores. Fue una copia hecha a la rápida. Tenía defectos monumentales”, sostiene Caiozzi. 

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Pero había que hacerle justicia a Ruiz. En 2016, la Cineteca Nacional —en medio de la celebración de sus diez años de vida— dispuso la restauración de Palomita Blanca. El propio Caiozzi trabajó en la digitalización de los negativos originales y, como nunca antes le ocurrió en su vida, pudo terminar su trabajo 44 años después de haberlo iniciado, corrigiendo el color y las tonalidades de toda la película. 

La exhibición de Palomita Blanca ha sorprendido a los críticos tanto por su factura como por su actualidad, algo que para Trabucco es un acierto y un drama: “Acierto por el manejo de Ruiz. Pero es dramático advertir que en todo este tiempo que ha pasado, el país ha caminado en círculos. Seguimos siendo los mismos, los problemas no han cambiado”.

Como fuere, Palomita Blanca ha concluido ese viaje improbable. Como dice el mismo Caiozzi, la obra de Ruiz no solo sobrevivió a un camino azaroso, también alcanzó una categoría que no cualquier película puede conquistar: la de inmortal.