Muchas se preguntarán qué embutido comestible sale de la cabeza de Christopher Nolan cuando decide rodar la película más ambiciosa de su carrera y a la vez vestirse con los trajes de referentes como Kubrick o Spielberg y de cintas como Contacto, 2001, odisea del espacio, Encuentros cercanos del tercer tipo, Gravedad o El árbol de la vida. ¿Mucho? Juzgue usted. El resultado es sabroso pero para paladares demasiado trabajados. Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Matt Damon y Michael Caine aceptaron la apuesta, que incluye viajes intergalácticos, apocalipsis, drama, Sci-fi y espiritualidad todo en uno.



Que lo anterior calzara en los 169 minutos que dura la película fue la primera odisea que tuvo que sortear el equipo. Protagonizada por McConaughey (Cooper), un astronauta de la NASA retirado y convertido en granjero, Interstellar nos presenta el apocalipsis en forma de irremediable hambruna global. En eso estamos cuando Cooper, que es viudo y tiene dos hijos, se ve involucrado en una misión liderada por el profesor Brand (Caine) que intenta traspasar un agujero negro y buscar un nuevo hogar para la humanidad sentenciada.

“Qué somos, de dónde venimos y todas esas preguntas fundamentales. Yo crecí en el momento de los grandes títulos de la ciencia ficción que abordaban esas grandes cuestiones. Pero para mí es también una aproximación a lo que representa ser padre”, explica el mismo Nolan que es la motivación principal de Interstellar, una cinta jugada y por lejos la más arriesgada en una cinematografía que cuenta con joyas como Memento, Insomnia, El gran truco, la trilogía de Batman, el caballero de la noche y El origen.

Una hora que se transforma en siete años terrestres —en esa lógica de física cuántica, si la ve, habrá estado en la butaca casi 21 años—. Dimensiones desconocidas, espiritualidad new age, guiños a Einstein y la relatividad del tiempo, todo cubierto por la promesa de un padre de volver a casa para ver a su hija conforman la monumental construcción de Nolan, un intento digno por superar a su maestro, Stanley Kubrick, con una billetera llena, tecnología de punta y un talento indiscutible, que lo tendrá entre los nominados al Oscar en más de una categoría.

Esplendor sensorial digno de la mejor pantalla a la que tenga acceso, la música de Hans Zimmer lleva a otra categoría a una, para bien o mal, tremenda película que deja también una gran pregunta: ¿Clásico instantáneo para este siglo o pastiche fino? Sólo los años darán la respuesta. 

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