Le hice el quite. Reconozco: Taaaaaaaanto elemento fantástico y muertos vivos o vivos no tan vivos no me seducen. Pero no podía pasar de largo con The OA después que fuera promocionada como la sucesora de la entrañable Stranger Things; porque gracias a ese marketing se convirtió en una serie muy esperada este fin de año.

No sé si fue la mejor idea (la comparación, digo). No parece que los seguidores de aquellos adorables niños ochenteros puedan ser los mismos que se interesen por una serie que lleva el género fantástico a extremos que raya en el abuso… ¿o corren los márgenes más allá de lo que nadie se había atrevido a hacer?

Porque hay intriga, seres mágicos, thriller, drama sicológico, temas extrasensoriales, misterio, experimentos biológico-psiquiátricos, vida después de la vida…

El comienzo es promisorio y nos anuncia el interesante estilo audiovisual con que se verá la serie: unas escenas movedizas y que ocupan la franja del medio de la pantalla nos muestran el tráfico en un puente de una ciudad; de pronto, entra a foco una chica que se para en el borde y se lanza al río. La cámara es la de un celular de un niño que va en un auto y naturalmente terminará en breve en YouTube con millones de visitas.

La chica en cuestión aparece en el hospital despertando de un coma, asustada y perdida, pero en perfectas condiciones, salvo unas terribles cicatrices en su espalda que nunca muestran. “Soy el OA”, responde a la enfermera después de mucho rato.

Para el mundo, ella es Prairie Johnson (Brit Marling), desaparecida hace 7 años el día que cumplió 21. Sus padres, Abel y Nancy, llegan a buscarla. No los reconoce hasta que toca el rostro de Nancy. Es que Prairie, cuando dejó la casa, era ciega. Y ahora no.

De regreso a su hogar en Michigan, en esos barrios en que tras la crisis quedaron casas a medio construir, todo lo que hace o deja de hacer Prairie es desconcertante. Por recomendación médica, no tiene acceso a internet ni a celulares, que es exactamente lo que ella necesita con desesperación. Ello la lleva a hacer un curioso trato con un desagradable adolescente vecino, el matón de la escuela, Steve, que involucra a la profesora jefa, una mujer obesa, algo agria, cuyo punto vulnerable muy pronto ve Prairie. Es que la joven tiene ciertos “poderes”.

En el largo primer capítulo Prairie comienza un gran racconto sobre su vida que relata cada noche a cinco personas, previamente concertadas, en una de las casas abandonadas del barrio.

Como muchos subproductos cruzados, ya el subgénero de la persona desaparecida y reaparecida súbitamente se empieza a a hacer recurrente. Es, al fin de cuentas, una muy buena manera de volver a hablar de lo de siempre: la familia, en cualquiera de sus formas y no-formas.

Pero a donde apuntan los realizadores de la nueva serie de Netflix es algo que está mucho más de moda en las producciones audiovisuales: el regreso después de la muerte.

Eso sí, aquí no hay zombies, ni vampiros.

Audaz es lo menos que se puede decir sobre esta incursión. Desafía la mínima verosimilitud que debe tener una historia fantástica, esa que logra impedir que el espectador se despegue emocionalmente y abandone molesto en plan “me están tomando el pelo”.

Y eso aquí puede suceder en el riesgoso capítulo 4, donde se le pide al espectador una fe de carbonero.

Pero hay algo en ese relato al estilo Sherezade -esa suerte de fogata nocturna que arma la protagonista en una casa a medio construir- que seduce, atrapa y mantiene la curiosidad del más desconfiado.

¡Son tantas las madejas que hay que descifrar!

También hay que reconocer que los personajes que se van sumando son extraordinariamente atractivos: cada quien va abriendo su propia trama, llena de intersticios y complejidades. Imperceptiblemente uno se va estremeciendo con dolores, pérdidas, violencia y la maldad.

Porque entre tanta prestidigitación con la que parecen jugar los guionistas, hay espacio para que surja, muy pronto, un temible antagonista, una suerte de Dr Mengele.

Es cierto que la cantidad de subtramas que, como muñecas rusas, no dejan de aflorar hacen ver a The OA como un inmenso patchwork recargado. Pero aún así, es una serie indefectiblemente seductora.

En Netflix.
Primera temporada.

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