Mudo. Pasaron un buen par de minutos sin que salieran palabras del director Nicolás López (32) frente a las mesas del restorán de Nueva Costanera donde teníamos cita. Allí estábamos rodeados de mujeres que hablaban sin parar. Era otro hombre al de un par de días atrás, cuando lideraba la conversación en voz alta durante la sesión de fotos con sus ‘musas’ de Sin filtro y una nueva inspiración: la top Carolina Ruiz, con quien estrena el 15 de marzo CARAS TV en el sitio web de esta revista (www.caras.cl).

De la mano de la espigada modelo espera extender ese alto ritmo de producción de 2015. Su nombre figuró en los créditos de varios títulos, desde la local Fuerzas Especiales 2 al hollywoodense estreno de Knock Knock (con Keanu Reeves en Santiago y Eli Roth tras cámara). Temporada en que reafirmaba su idea de Chilewood.

Pero Sin filtro, su película con Paz Bascuñán, marca una nueva etapa para el realizador. La comedia no sólo es la sensación del verano, también se anota un espacio en el cine chileno por su récord de más de un millón de espectadores (sólo superado por Stefan vs. Kramer). Desde enero habla con taquilla en mano. Sólo se queda en silencio cuando voces femeninas suenan a su alrededor y él las escucha atento. Esos murmullos lo llevaron al mayor éxito de su carrera. Muchas de ellas ocupan las butacas para ver a una heroína capitalina mandando todo al carajo en pantalla gigante.

Aunque muchos dan crédito a esta vocación audiovisual a su padre publicista Fernando López, es su mamá Carolina Fernández quien lo lanzó a historias sentimentales —la trilogía Qué pena (tu vida, tu boda, tu famila)— y al misterio de lo que quieren las mujeres.

El reafirma la famosa teoría: todo parte por la madre. En su caso, ella le abre la puerta a su futuro después de una pataleta escolar, en que recibió algo distinto a un castigo predecible.

—¿Qué pasó al volver a la casa?

—Después de hacerle un escándalo frente a mis compañeros me dijo: Te quiero demasiado y si tienes un problema voy a estar ahí, porque soy tu mamá. Y ahí me pasa un libro gigante de tapa dura. Era Woody Allen en imágenes y palabras, que recoge frases de este director y tenía todo un capítulo que era sobre su madre. Lo abro y está escrito: “Espero que descubras a este extraño personaje. Te amo, la mamá”. A partir de ahí empecé a ver sus películas con ella. Muchas cosas me quedaban pegadas: cómo funcionaba la interacción hombre-mujer, la visión del amor. Finalmente, soy un romántico.

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—¿Cómo miras hoy a las mujeres? En las cintas Qué Pena partes a ‘disectarlas’ con un protagonista hombre y ahora, de lleno, lanzas una chick flick en Sin Filtro.

—Siempre me han fascinado. Y el libro fue mi puerta de entrada. Fue la droga que hizo que me cuestionara y quisiera entender las relaciones entre hombres y mujeres. Estar conectado como con la feminidad y en cómo, de alguna forma, acercarme a ellas sin ser el amigo gay.

—¿Qué te dicen tus amigas y las actrices sobre cómo las muestras en pantalla?

—A las mujeres en general les converso de igual a igual. Hay hombres que se ponen un filtro cuando tienen que hablar con el genéro femenino. Claramente, en mi caso, digo una cantidad de imbecilidades y pachotadas a las que no están acostumbradas a escuchar. Pero inmediatamente enganchan porque lo hago con su misma sinceridad. Si las escuchas, es como estar en la cárcel: Oye, culiá, ¿y cómo está?, Hueona, cachai que este hueón…. Un tipo de expresión que cruza clases sociales. Pasa cuando se quitan las caretas, cuando escriben en un grupo de WhatsApp. Y así es como me gusta que sean las cosas. De verdad.

—¿Cómo es tu convocatoria de actrices? Varias regresan a tus películas.

—Lucy Cominetti me parece una de las mejores actrices que hay en este país. Además, tiene una belleza impactante: parece estrella inglesa y fotografía increíble. A eso se suma una ductibilidad para la comedia y el drama. Con Ignacia Allamand somos súper amigos, muy cercanos y siempre nos reímos de cómo ‘cae parada’. Ejemplo de eso es cuando elegíamos a quién iba a interpretar a la mujer de Keanu Reeves en Knock Knock… Fue casi al unísono: ¡La Ignacia! Me entusiasma demasiado la posibilidad de transformar la realidad y de jugar siempre a que la idea más inesperada siempre gana.

—¿Y cómo llega Antonia Zegers a Sin Filtro?

—No la conocía mucho. Es muy amiga de Paz Bascuñán, quien tiene mucha sintonía conmigo. Y, claro, pensarías que Antonia tiene que ver más con ese imaginario de ‘alto arte’. Pienso que esa percepción es únicamente porque nadie le había dado la oportunidad de hacer un papel con comedia. Y cuando discutíamos a su personaje (pendenciera, garabatera, en 4×4 y con cartera cara) y pregunto: ¿A quién no llamarías para hacer este papel? ¡La Antonia! La idea más ‘imbécil’ siempre gana. Con Alison Mandel y la Carola Paulsen trabajamos en la serie Transantiaguinos (2008), me han parecido muy divertidas y buenísimas. Sentía que tenía una deuda con ellas porque antes sólo les había dado papeles chicos en las Qué pena.

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Este grupo de actrices llegó a la pantalla después de que López terminara una corta e intensa relación amorosa y lanzara cintas que no lo tenían de director, sino que en producción y guión. “Me vino una angustia cuando me di cuenta de que no estaba estrenando nada mío. Me pregunté qué pasó con mi carrera. Cuando le digo esto a mi agente, evaluábamos plazos de dos años para presentar algo en Estados Unidos. Sentía que necesitaba contar una historia ya. Un día desperté y se vino a mi cabeza la idea: qué pasaría si alguien decide mandar a la mierda a todo el mundo (premisa de Sin filtro). Llamé a mi coguionista y le dije: Vente y enciérrate un mes conmigo para esto. No dejes que me meta en el Instagram de mi ex, ni en su Facebook o Twitter. Estoy como adicto. Necesito escribir una película.

—¿Y el impulso de hacer una cinta tan femenina y que atrae a tantas chicas al cine, es como aquella comedia con Mel Gibson?

Lo que ellas quieren. Sí, claro. Tiene que ver con que el diálogo con la mujer siempre me ha sido extremadamente fluido. Obviamente he tenido que lidiar con que soy caliente y todo lo que significa el horror de ser hombre. Una cosa que es bien espantosa…

—¿Amante de las mujeres?

—Siempre, pero en el mejor de los sentidos. Estás con una mujer y cada cosa es un acontecimiento cuando conversas con ellas. Lo disectan todo. Te ofrecen una escala de grises cuando le cuentas algo. El hombre tiene blanco y negro.

—¿Veías películas ‘para mujeres’?

—Siempre, toda mi vida. Me fascinan. Bridget Jones es una obra maestra. También sentía que nadie estaba haciendo películas donde se hablara de la mujer desde una perspectiva distinta a la de ‘objeto de deseo’ o que su problemática no tuviera que ver con ‘él me quiere o no’. Las mujeres son excelentes comunicadoras y sicólogas, por eso están constantemente haciendo ‘un CSI’ de todo lo que pasa alrededor.

El director está al otro lado de la mesa con polera y zapatillas. De los pocos guiños que quedan de esa imagen ‘nerd’ con la que partió en los medios en años escolares (pasó por tres colegios antes de finalizar su educación con exámenes libres en un lugar donde sus compañeros eran deportistas de alto rendimiento). Debutó en Octavo Básico con la popular columna “Memorias de un pingüino” para la Zona de Contacto. Ya quinceañero tomó la cámara de video para añadir imagen a sus historias. Esos días de clases y recreos se materializaron con éxito en Promedio rojo (2004), que tuvo de productor al español Miguel Asensio (marido de Paz Bascuñán), hasta hoy su socio y amigo incondicional.

Pero ‘pasado, pisado’. Ya no es el niño inquieto. Tampoco el veinteañero soberbio que se lanzaba con todo frente a críticas en redes sociales. Sólo la camiseta y el calzado deportivo permanecen. Bueno, también queda el exceso de velocidad en sus palabras. Como director de su productora Sobras lidera una larga lista de proyectos para Chile y otros países (incluyendo sus sociedades con Eli Roth, series para cadenas latinas, la adaptación de Sin filtro para México y una autobiografía “no autorizada”). Con esa cadena de trabajo, además de unos tempranos golpes, Nicolás López se ‘ecualizó’ en un hombre. Un treintañero que sabe de cine y negocios.

Nunca fue el “lolito con auspicio de papá”, asegura. “Soy primera generación de familia new rich”. El mismo señala que el comentario sobre un origen privilegiado es uno de los “grandes mitos” que le adjudican. Lo que sí aprendió en casa fueron las lecciones de su padre publicista en la gestión de las ideas audiovisuales: “Siento que soy un artesano y, como tal, tengo que tratar de que cada vez quede mejor lo que hago. Después debo levantar un puesto y seguir con la venta del producto”.

Habla desde la temprana experiencia y su herida más profunda. “Uno entiende que el cine es un amante cruel cuando te lo da todo y, de pronto, te deja de llamar. Después de Promedio rojo hice Santos (2008). Antes de esa película casi todo era puro éxito. Pero vino el estreno y llegó el gran quiebre. Tenía 25 años y esa nueva cinta reinventó el término ‘fracaso’. Creo que si escribes en Google ‘fracaso’ te aparecerá una foto de Santos. Y fue una producción a la que le puse todo el corazón y que, simplemente, no conectó con el público. Ni siquiera le fue mal, surgió algo peor: no existió”.

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El efecto dominó llegó y vino la crisis: se cayeron proyectos en Estados Unidos, le ordenaron congelar el guión que escribía para Salma Hayek, despidió a toda la gente de su productora. Con lo mínimo se fue a buscar el sueño de California y se mudó a vivir en el garaje de un amigo en Los Angeles. Nadie le respondía el teléfono y su agente no le daba cita. Adiós al ‘pingüino revelación’.

El regreso vino de la mano del director Eli Roth (Hostel). “Yo lo busco”, relata. Le escribió un mail y el actor de Bastardos sin gloria fue el único de sus contactos hollywoodenses que le respondió. No sólo eso, lo invita a su cumpleaños y allí se encuentra celebrando en medio de la crème de la industria. “En ese momento pensé: Yo pertenezco acá. No sé cómo, pero tengo que estar aquí”. Volvió a Santiago en 2009.

—¿Quién fue tu amigo en esa etapa?

—Mi socio Miguel. El ha sido siempre como mi hermano mayor. Nos preguntamos ¿cómo damos vuelta esto?

—¿Desapareció gente?

—No, surgió otro mundo. Un circuito que se movía por el bar Constitución, donde tocaba una nueva camada de cantantes. Llegaban artistas y gente que estaba con ganas de hacer cosas. Me encontré en un Chile que estaba pegándose un cambio. Todo pasó cuando entró fuerte Facebook y se dio otra forma de relacionarnos. Ahí vi algo. Entonces, soltero, triste, quebrado y en celo le conté mi historia a una amiga y ella me contesta irónica: Oye, qué pena tu vida: tu película no funcionó ni tu producción europea. Ay, tuviste que vivir en Los Angeles en un garaje. Terrible… ¡Eres un imbécil! Tenía razón y debía escribir sobre esto y esta generación de gente sumamente egocéntrica y ensimismada. De este paso a la adultez. De esa etapa de adolescencia eterna nacieron las Qué pena (2010) y fueron como un milagro. A partir de la primera sentí aquello de ¡Volví!

—¿Y un cambio?

—Ser obrero. Nunca más creerme el cuento ni supeditar mi felicidad al éxito o fracaso.

—En las Qué Pena y en Sin Filtro hay un Chile sin gente pobre, un Santiago de profesionales, una ciudad linda. Y te conectas con el público. ¿Por qué?

—Uno nunca puede saber qué es lo que funciona o no. Solamente cumplo con contar las cosas que a mí me interesan. ¿Y qué pasa? Más allá de relatar una situación chilena, pasas a temas profundamente universales. Vi el remake mexicano de Qué pena tu vida, y no le cambiaron ni una coma al guión. O sea, todos tenemos un imaginario audiovisual creado. En Chile hay que pedir perdón por querer hacer mi tipo de cine, ese que conecta con el espectador. Es un mundo al revés.

—Pero tu ciudad es chilena.

—Santiago me fascina. Es una ciudad increíble. La muestro desde donde la conozco, un camino donde muchos otros se equivocan. No puedo realizar un drama sobre el tráfico de drogas en La Legua, porque no manejo ese mundo. Seguramente alguien lo puede hacer y le quedará increíble. Relato los escenarios que sé y dentro de ellos hay temas universales. Chile es un lugar bonito, de hecho la razón por la que mi idea de promover la idea de Chilewood nació de Qué pena tu vida. Eli Roth la vio y dijo que quería conocer este lugar donde estaba todo pasando. Quizá no sea así, pero lo es para un grupo de personas que viven en un determinado sector y que se relacionan. Todo depende de dónde pones la cámara.

—¿De qué grupo de realizadores locales te sientes parte?

—Del grupo que creamos. Sobras es como una isla.

—¿Te sientes una isla dentro del cine chileno?

—Sí, somos rarísimos. Hacemos Knock Knock, un thriller con Keanu Reeves. También Green Inferno, una película de caníbales, y The Stranger sobre vampiros….

—¿No sigues a los chilenos?

—Veo todo el cine nacional, desde la película más chica rara e indie.

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—¿Pero no te sientes parte del círculo?

—(Pausa) No. Sí ayudo. No tengo mala onda con nadie en particular. Cuando alguien hace cosas y le va increíble me parece maravilloso. Antes tenía una visión más ‘de bando’: nosotros hacemos esto y toda la gente hace lo otro. Pablo Larraín me mandó ahora un mail con su hermano Juan de Dios desde Francia y me cuentan que tenían muchas ganas de ver Sin filtro y hablar de por qué había funcionado tanto… Y obvio, ¡feliz! En Sobras tenemos una política de puertas abiertas, siempre vamos a recibir a las personas con ideas.

—¿Chilewood viene con algo nuevo?

—Sí. Estamos armando un proyecto muy grande de una serie que se llama Purgatorio. Quiero agarrar a todos los monstruos del imaginario latino. Ahora voy a Los Angeles a venderlo, pero es un proyecto de mucho desarrollo y con plazo de producción de dos años. Lo de CARAS TV tiene que ver con esta apertura a temas y propuestas. Y Carola Ruiz es perfecta: tiene un sentido del humor muy peculiar y no es una niña; es una mujer que tiene bagaje, situada en otra perspectiva.

—¿Cómo entra la mirada de Nicolás López al mundo couché con CARAS TV?

—Lo entretenido será jugar a meterse con historias: ‘La otra cara de CARAS’. Me parece interesante tener internet como plataforma para estos relatos, donde no se rinde pleitesía al exhibidor. Hay independencia absoluta y se tocan otro tipo de temas y personajes. Verán ‘CARAS couché’, ‘CARAS digitales’ y ‘CARAS del futuro’. No hay nada que me emocione más que descubrir nuevos talentos.

—¿Cómo juega en esto Carola Ruiz?

—Tiene muchas millas. Partió adolescente a recorrer el planeta como modelo en un mundo preglobalizado. Ella salió a descubrirlo. Viajó a Corea, Milán, Sudáfrica. Y vivir así es bien extremo, lo que demuestra que es una mujer más rockera. En una nota para CARAS TV con tatuadores ella se prestó para un diseño. No tiene miedo. Por su tiempo afuera llega muy desprejuiciada. CARAS tiene una postura más femenina y con el programa se abrirá una mirada súper interesante.