Los Angeles. Agosto 2017. Nicolás López está obsesionado —un rasgo recurrente en su personalidad— con invitar a Quentin Tarantino a la première de Hazlo como hombre, la película que en México batió récords y alcanzó los 4.5 millones de espectadores y que presentaría en el mismo cine donde, varias décadas antes, Steven Spielberg lanzó Tiburón. López sabía que, al menos, para el director de Kill Bill no era un desconocido; Tarantino ya había celebrado una de sus primeras obras, Promedio rojo (2004), cuando la calificó como “la película más divertida del año” y estuvo en el estreno de Knock Knock (el thriller y éxito de taquilla que protagonizó Keanu Reeves, coescrita por López), pero la respuesta a su invitación nunca llegó.

“Bueno, chao —dijo—, me quedaré con las ganas”. Ese martes no fue uno de sus mejores días: la reunión que tenía al final de la tarde se canceló y, sin nada más que hacer, decidió ir al cine. Ya era tarde, cerca de la medianoche, cuando llegó. El lugar estaba vacío. Sin embargo, a uno de los costados del amplio hall, tomando una cerveza en la barra, estaba Tarantino. Con el corazón en la boca, las manos sudorosas, al borde del ataque de pánico —otro rasgo recurrente del director, como contará en esta entrevista—, López no podía creerlo. Tras dudarlo un rato y armarse al fin de valor, se acercó. —Hola Quentin, soy Nicolás López.  —Hola Nicolás, que haces acá.

Así comenzó una conversación que acarreó también muchas cervezas y que terminó con el varias veces ganador del Oscar, ícono del cine de autor, no yendo a la première como él esperaba pero sentado junto a él varios días después en una butaca con Hazlo como hombre proyectado en la gran pantalla. “Vimos la película un fin de semana con él y su mujer y se cagaron de la risa, se fascinaron. Cuando terminó, me dijeron ¿vamos a comer algo? Y ahí estábamos tomando margaritas. No lo podía creer, imagínate, soy profundamente afortunado. Esto es lo que yo llamo el cambio de la realidad, seguir tus instintos y lograr que las cosas sucedan”, dice ahora el director de Sin filtro (2016) instalado en el café a un par de cuadras de su productora, eufórico con la anécdota que vivió hace menos de un mes mientras pide un cortado y una paila con huevos.

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Conversar con Nicolás López es como enfrentarse al personaje de una película. Con él todo puede ser real o ficción, todo puede ser material para un guión, como lo ha hecho con la decena de filmes que lleva realizados a sus 34 años, todos autobiográficos y ficcionados a la vez, como para despistar un poco. Un mundo que gira en torno a perdedores, neuróticos, nerds, vidas fracasadas, mujeres en crisis, en fin, al mismo López y su universo presentado bajo el prisma de la ironía. “Para mí el humor es el mayor sinónimo de inteligencia, o sea, alguien que no tiene humor para mí es tonto”, dice mientras ataca su paila con calma y luego retomamos el camino a su planeta personal: Sobras, la productora donde realiza sus películas.

UNIVERSO LÓPEZ

“Para mí éste es mi refugio, una especie de Neverland, la ciudad de los niños perdidos donde sólo trabajo con la gente que me quiere y que me hace feliz”, dice sobre esta casona de estilo neoclásico francés, escaleras de mármol con pasamanos de bronce, piso de parquet. Sus altos muros están tapizados de graffitis, afiches de sus películas, y en el recibidor un llamativo altar kitsch de la Virgen de los Milagros. Aquí López y su equipo se encomiendan cada vez que realizan una nueva producción; ahora el motivo es por Hazlo como hombre, su primera realización para el mercado mexicano, que fue coproducida con Televisa y grabada en Chile con elenco de ese país. A un mes de su estreno el filme logró superar en taquilla a clásicos como Amores Perros  —la ópera prima del hoy famoso director y ganador de innumerables Oscar, Alejandro González Iñarritu—, Y tu mamá también y El crimen del padre, transformándose en la película mexicana más vista del año y en la quinta más vista de la historia. Eso mientras que tras su estreno en EE.UU. se convirtió en la película en español más vista del 2017 con 2,5 millones de dólares en taquilla.

Entre todo, la película ya suma 14 millones de dólares recaudados. En esta misma casona, unos pisos más arriba en un loft decorado como un muestrario de fetiches pop, también vive López. La casa era de la familia materna de Paz Bascuñán Aylwin. La actriz —quien a su vez es protagonista de varias de sus películas— es casada con el español y socio de Sobras, Miguel Asensio. Ambos modernizaron esta casona para albergar en un hemisferio a la productora y en otra a esta serie de lofts. Y fue en este mismo edificio donde además se filmó Sin Filtro, la segunda película chilena más vista en nuestra historia, que fue vendida a 10 países para ser reproducida en versiones locales. En España, por ejemplo, la protagonizará Maribel Verdú y en Estados Unidos nada menos que Eva Longoria.

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Hoy el director se prepara para batir sus propios records con No estoy loca, que se estrenará el 4 de enero de 2018, nuevamente con Paz Bascuñán como protagonista. Al elenco sumó a varias de sus eternas musas, como Fernanda Urrejola, Ignacia Allamand, Antonia Zegers y Gabriela Hernández. Se trata de la historia de una periodista (Bascuñán) que es abandonada por su marido (Marcial Tagle) porque se enamora —y deja embarazada— a su mejor amiga y compañera de trabajo (Urrejola).

Muchas de las escenas fueron en las oficinas de CARAS, que López conoció cuando realizó el proyecto digital CARASTV. “Fue impactante ver este lugar comandado por casi puras mujeres, un universo súper interesante para situar la película y muy poco reflejado en el cine. Y como siempre pirateo la vida, cuando escribí el guión lo hice pensando en filmarlo en CARAS, un lugar donde se habla de cultura, espectáculos, política y moda. Además que el periodismo siempre me ha gustado, yo viví con una periodista durante muchos años y fue la inspiración para la protagonista”.

Detrás de todo este imperio llamado Sobras está Nicolás López, 1.73, varios kilos más delgado gracias a una banda gástrica, cada vez con menos pelo, ojos pequeños y escrutadores, vestido con la misma chaqueta que usó un par de días antes y que de hecho se pone para la producción de fotos. ¿Pero quién es Nicolás López en realidad? Corte. Flashback. Un niño pequeño juega en el jardín infantil a que es director de cine. Todos se ríen de él y le dicen el “director fracasado”, le hacen bullying porque es gordo, tímido y raro. Toda su experiencia escolar la plasma en Promedio Rojo. Luego sigue con Qué pena tu vida (2010), Qué pena tu boda (2011) y Qué pena tu familia (2012). Saltamos unos años más adelante: El preadolescente es el mayor de cuatro hermanos. Su padre es socio de una importante productora local. La familia, en pleno boom de la publicidad, se convierte en aquello que a fines de los ’80 se conoce como nuevos ricos. La madre no trabaja y se dedica por completo a sus hijos. Es sobreprotectora, creativa y dispersa. No duda del talento de Nicolás y alimenta su universo llevándolo al cine, comprándole libros, lápices de colores, revistas.

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A los 10 años, y tras leer Rebel Without a Crew del director mexicano Robert Rodríguez y ver Clerks de Kevin Smith, comenzó a usar la cámara de sus padres para filmar sus primeros cortometrajes. Corte. Fila para comprar el almuerzo. El estudiante de 11 años se une a los otros alumnos que lo miran sorprendidos: por primera vez su madre no le llevará más el termo al colegio y desde ese día comerá en el casino junto a sus amigos. Sus compañeros lo miran incrédulos. Cuando se preparaba para alcanzar una de las bandejas, el inspector toca su hombro para avisarle que su mamá lo espera con el termo. Un “uuuy” se oye a coro. Nicolás va donde su madre. Corte. El preadolescente, rojo de ira, le arroja los fideos con salsa a la cara mientras grita “¡Te dije que no me lo trajeras más!”. Madres horrorizadas, risitas crueles. La imagen en cámara lenta de los tallarines cayendo por la cara de su mamá. En la casa madre e hijo hablaron, se pidieron perdón y cada uno reconoció su error. Entonces ella le hizo un regalo. Era el libro Woody Allen en frases e imágenes. Nicolás se fascinó con los personajes neuróticos, la mentalidad femenina, las relaciones en crisis, con el humor negro del director neoyorquino y quiso ser como él.

AL BORDE DEL ATAQUE

Precisamente sobre su madre trata su décima película y que él define como “una comedia bastante más dura. Mis papás se separaron; el quiebre fue terrible. Eso está en No estoy loca; de hecho la película fue bien complicada para mi familia…”. En el trailer se ve que la relación se termina porque el marido se enamora de la mejor amiga de su mujer y la deja embarazada justo cuando ella se entera de que es infértil… López no da señas de si su historia personal fue realmente así, aunque asegura que el cuento es peor: “Mi papá tuvo un affaire… Ella se desesperó porque estaba muy enamorada. Hasta que él le dijo: Mira, lo que pasa es que no te amo. Y ese ‘no te amo’ fue una cosa brutal”. López estaba en Los Angeles intentando recuperarse del estrepitoso fracaso de Santos (2007), en uno de los peores momentos de su vida y tuvo que volver a Chile a hacerse cargo de su mamá que había sido internada en una clínica. “Fue heavy, pero también mi mamá tiene mucho sentido del humor así que nos reíamos. En la película la protagonista se llama Carola, como ella; de hecho fue al set un montón de veces, hasta le copiamos el look con la Paz”.

—¿En verdad su mamá se volvió loca o está exagerando?

—Sí… Tuvo una depresión brutal, la pobre no paraba de llorar. Para López la salud mental ha sido una preocupación desde siempre. Un tema obsesivo, como lo reflejan sus películas. “De chico he ido a sicólogos, desde los cinco años; comencé a tomar pastillas a los 27 años. De hecho, ayer fui a la consulta después de mucho tiempo…”.

—¿Qué pasó?

—Me vino una ansiedad tremenda, no podía dormir, una sensación extraña, como que no me hallaba…¿Por qué? Si no ha pasado nada malo? Estoy profundamente agradecido, ¿entonces por qué siento como si me hubiera pasado un camión por encima, con taquicardia? Entonces me dijeron: es que uno se cansa de sentir y tú has sentido mucho. Claro, han sido meses intensos. Estrené Hazlo como hombre en México y le fue inmediatamente bien; después en Estados Unidos, preocupado de la première, los invitados, blablá, la prensa. De pronto con Tarantino viendo mí película como en una especie de sueño hecho realidad. Vuelta a Chile a finalizar No estoy loca. Y además acabo de terminar una relación de pareja súper intensa en México donde me convencieron de estar enamorado…; me vendieron una idea súper buena, pero después no funcionó. En fin, amor, desamor, obsesión, el estreno, la ansiedad del éxito o el fracaso, las cifras. El doctor me dijo: “no pasa nada, no te estas volviendo loco…”.

—¿Te da miedo caer en la locura?

—Esa siempre es mi paranoia, mi mayor temor, ciento por ciento. Me aterra. Y tengo una tendencia muy fuerte…

—¿En qué lo notas?

—En la obsesión. No paro.

—Para ti volverte loco significa…

—Desconectarme de la realidad, abstraerme totalmente y no darme cuenta de nada.

—Para despertar después con la camisa de fuerza.

—Claro. Hay muchos miedos, pero tiene que ver con eso, con un ataque de pánico que en mi caso es siempre leve y constante.

—¿Has sufrido muchas crisis?

—Sí, desde chico. Lo que pasa es que soy una esponja. En México, cuando estábamos por estrenar, me empezó una alergia en el ojo derecho tremenda, la piel al rojo vivo, una cosa horrible. Así que fui a la dermatóloga de Luis Miguel (ríe).

—No podía ser menos.

—Por supuesto, la dermatóloga de las estrellas. Y ella me decía “no entiendo, lo que tienes, es 100% sicológico”. Y fue muy divertido porque después del estreno se me pasó. Todo lo somatizo; tuve colon irritable por diez años, ataques de pánico, ansiedad al punto de terminar hecho una bolita en mi cama. Pero lo que me salva de no volverme loco es reírme de eso para sanarme. De eso se tratan mis películas, de la sanación. Soy como el Paulo Coehlo, el Ricardo Arjona del cine jajajá…

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—¿Pero al final lo pasas bien, eres feliz o no?

—De pronto me di cuenta de que sí. Soy feliz y no tengo miedo a decirlo abiertamente. Tengo claro que soy muy afortunado.

—¿Cuándo te diste cuenta?

—Hace como cuatro años. Cuando dejé el cinismo. ¿Te has dado cuenta de que en Chile es cool ser infeliz, estar deprimido, odiar, encontrar que el otro es un tarado? ¿Cuál es el placer? Es mucho más sencillo querer y tener buena onda. Vivo en una burbuja que yo mismo he construido donde trabajo con pura gente que quiero, con sentido del humor, donde nos reímos. Y aún así me las arreglo para tener mis paranoias, para estar siempre al borde del ataque de pánico. Sobrevivo tomando Lexapro, Rize. Con una ética donde lo que más importa es la obsesión por contar historias. Antes peleaba con los críticos, ¿pero por qué dicen estas cosas de mí? Y de pronto entendí que no soy un artista sino un obrero. Eso también me liberó. No todo lo que yo hago tiene que elevarse a la categoría de arte.

—No eres como Pablo Larraín o Sebastián Lelio que buscan ganar una estatuilla en Cannes o un Oso en Berlín.

—Más que ganar premios lo que busco es que mis películas conecten, que se vean, que las comenten, que sean generacionales, que hablen de cosas. Me mueve mucho ser punky, demostrar que hay una forma distinta de hacer las cosas. Desde Promedio rojo o las Qué pena, se pueden hablar otros temas y hacer otro tipo de películas. Y si hay gente que le molesta, cosa de ellos.

—¿En serio no te gustaría ganar un Oscar?

—No es un objetivo… Si tú me dices: ¿qué prefieres: que pase lo de Hazlo como hombre en México y te vayan a ver cuatro millones de personas o ganarte un Oscar? Prefiero ser un éxito de taquilla.

—¿Por la plata?

—Para mí lo importante es filmar, aprender, que esa película exista y ojalá que funcione para poder hacer la siguiente. No me importa demasiado la plata, cada vez menos; no necesito cosas, no tengo auto…no tengo nada, no hay ningún gusto en mi vida que cueste más de dos palos. ¿Qué me gusta? Ir a comer, viajar. Pero siempre viajo asociado a las películas. Mi mayor vicio es comprar libros, que los adquiero compulsivamente, como niño gordo. Debo leer el 40%, pero me gusta.

—¿En el amor cómo sientes que te ha ido?

—He aprendido. Este año una de las grandes frases que he atesorado es que “el amor es fácil”. En México tuve una relación con una chica maravillosa, argentina. Y una de las cosas que más conversábamos era que, como que yo estaba con toda la paranoia de “estoy súper metido en mi trabajo, no quiero sufrir ni meterme en algo…”. No hay para qué pelear con los dragones. El amor tiene que ser fácil, si no, no es amor, es obsesión, calentura…

—Sin embargo siempre se te ve involucrado con mujeres guapas. El clásico estereotipo del director de cine y la modelo.

—No sé. En ese sentido no soy tímido. Las mujeres me fascinan. Tengo muchas amigas. La mayoría de mis ex parejas son hoy mis amigas. Tengo claro que no soy el hombre más guapo del mundo, pero trato de estar relativamente presentable dentro de lo que me dieron mis genes. Claro, es como ¿qué te dieron?, pucha, un Lada. Entonces ando con el auto limpiecito, con bencina, revisión al día. Y ojo que mi Lada tiene un súper buen equipo de sonido.

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—Ya, pero cuál es tu obsesión por las modelos.

—¿Lo dices porque he estado con actrices, chicas guapas? Jajaja, es como si me preguntaras: ¿cuál es tu obsesión con comer cosas ricas? ¡qué quieres que te diga! (ríe con ironía). (Más serio agrega) Siempre he estado con minas que han sido power en las cosas que hacen, y si son guapas es porque claramente me quiero un montón. Yo no tengo ningún rollo con sentir que me lo merezco. Me encuentro muy buen partido y mino, porque a mí me quisieron cuando chico y yo me quiero.

—Se ve que no tienes problemas de autoestima.

—Nunca. Además, ¿por qué si tú estás con alguien que es menos guapa, esa relación va a ser más seria? Eso sí que es superficial. Por qué, si finalmente lo que yo hago es mostrar belleza constantemente, hablar de belleza, de lo estético, de lo lindo. Si mi mundo se rodea de actrices, de gente que trabaja en arte, y es como que a partir de ahí hay un universo. Mi última ex era cantante y actriz; y sí, en algún minuto fue modelo es porque era una chica linda. En South Park se reían sobre la adicción al sexo en un capítulo donde decían que “son hombres poderosos que solamente salen con chicas guapas y que tienen sexo constantemente, es una enfermedad brutal que hay que curar”. La gente vive en una burbuja de la realidad, de lo políticamente correcto, ¿por qué tendría algo de malo salir con mujeres que me gustan? Francamente, no está nada de mal (ríe).