Ni siquiera por la espectacular puesta en escena, banda sonora, estética o actuaciones —todas una fiesta para los ojos— se podría llegar a decir que la grandilocuente versión 3D de Baz Luhrmann para El gran Gatsby es definitiva.
Pero está claro que Gastby, en su versión 2013, tiene alguna especie de deuda pendiente. Igual que Jay, el personaje con que Leonardo DiCaprio se mueve con propiedad por el Nueva York de 1922, en pleno apogeo del exceso, la eterna farra y ad portas del desplome bursátil de 1929.




Si uno busca una palabra para calificar esta película —que fue un parto con retraso y que costó más de 100 millones de dólares—, lo más ajustado sería decir pastiche. Mezcla de reciclaje pop, pasado por una juguera de videoclip y guiños hasta a la difunta Amy Winehouse (con un cover de Back to Black de Beyoncé y André 3000), lo cierto es que en los límites de lo cool, el resultado de este Gastby no termina de convencer.




Luhrmann tropieza con las ansias de sobrepasar hasta la propia novela de F. Scott Fitzgerald. Y eso, ya es barroco. Baz, en versión anfetaminas, ni se logra acercar a su último referente audiovisual, de 1974, protagonizado por Robert Redford y Mia Farrow. Muchos, incluso antes de su estreno, se preguntaron si era necesaria una quinta versión para la trágica historia de Jay Gatsby, este nuevo rico obsesionado por un amor imposible.

Luhrmann tropieza con las ansias de sobrepasar hasta la propia novela de F. Scott Fitzgerald. Y eso, ya es barroco. Baz, en versión anfetaminas, ni se logra acercar a su último referente audiovisual, de 1974, protagonizado por Robert Redford y Mia Farrow.

Para las nuevas generaciones, el gancho son las bacanales fiestas interminables muy bien filmadas por el director australiano, que ya había hecho algo parecido con su alocada mirada del pasado con Romeo y Julieta (con Shakespeare revolcándose en su tumba) y Moulin Rouge!




Se huele que Baz, DiCaprio y compañía se enamoraron de la historia. Con inteligencia conectaron que la novela de Fitzgerald podría haber sido escrita el año pasado y sería genial igual. Pero en contra de todo el desenfado y delirio saludable del metraje, hay una grandilocuencia, una necesidad de querer abarcarlo todo —tan propio del mismo Gatsby— que le hace una zancadilla al producto final.




Aunque siempre hay algo bueno: si no ha leído a Fitzgerald ni visto ninguna de las anteriores versiones, después de gastar su dinero en la butaca (vale la pena, “old sport”, como diría el propio Gatsby), quedará con ganas de saber más sobre la historia de este gentleman atormentado.




>Revisa el tráiler de El gran Gatsby