Naomi Watts (1968, Shoreham Kent, Reino Unido) afirma que no tiene una veta cómica. Quizá su humildad responda al hecho de medirse en la película St. Vincent con una leyenda del humor de la talla de Bill Murray y con una de las actrices más hilarantes de la actualidad, Melissa McCarthy. Pero lo cierto es que Daka, su personaje de una bailarina rusa de pole dance en avanzado estado de gestación brinda a la comedia de Theodore Melfi algunos de sus momentos más divertidos. “Naomi ha sido increíblemente ambiciosa en este papel y ha asumido riesgos, probando todos los recursos gestuales, físicos e interpretativos que tenía a su alcance. Es duro ser gracioso, y este rol en concreto requiere mucha energía. Pero ella se atrevió”, quien así opinó en el pasado Festival Internacional de Toronto fue el mismísimo Murray, su amante en este filme que trata la historia de un viejo gruñón, borracho y fanático del juego quien entabla amistad con el niño de su nueva vecina. 

En septiembre, Naomi cumplirá 47 años, una edad que no le despierta ningún temor, a pesar de la severidad con la que Hollywood trata a las actrices cuando van sumando otoños. La carrera de Naomi Watts despegó en 2001, con su doble papel protagónico en Mulholland Drive, la inquietante película de David Lynch, al que durante su presentación en 2002 en Cannes  definió como “el genio que cambió el curso de mi existencia”. Antes de que el director reparase en ella, la actriz vivió tiempos difíciles en Los Angeles, donde había recalado después de una destacada etapa en la televisión australiana participando en la telenovela Home and Away, la galardonada miniserie Novias de Cristo y en la comedia ¡Oye, papá …! Audiciones y más audiciones en las que era rechazada por no ser divertida, por ser demasiado joven o demasiado vieja, por ser muy intensa… “Tratas de cambiarte y adaptarte a la demanda, pero Lynch logró arrancar todas esas máscaras”.

Para entonces, la actriz ya contaba 33 años, una edad avanzada y arriesgada para iniciar una trayectoria fulgurante en Hollywood.

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No obstante, no lamenta que su carrera no arrancara antes, pues reconoce que “quizás hubiera hecho malas elecciones, me habrían seducido con propuestas que ahora lamentaría… Ahora sé lo que quiero y cuando algo no me interesa, lo digo bien alto y claro”.

Y debe haber subido bien fuerte la voz, porque en paralelo está estrenando su rol de Leslie una actriz que quiere tener una oportunidad en Broadway en la nominadísima a los Oscar, Birdman, de Alejandro González Iñárritu, con quien ya había trabajado en la película 21 gramos (2003) por la cual fue nominada a dos premios de la Academia. Esta es una apuesta diferente, una comedia de realismo mágico y que también hace un guiño a la línea actoral que Naomi está acostumbrada a trabajar.

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—¿Piensas que con tu personaje en St. Vincent, tan estrafalario e irreverente se va a generar una reacción diferente con el público?

—No creo que resulte muy reconocible en este papel. Seguro que paso inadvertida, porque tampoco soy una habitual del género. Eso sí, estoy segura de que el hecho de haber trabajado junto a Bill y Melissa, en un rol así, va a abrirme las puertas a personajes diferentes de los que acostumbro. 

—¿Tu participación en una comedia ha sido una decisión planificada?

—Sí, estaba buscando algo más ligero de manera proactiva. Ya había hecho suficientes papeles oscuros, retorcidos, y me sentía triste en ese molde. Al final, sólo se te ofrece un tipo de rol, porque la gente piensa que es lo único que puedes hacer, y casi que tienes que ir a la caza de nuevos retos para desencasillarte. Y me ha costado, porque para rodar una comedia romántica tengo que sentir que está bien hecha, y no he dado con ningún guión así.

—¿Te interesaría repetir la experiencia?

—Ha sido muy divertido. Y aunque me gusta y respeto la comedia, no soy una persona muy versada en este género. Para que Daka cobrase vida me tomé libertades en la manera de hablar inglés y en la composición del personaje. Trabajé con un instructor de acentos, vi muchos videos en internet de chicas hablando a cámara de sus hobbies y buscando una vida mejor. Y pasé tiempo en un spa donde trabajan mujeres rusas y las grabé.

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— ¿Qué rasgos de esa observación incorporaste a Daka?

—Es un personaje estrambótico y ahí reside su gracia. En los vídeos que vi, la gente tenía un semblante muy serio aunque estuvieran hablando de lo felices que eran. Elegí ese rasgo para construir el personaje, pero tampoco me podía limitar a un solo color en mi paleta, así que también le implementé cierta brusquedad. Daka se mueve rápido, es una mujer dura, toma las riendas de sus asuntos. 

—¿Qué porcentaje del personaje reside en su caracterización?

—Me siento más cómoda con el cambio de aspecto que haciendo chistes. El acento, el vestuario y la apariencia física le dieron un tono diferente a mi interpretación, pero la transformación no añade nada si no has sido capaz de empatizar con tu rol.

—¿Cómo encajaba en tu casa ese aspecto y ese acento?

—Te aseguro que un personaje así no te lo llevas a casa cuando tienes dos hijos pequeños (risas). Pero sí se lo mostré a mi pareja Liev, porque ha interpretado personajes rusos en el pasado. De hecho, también presentaba en Toronto Pawn Sacrifice, donde da vida al campeón de ajedrez Boris Spassky.

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La actriz inglesa de nacimiento y australiana por adopción tiene una relación estable con el actor Liev Schreiber, padre de sus dos hijos, Sasha y Samuel. Watts vivió una década en Los Ángeles, hasta que conoció a su pareja en el rodaje de El velo pintado (2006, John Curran), y decidió mudarse junto a él a Nueva York. “A todo el mundo le gusta ‘odiar Los Angeles’ –dice con ironía-. Lo cierto es que ya hacía tiempo que me quería ir. Si tienes familia es diferente, pero sola, se hace duro”. De su nuevo hogar, destaca la gran energía de la ciudad: “Salir a la calle me acerca a Europa, hay una enorme diversidad cultural, moda, negocios… mientras que en Los Angeles es una conversación ininterrumpida sobre la industria del cine”.

En los últimos tiempos, la intérprete ha optado por viajar menos para adaptarse a la etapa escolar de sus  hijos aunque no se arrepiente de todas las aventuras que vivieron gracias al oficio de sus padres: “Hemos sido capaces de ir a Tailandia y la India, donde han montado en canoa, han visto elefantes… Son recuerdos espectaculares, mucho mejores que encajar cubos en la guardería”.

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—Como madre de dos niños, ¿crees que este rol es una forma de reivindicar que una mujer embarazada tiene energía para hacer lo que quiera?

—Daka ignora su embarazo y se limita a salir adelante en la vida, aunque de vez en cuando tiene algún momento conmovedor. Para hacer más real al personaje decidí que estuviera comiendo todo el tiempo. Durante mi primer embarazo sí que viví un periodo en el que comía cualquier cosa, sólo quería comer, subí 20 kilos, mucho para mi delgado cuerpo, pero afortunadamente, siempre me ha gustado hacer deporte.

—¿Qué rutinas físicas te impusiste para el papel?

—Para esta película fui a dos sesiones de pole dance. Es durísimo y acabé con tortícolis. Por suerte no tenía que hacerlo muy bien, porque las chicas que de verdad lo practican se lanzan y eso requiere una fuerza de la que yo no dispongo.

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—Ya atesoras una larga carrera, pero ¿todavía te intimida trabajar con otras estrellas?

—Sí, todavía me sucede con ciertas personas. De hecho, me puse un poco nerviosa al saber que iba a trabajar con Bill. No sabía si sería capaz de hacer este papel y particularmente junto a un actor de comedia tan bueno como él, así que contuve la respiración. De hecho, durante varios días me mantuve en el personaje para dirigirme a él, no le hablaba como Naomi, porque no quería demostrarle que estaba asustada.

— Cómo ha sido la experiencia de trabajar y promocionar el filme junto a Bill?

—Allá donde Bill Murray va la vida es una fiesta. El trabajo ya está hecho, así que ahora todo es diversión. No soy bromista, pero con él en el set todos los días había chistes, el rodaje era mucho más llevadero, la experiencia fue más ligera.