Dirigida por Rodrigo Grande y con las actuaciones de Leonardo Sbaraglia, Pablo Echarri, Clara Lago y Federico Luppi, la industria argentina hace rato que se soltó el pelo para seguir haciendo cine inteligente, de autor, pero con alcance comercial o masivo. El último gran ejemplo fue la aplaudida Relatos salvajes, cinta de donde aparece el protagonista de Al final del túnel, Joaquín (Sbaraglia), un hombre muy solo, en silla de ruedas que como absorbido por un huracán, es enfrentado a una acción trepidante dentro de una casona gigantesca y decadente de la que es dueño.

Su casi catatónica vida, de la que se lee una vida infeliz luego de un accidente automovilístico en que perdió mujer e hija, se ve interrumpida por Berta (Clara Lago), una bailarina nocturna y su hija Betty que llegan a arrendar una pieza del caserón. De allí en más, el director juega con intrigas, secretos, seducción y cómo el protagonista se interpone a unos vecinos-ladrones que organizan detalladamente el robo de un banco por medio de un sistema muy bien planeado de túneles.

Como un caldo muy bien cocinado, Al final del túnel responde a los elementos básicos del thriller, sin por ello ser una película obvia. Tiene quiebres de cintura muy bien logrados, una ambientación y cinematografía que logra conectar con la opulencia fallida y la bella decadencia de la sociedad argentina y porteña en particular.

Las actuaciones de Sbaraglia, Echarri y Lago funcionan como reloj. Igual que una cinta inesperada, que a ratos parece Duro de matar en silla de ruedas. Joaquín, el protagonista, “es un tipo que está hundido y, de pronto, se ve obligado a entrar en acción, como si tuviera una invasión en su casa”, cuenta Sbaraglia sobre su rol en este tipo de películas que siempre vienen desde Hollywood pero que esta vez tienen una más que aceptable factura latinoamericana.