Algo debe tener Anderson, que con apenas 44 años y ocho filmes ha logrado convertirse en el director de culto de actores como Ralph Fiennes, F. Murray Abraham, Mathieu Amalric, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Jude Law, Bill Murray, Edward Norton, Jason Schwartzman, Tilda Swinton y Owen Wilson, quienes, tal como en otros de sus trabajos, no dudan en cancelar agendas y filmar —aunque sea— un par de escenas junto al director.

El énfasis en Anderson, no es gratuito. El gran hotel Budapest es una película de director. Una donde se luce y hace lucir a todo ese reparto con un estilo muy alejado de los parámetros hollywoodenses. Acá, sus afanes se concentran en reconstruir, con un fino trazo retro y kitsch la Europa de fines de los años treinta en la ficticia República de Zubrowka, donde, en la punta de una montaña, se encuentra el majestuoso hotel, que será punto de partida para una alocada comedia negra, con trazos de thriller con asesinato incluido y un mix de géneros que sólo Anderson puede amalgamar.

Ralph Fiennes (Monsiuer Gustave H) y el botones del hotel, Zero Moustafa, son el eje de una desopilante historia que tangencialmente nos muestra, con una fotografía impecable y desconcertante para los estándares actuales, los escombros de lo que podría ser la Europa oriental, fina y aristocrática, justo antes de la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. Anderson cita directamente al novelista y dramaturgo austriaco Stefan Zweig como la principal inspiración de la cinta. Y al igual que Zweig, Wes maneja el sombrero de mago a la perfección, sacando y sacando sin parar a personajes, escenas notables, chifladuras preciosas e historias mínimas que queden macerándose en la retina por un buen rato.

Desfachatada y estrambótica para un espectador promedio, El gran hotel Budapest es un regalo para cinéfilos impenitentes.

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