La desgracia lo toca nuevamente. Él la sortea con clase y reflotando una historia personal con varias capas más de profundidad.

Conmovedor. Y digno. Sin show lastimero Pierce Brosnan (60) revivió este mes el duelo que protagonizó hace dos décadas con su primera mujer Cassandra Harris, quien murió de cáncer de ovario. Esta vez le tocó acompañar hasta el último respiro a la hija de ésta, quien perdió la vida por la misma enfermedad. Y en vez de lanzarse al llanto, sólo dio una breve declaración pública y volvió al set para retomar la última semana de rodaje de su película November man. Muestra así que fuera de cámara tiene más temple que el propio James Bond.

Este último luto sacó a la luz no sólo la fortaleza sino  que un carácter excepcional que su fanaticada conoce por décadas. Una profundidad que sobrepasa ese encanto irlandés con el que atrajera  las miradas internacionales en la ochentera serie Remington Steele, que después se elevaría a un nivel aún mayor con su sello para el agente 007.

La desgracia desplaza la admiración del galán al hombre. Ese actor a la espera de la fama que cuando se casó con la mujer que lo flechó al segundo, adoptó a sus dos hijos para que éstos –huérfanos de papá– no se quedaran sin un referente paterno.

El mismo sujeto que, ya viudo, se unió años más tarde a una atractiva periodista con look de modelo, Keely Shaye Smith. A la que todavía no le quita los ojos de enamorado adolescente, aunque ella hoy pesa veinticinco kilos más.

Qué distinto de Bond y sus chicas de fantasía. Realidad y ficción que, en su caso, sólo se cruzan por esa elegancia natural y humor inteligente.
Entre tantos agotadores programas de radio y TV pegadísimos en las quejas de mujeres  sobre el género masculino, vale rescatar que detrás de un galán también hay un hombre de verdad.

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