“¿Sueles mirar tus propias películas?”, le preguntó Martin Scorsese a Woody Allen en medio de una entrevista un día antes de los premios Oscar. “Hice mi primera cinta a fines de la década del ’60, y desde ese entonces no la veo”, respondió él. Con 55 años el primero, y 61 años el segundo, ambos directores se habían reunido en Manhattan para hablar de sus carreras y los claroscuros de Hollywood. “Yo tampoco”, dijo Scorsese enseguida.

“A veces, miro una por televisión, pero sin sonido. Contemplo las imágenes al pasar…”. Por aquellos días de 1997, con quince películas, un cuarto divorcio cerca, dos premios Bafta y cuatro nominaciones al Oscar por mejor director, Martin Scorsese estrenaba Kundun, un filme que relata la vida de la decimocuarta reencarnación del Dalái Lama, arrebatado de su familia para ser educado en el palacio de Potala e instruido como nuevo líder político y espiritual del budismo tibetano.

Ahora, con 74 años recién cumplidos, un Oscar, tres Globos de Oro y un Emmy más tarde, regresa para poner nuevamente a la crítica a sus pies con una de aquellas películas por las que debe luchar décadas antes de sacarlas adelante. Y es que el aclamado cineasta estrenará Silence, basada en la novela homónima de Shusaku Endo, que cuenta la historia de dos misioneros jesuitas portugueses (Andrew Garfield y Adam Driver) que van en busca de su mentor (Liam Neeson) atrapado en el Japón medieval.

La cinta viene a ser una tercera parte de la trilogía religiosa que comenzó con La última tentación de Cristo (1988) —que lo tuvo esperando 16 años hasta que los estudios Universal financiaran el proyecto a cambio de grabar Cabo de miedo (1991)— y Kundun, y también como una evidencia de que Marty siempre se sale con la suya, aunque sea 28 años después.

“Los estudios, por mejor intencionados que sean, piensan en el negocio y en el mercado. No comparto eso: tengo que sentir y estar convencido de que lo que hago está bien”, ha dicho y esa es la lógica que lo hace escabullirse de los aleros comerciales de la máquina hollywoodense para trabajar en ideas propias.

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No por nada estrenará la cinta en Estados Unidos el 23 de diciembre (febrero de 2017 en Chile) con apenas un ínfimo margen que lo salva de faltar en las nominaciones a los Oscar, posiblemente por la falta de confianza de Paramount en que el proyecto logre realmente capturar el interés del público.

Pero más allá de las pretensiones comerciales, la “calidad alucinatoria” que describió Variety tras analizar el teaser del largometraje es lo que realmente le interesa conquistar a Scorsese: los estándares artísticos por sobre los triunfos de la taquilla, y prevalecer su obsesión personal con las tramas de tinte religioso heredadas, probablemente, de sus raíces sicilianas-católicas, que alguna vez lo convencieron de ser sacerdote.

“En algún sen­tido retomé el tipo de cine que quería hacer”, había dicho sobre su película de la historia de Jesús, destacándola sobre otros de sus títulos de renombre, filmados en una industria que tiene absolutamente dominada para, de vez en cuando, encandilarse con producciones personales como el documental medioambientalista con Leonardo DiCaprio (Before the Flood) o… Silence.

Para hacer un equilibrio, en 2017 comenzará la filmación de The Irishman, reuniéndose con Robert de Niro tras 22 años desde Casino (1995) e incluirá a Al Pacino, Joe Pesci y Harvey Keitel en el elenco: una pandilla de veteranos para regresar al género de los mafiosos y un recurso del director para seguir vigente en Hollywood, aunque en el fondo pertenezca a un mundo muy diferente.