A inicios de 2016 Margot Robbie (27) estuvo de fiesta con el príncipe Harry e, inmediatamente, la prensa se entusiasmó con unir románticamente a la actriz australiana con el hijo menor de Diana de Gales. Lo que desconocían era que la rubia ya estaba casada en secreto con el asistente de dirección inglés Tom Ackerley, a quien conoció en el set de La suite francesa. Un enlace que sólo reveló por Instagram a fines de ese año. ¡Así de discreta! Por eso, llama todavía más la atención que haya elegido uno de los escándalos más mediáticos en la historia del deporte para producir y protagonizar la película que hoy la tiene como ganadora y figura central en la temporada de premios hollywoodense.

En Yo, Tonya (realizada por LuckyChap Entertainment, la compañía que armó con su marido) revive el drama olímpico entre dos excepcionales patinadoras de hielo estadounidenses: la pobre y ruda Tonya Harding con la privilegiada y admirada Nancy Kerrigan. Esta última fue atacada violentamente en vísperas de la clasificación a los Juegos de Invierno en Lillehammer de 1994 y el FBI descubrió que el marido de su deslenguada rival estaba detrás del incidente. Revelación que superó a cualquier ficción —y rating televisivo— meses después cuando ambas deportistas se reencuentran peleando por medalla en la pista congelada de Noruega. Por años, y luego de ser vetada de patinar profesionalmente de por vida, Tonya Harding puede hacer masiva su visión de los hechos a través de la alabada interpretación de Robbie en esta cinta. Redención, pese a que la actriz no tiene intención de ponerla como víctima de las circunstancias de miseria y abuso por las que pasó. Pero tampoco la retrata como villana.

—¿Sabías algo de Harding?

—En Estados Unidos obviamente fue una gran noticia, pero yo nunca había oído de ella ni de Nancy. Sabía muy poco sobre el mundo del patinaje artístico y, a pesar de eso, cuando leí el guión me cautivó la historia y sus personajes. Si alguien no conoce a estas personas, igual disfrutará del filme.

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—Tonya tenía muchas metas, ¿cómo abordaste esa motivación?

—Para cualquier papel trato de encontrar qué lo mueve: en la película, la vida, una escena y cada línea. Y en este caso, es tanta su necesidad de amor, validarse y lograr el cariño de su mamá que resulta trágico. Pero también encontró una libertad en el patinaje y en convertirse buena en algo. Luchó por ser la mejor y, por un momento, lo logró. Lo de ella se traduce mucho en perseguir el ‘sueño americano’.

—¿Sabías patinar en hielo?

—Australia no destaca por ese deporte, así que no lo practiqué de niña. Pero cuando me mudé por primera vez a Estados Unidos me inscribí en un equipo amateur de hockey porque amé la película Los campeones (con Emilio Estevez como entrenador infantil). Pero ni siquiera jugué una temporada completa. Partí de cero para esta película. Gracias a Dios tuve entrenadores increíbles, muy pacientes.

—¿Te lastimaste?

—Sufrí un montón de golpes, moretones y las ampollas más horribles que hayas visto. Además de una hernia cervical. Pero todo valió la pena.

—¿Cómo fueron las acrobacias?

—Usamos un reemplazo facial (colocan digitalmente la cara de la actriz a una patinadora profesional), pero teníamos un presupuesto muy limitado. Lo conseguimos gracias a los contactos que tiene el director Craig Gillespie en el mundo de los efectos visuales. Sólo en los segmentos de saltos aparecía la doble, algo totalmente distinto a Esquadrón Suicida, donde nos reemplazaban por escenas completas.

—¿Y tu preparación emocional?

—Mi trabajo para interpretar a Harley Quinn no se diferencia al de Tonya: necesito mucha preparación por adelantado. El proceso en el set obviamente es muy distinto. Si hay más dinero hay mayor tiempo. Aunque, sinceramente, si hubiéramos tenido todo el presupuesto del mundo en esta película no habríamos sacado algo bueno. El espíritu de esta producción —en que se describe a un personaje y mundo bastante rudo— nos convierte en la apuesta de los marginados. Tal vez no encajamos, pero definitivamente destacamos. Y no creo que hubiéramos alcanzado ese valor en otro contexto.

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—¿Qué buscas en los papeles que te ofrecen?

—Me atraen aquellos con los que no me puedo relacionar, el momento en que leo el guión y no entiendo por qué hacen y dicen ciertas cosas. Esos personajes me fascinan. Lo mismo como productora: cuando reviso un papel masculino, éste necesita ser multifacético. Con esta película nunca pretendemos afirmar Tonya es la heroína o Tonya es la víctima.

—La cinta aborda el atractivo de la fama. ¿Cómo lidias con ella?

—Lo que convirtió famosa a Tonya fue particularmente traumático. Le sucedió muy joven y sin una red de apoyo. Quienes la rodeaban no pensaban en lo mejor para ella. Esa es la mayor diferencia entre nosotras. Ella tampoco tenía recursos económicos para protegerse. Trabajaba de mesera mientras los paparazzi la seguían. Debió ser terrible. En mi caso, agradezco la gente maravillosa a mi alrededor.

Luego del éxito como gestora de Yo, Tonya, con su productora LuckyChap ya tiene en postproducción otras dos películas: Terminal y Dreamland.

—Eres productora de Yo, Tonya, ¿fue tu forma de crear un medio ya que no te llegan buenos papeles?

—Quería participar en diferentes aspectos del cine. Me encanta todo, no sólo la actuación. Amo las películas y ser parte de la preproducción, postproducción, el marketing y distribución. Me atrae el negocio. Además, trabajo con directores que están en su primera o segunda película, entonces siento que descubrimos algo juntos y creamos roles para mujeres, no únicamente para mí.

—¿Y el proyecto con Tarantino?

—No es oficial. Pero soy su admiradora. ¡Ay, así que haría realidad un sueño!