En un departamento en Las Condes, el té de las amigas se torna en un escenario que sirve para filmar películas. Sobre el mantel, tostadas, pasteles y cocadas se mezclan con cámaras, guiones, focos y abrillantadoras. La tetera hirviendo en la cocina compite con voces que hablan al mismo tiempo, risas y hasta cantos improvisados. Frente a la mesa, cuatro mujeres: Alicia Pérez, Angélica Charpentier, Ximena Calderón y la realizadora Maite Alberdi.

Las mujeres superan los ochenta años y son protagonistas de La once, un documental que narra las historias de estas abuelas en sus encuentros a la hora del té. Cosechó una larga lista de premios internacionales; mejor documental en Miami, Guadalajara y mejor directora mujer en el más importante premio del mundo audiovisual, el IDFA de Amsterdam, sólo por nombrar algunos.  

La once es uno de los documentales que más ha emocionado a la crítica internacional en los últimos meses. Comentarios sobre ésta abundan en inglés, italiano, francés y holandés. Quizá lo más notable fue la descripción de Neil Young de Hollywood Reporter, quien la cataloga como “un confite, de tamaño comible, donde lo dulce de arriba, esconde sabores mucho más complejos”.  

La historia de La once, como todas las cintas de Alberdi, es larga. Partió cuando su abuela le dijo que no podría asistir a la función de un documental que estaba estrenando ya que tenía el “té” con sus amigas. Para ella, que era la regalona, confiesa fue una respuesta insuficiente. Hasta que entendió cuál era la real importancia de este “té”. 

Desde 1952, este grupo de cinco amigas octogenarias se juntaban una vez al mes en una especie de ritual sagrado, impostergable e imperdible. Cada uno de los encuentros comenzaba con una oración y luego, con la lectura de algún pensamiento, carta, o una canción. Cada vez se hacía en una casa distinta y la dueña se esmeraba en preparar pasteles, panes con palta, y hasta pisco sour. Maite, con 50 años menos, miró toda esta escena de cerca y con cámara en mano se fue registrar cada encuentro. Lo hizo durante cinco años. Nunca les pidió que ensayaran, ni les puso maquillaje.

En el camino aparecieron de la boca de las abuelas temas que la sorprendieron; sexo, lesbianismo, infidelidad, muerte y el miedo a envejecer.Supo que iba por camino correcto, y comenzó a rodar. Al principio las locaciones se realizaron en las casas de las protagonistas, luego, fueron hacia los lugares donde organizaban paseos. A medida que el tiempo pasaba se iba encontrando con todo tipo de situaciones, donde ella sólo instalaba en silencio la cámara. “Hubo muchas peleas y discusiones entre ellas, que podrían haberme servido, pero yo quería mostrar temas que fueran más transversales, que se entendieran en Argentina o en Polonia”.

Alberdi cuenta que escoger las escenas no fue lo que más le costó, sino que el problema mayor lo tuvo al decidir cuándo terminaría de grabar. Los años pasaban y el grupo de las ancianas se iba achicando. Partieron grabando con siete, y ahora sólo quedan tres. Hasta que murió María Teresa, la protagonista y su abuela. Ahí encontró que debía parar. “Para nadie era lo mismo juntarse si no estaba ella”. 

Finalmente recopiló 350 horas de grabación, de conversaciones, de peleas, llantos y risas y después de meses de revisión, con su equipo escogió 70 minutos para armar su documental. Todo para retratar una realidad que Alberdi reconoce que cruza océanos, tendencias y del que nadie sabe cómo hablar: la vejez.

Aún le faltaba parte del financiamiento. Tocó la primera puerta, con la cadena del Independent Television Service en Estados Unidos y La once se convirtió en una coproducción. Quedó como acuerdo que el documental sería exhibido en la cadena PBS, desde el 27 de julio por las pantallas norteamericanas.

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Fue en Chile donde reconoce que se encontró con los mayores cuestionamientos: “¿por qué vas a hacer la película con señoras cuicas?”. Fueron parte de las preguntas que tuvo que responder, pero también la respuesta a lo que ella considera una de las principales fortalezas del documental. “El cine chileno ha caricaturizado mucho a los cuicos y los conservadores. Con La once se le da cabida a alguien que no escucharías de entrada, porque la encuentras demasiado conservadora o antigua en su forma de ver la vida”. 

No quiere revelar nombres de directores, pero sostiene que el cine puede ser una forma de lucha de clases, y en lo local siempre se ha visto como fríos a la clase alta. “Creo que los pitucos, o los sectores de clase alta siempre son los malos de la película. Falta retratarlos en profundidad, con sus valores, verdades y sus problemas”. 

Es crítica y con tono dulce, dice que los directores se ven tentados a siempre escoger historias de personas más vulnerables o con situaciones más complicadas. “La gente al final lo que quiere es ver historias extraordinarias, pero de gente normal”, asevera y piensa ése puede ser el mayor aporte de La once. “Retrata a un grupo. En verdad da lo mismo la clase. Podrían haber sido de cualquier lugar, pero tocó que fuera en Las Condes. ¡Una apertura a la mentalidad de los chilenos, para que no digan ay las viejas cuicas!”.  

“Si le doy a alguien una voz, no es para criticarla, es para mostrarla como es, aunque el montaje aguanta mucho y puedes crear un personaje nuevo si quieres. A todo el mundo le gustan estas señoras, incluso los más liberales, las adoran, lloran y se emocionan con ellas”.

Maite tiene 32 años. Es la mayor de una familia de cinco hermanos y salió de las Monjas Inglesas, pero nada de eso lo dice. Con su vida personal es cuidadosa. Asegura que hay que ser demasiado “cuico” para andar respondiendo en una entrevista de qué colegio saliste, o con quién estás casado. “Es una estupidez, qué importa el colegio donde estaba o mi vida personal, lo mío son historias ajenas”.

Y parte de su trabajo es contarlas. Pasa horas, meses y años, junto a sus protagonistas y el mismo tiempo, lo dedica a buscar nuevos personajes historias, bucea diarios, noticias, y el otro tiempo que le queda, si no está arriba de un avión, lo hace desde la oficina de “Micromundo” su productora, instalada al lado del Parque Forestal.

“Creo que tengo una manera demasiado intensa de relacionarme con mi trabajo. Me involucro, y quiero a mis protagonistas”. Recuerda también lo sucedido con Mauricio, el protagonista de El salvavidas —otro de sus premiados trabajos—, donde narra la historia del único de los salvavidas que nunca en su vida se había metido al agua. En esa oportunidad, la invitaron a participar del programa Quién quiere ser millonario. “Para mí era un suicidio social. Iba a perder en la pregunta tres, pero sentía que para él era algo demasiado importante. O sea, él me entregó cuatro años de su vida, y yo no podía fallarle”, cuenta. 

Con La once ha utilizado la misma fórmula que en todas; La peluquera, sobre una peluquería del Barrio Brasil, y en su nueva producción Los niños: La historia sobre un grupo de alumnos con síndrome de Down, que ya de adultos no quieren dejar el colegio. 

Una metodología que puede llegar a ser un poco obsesiva, pero que se ha transformado en su sello. Historias simples, reales y que retratan excentricidad y universalidad.  Como el caso de El salvavidas, donde primero entrevistó a 180 personas, hasta dar con el correcto. Lo siguió por tres veranos en El Tabo, y luego lo grabó. “Eso es lo que pasa, te das cuenta que la realidad muchas veces puede superar a la ficción, lo importante es encontrar a los personajes correctos y es lo mejor que hago yo”.