El cuento es corto: Luigi Abete, presidente de los estudios, firmó recientemente un acuerdo con el productor italiano Aurelio di Laurentis y el empresario Diego della Valle, patrón de la marca de zapatos Tod’s, para poner en marcha un ambicioso proyecto: en las 400 hectáreas que ocupan los estudios, construir varios hoteles, restoranes, centros de belleza, estacionamientos subterráneos para 6 mil vehículos y un parque temático sobre el cine. Todo, para recaudar dinero y enfrentar así una deuda de más de cuatro millones de euros. Por eso, hace semanas que los trabajadores de la “fábrica de los sueños” —como se conoce en Italia a las míticas instalaciones cinematográficas—, permanecen acampados a las puertas en protesta por este plan que, de cumplirse, dejará en la calle a cientos y acabará con buena parte de la historia de la industria del celuloide italiano.

“Cinecittà son muchos años de trabajo. Aquí se han rodado más de 3 mil películas, 37 de las cuales recibieron un Oscar. No es algo que se puede olvidar de un día para otro. Que esto se convierta en un complejo hotelero resulta desolador”, denuncian en un comunicado los empleados. Sin embargo, Abete defiende la idea argumentando que los nuevos servicios atraerán visitantes: “Cinecittà no muere sino que se enfrenta con energía renovada al futuro del séptimo arte”, aseguró a la prensa.
Precisamente el mismo día en el que Abete presentaba el plan industrial, un grupo de maquinistas, escenógrafos y técnicos— desfilaron ante las puertas de los estudios portando un ataúd y representando el funeral de Cinecittà, la muerte de ‘Hollywood del Tíber’. “Lo mejor es que los propietarios dicen que hacen esto en nombre del cine”, ironizaba un empleado. “El peligro que se corre es que se convierta en un centro de entretenimiento y se dejen de hacer películas”, advierte el secretario general en Roma del sindicato Cgil, Alberto Manzini.

PARA FELLINI, ROSSELLINI, DE SICA y VISCONTI estos estudios fueron su segunda casa… Pero lo cierto es que la decadencia se veía venir. De las más de 150 películas que se hicieron el año pasado en este país, sólo siete se grabaron en los míticos estudios de la Via Tuscolana. Porque rodar en sus instalaciones no resulta barato y, por otra parte, las malas condiciones de conservación de algunos de sus platós hacen que muchos directores italianos y extranjeros busquen otros escenarios. Aun así, en los últimos años se grabaron aquí La pasión de Cristo (1994) de Mel Gibson, o Pandillas de Nueva York (2002) de Martin Scorsese.

Hoy Cinecittà sobrevive en buena medida gracias a la grabación de programas como Gran Hermano o alguna serie de TV. Y, claro, en el cambio influye la forma de hacer películas. Porque, por ejemplo, poca gente sabe que la mítica escena de La Dolce Vita donde una sensual Anita Ekberg se bañaba en la Fontana de Trevi, no se rodó en la fuente sino en una reproducción casi perfecta en los estudios romanos. Hoy, en cambio, resulta más fácil y económico cortar el tráfico en la central Via Veneto de Roma, como hizo Woody Allen el pasado verano para rodar su A Roma con amor, que reproducir la misma calle como hizo Fellini en su obra maestra.
El director italiano fue uno de los grandes defensores de estas instalaciones. “Marcaron el comienzo de todo lo que soy. Todos mis encuentros, relaciones, amistades, experiencias y viajes empiezan y terminan en Cinecittà”, confesó Fellini. Su estudio favorito, el número 5, quedó prácticamente destruido hace unas semanas tras un incendio. Triste metáfora del principio del fin de la fábrica de los sueños.

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