Luis Gnecco Dessy (55 años, casado, dos hijos) viene corriendo tras dejar a Mateo (13) en el Stadio Italiano. Con camisa polinésica, jeans y anteojos redondos, hiperventilado, le cuesta sentarse para el maquillaje de la producción fotográfica. “Y pa´qué tanta cuestión”, dice. No le importa cambiarse fuera del camarín, porque ya se ha “empelotado” mil veces. Recibe una camisa blanca y cree que no le va a quedar. Ha vuelto a lo que llama “mi historia de vida: del L a XL”. Desde el fin de Prófugos y luego de un año en que estuvo en televisión, radio, cine y teatro, pasó a ser XL otra vez. Está contento y cansado. Cerró una temporada llena de éxitos y de mucho trabajo. Terminó Prófugos, Soltera Otra Vez 2 y acaba de finalizar una alabada temporada en las tablas con Rojo. Viene llegando de Puerto Octay, donde estaba grabando The Foreigner, un thriller sobrenatural rodado en inglés y donde estará junto a Lorenza Izzo y Ariel Levy.

“Cara de malo, cara de caña, de sexy, cara de chiste”. Versátil, Gnecco tiene gestos para lo que le pidan, hasta que se escucha “cara de depravado”. Algunas carcajadas del equipo de producción y, luego, a puertas cerradas, el actor comienza a hablar sobre el proyecto en el que lleva casi un año trabajando en silencio: El Bosque, donde interpretará al sacerdote Fernando Karadima, declarado culpable de abusos sexuales con violencia contra menores.

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Aprender a dictar misa, lecturas de documentos eclesiásticos y legales, libros y entrevistas con las víctimas son parte de su rutina para preparar a uno de los personajes que más lo entusiasman en su larga carrera, la que empezó a tomar vuelo en 1987 con la teleserie La invitación. La base del filme es consistente: El Bosque se inicia con un pre-guión escrito por Andrés Murillo antes de que el caso explotara en los medios. A partir de eso nace la película que dirige Matías Lira.

El Bosque, que no usa nombres reales, narra la historia de Bruno Karevic (Gnecco), director de la Iglesia más poderosa chilena, además de un santo en vida y Tomás (Benjamín Vicuña), un adolescente que cree tener vocación sacerdotal. Con los años se irán descubriendo las redes de poder e influencia, abuso y manipulación tendidas por Karevic. El filme está en preproducción, el rodaje comienza aproximadamente en abril y se estrenará a finales de este año con un formato como el de la película NO: primero aparecerá en cines y luego como miniserie de cuatro capítulos en Chilevisión.

“Cuando me invitaron a participar de El Bosque no pude negarme. La historia de Karadima está enraizada en la sociedad chilena. Escuchas sus prédicas y cómo le hablaba a los empresarios más importantes de Chile como si fueran niñitos de ocho años. Hombres de negocios que cooperaban y lo alababan. Te habla de una Iglesia corrupta, que ha sido poco clara, pero igual tremendamente valiente en dictadura, aunque también protegió a mucha gente enferma. No hay problema en que seas gay y sacerdote, pero el tema es cuando te aprovechas de eso”, sostiene Gnecco, quien entiende cómo funciona la Iglesia.

Estudió en el Colegio Calazans, de la congregación de los Episcolapios. “Eran tipos brutos, pero jamás se metieron en un espacio de intimidad. Los curas eran un poco violentos y con cero inteligencia emocional. Si había algo raro, nunca lo vi. Había dos o tres medio delicados y rayados que podrían haber sido abusadores, pero honestamente nunca vi nada raro. Ellos saben dónde atacar, y no lo hacen con cualquiera, todo va en que tú lo permitas o no”.

—Pero usted dijo que le cree al Papa Francisco, que hasta le hace llorar y además tiene a sus hijos en colegios católicos…
—Me emociona sólo hablar de él. Es un tipo que viene a renovar este mundo. O sea, yo crecí en un colegio católico y en algún minuto me movilizó eso de la Iglesia. Nunca pensé en ser cura, pero me fascina este hombre. No me gustaba el polaco Wojtyla (Juan Pablo II), me parece detestable y que retrocedió a la Iglesia, ni Ratzinger (Benedicto VXI), especie de inquisidor que siguió ocultando cosas.

—¿Admira a alguien de la Iglesia? Una vez lo escuché hablar de Escrivá de Balaguer.
—Fuera de que me parece una calle muy bonita… (Se ríe) Es curioso y creo que los Opus Dei han sido bastante menos dañinos que los Legionarios, que siguen adorando a Marcial Maciel, que era morfinómano y pedófilo. Es impresentable que en Chile sigan existiendo los Legionarios de Cristo. He conocido mucha gente buena y sana Opus Dei. Como colectividad, me parece más sana que otras de la Iglesia Católica.

—¿Qué le va a exigir Karadima a Gnecco como actor?
—Lo que me va a costar es la independencia del personaje real. Es muy difícil, porque lo estoy escuchando de manera habitual y no quiero terminar imitándolo. El desafío está en descubrir al Karadima que llevo dentro; el abusador, el sibilino, el mentiroso, el cercano, el iluminado. Tiene que ser equilibrada la cosa, por algo la gente se acercaba a él, seguro que es muy encantador, iluminado, muy simpático, muy querendón y seguro que es muy cruel, muy enfermo. Algo tan complejo como eso. Me cuesta ver todavía un concepto, pero sí tengo una imagen, la palabra “vampirismo”. Me surgió ese término y todo lo que hay en torno a eso. Me parece que es un desafío actoral potente y creo que en manos de Matías Lira y junto a Benjamín Vicuña se realizará el mayor esfuerzo por llevar esa historia lo más justamente posible. Porque hay gente que piensa que esto es una mentira, un gran engaño. Tendremos que luchar contra la estupidez mental chilena, que en todo ve una denuncia, y que no conoce el término ficción.

—¿Lo dice por lo que pasó con NO?
—Claro, muchos políticos de izquierda y derecha llamaron para decir que algunas cosas de la película no eran reales. ¡Lo que no entienden es que esto es ficción! Con El Bosque tendremos que luchar contra eso. Es la historia de Karadima, pero es un personaje, no es Karadima, es Hamilton, pero no es Hamilton…  Hay que decir que El Bosque va a ser una película más, para mí súper importante y desafiante y singular en mi carrera como actor. Lo de Karadima como el sacerdote iluminado que logró cincuenta y tantas vocaciones, estrella en el Vaticano, cómplice en el silencio de los príncipes de la Iglesia chilena, abusador, confesor y director espiritual de buena parte de nuestra elite, y que después se sabe lo que era de verdad. Me parece fascinante.

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“Gays y mayordomos podrían ser mi especialidad”, juguetea Gnecco, quien interpretó papeles homosexuales un sinfín de veces, desde el humor de El desjueves, hasta el drama con Paulo Brunetti Las heridas del viento. Hoy, desde su cuenta de Twitter @luchognecco apoya la causa de la Fundación Iguales y se siente cercano a la lucha por los derechos homosexuales. “@LuisLarrain querido tocayo, te veo esperanzado en el nuevo Congreso para aprobar el matrimonio igualitario. Ojalá no nos frustremos”, escribió  a sus casi 100 mil seguidores.

“El AVP es lo que se puede permitir en esta sociedad de mierda. Debería haber matrimonio igualitario, los homosexuales deberían poder adoptar hijos. Esa causa me motiva. Que haya una ley de aborto no busca promover el aborto. Si la marihuana se legaliza no estoy diciendo que todos consuman marihuana. ¡En Chile tiene que dejar de ser noticia que el cabro que saca puntaje nacional en la PSU no pueda contar que era feliz cuando le llevaba el desayuno a sus dos mamás!”.

Cauteloso para hablar de su intimidad, sus verdades profundas ruedan por el suelo cuando tiene un micrófono y conversa en su programa Lo que el viento no se alcanzó a llevar, en radio Infinita. “Me habían comentado que cuando conoces a Benito Baranda, te sientes como un gusano”, dice sobre la última entrevista que le sigue rondando la cabeza. En la radio hace catarsis junto a sus compañeros Rodrigo Bastidas y Virginia Araya. Dice que ahí lo pasa chancho y que habla de todo, incluso de lo que no tiene que hablar: sus hijos y familia.

A Baranda quería conocerlo hace rato. “Yo creo que es porque no hago nada, y con suerte le doy plata al Hogar de Cristo. Siento que alguien como yo, con la plata que gano, con el éxito que tengo, debería devolver la mano”.

Sentado en un café de Nueva Las Condes, observa los últimos blocks que sobreviven en esta parte de la ciudad al proyecto de viviendas sociales de Salvador Allende. “En este país no hay integración y se vive bajo un sistema de gueto. Por ejemplo, mi hija Martina (17, La Maisonnette) se junta con puros niñitos del Cumbres o del Tabancura y las consideran “maracas” porque se visten como minas ricas, pero en cambio las que se visten como monjas, no. Estos cabros no salen de su lugar, pero no todo es culpa de la elite, esto pasa para arriba y para abajo.

—Pero usted es parte de esa elite: Tiene a sus hijos en La Maisonnette y el San Juan Evangelista.
—Obvio, estoy dentro de los millonarios de Chile, pero te aseguro que pago mucho más impuestos que cualquiera. No tengo problemas con la elite letrada, pero acá piensan que los hijos de padres separados son más tontos. Me desespera un poco todo esto, porque lo del desarrollo yo no lo voy a ver, mis hijos no lo van a ver, probablemente mis nietos puede ser que lo vean, pero estamos cagados.

“Lo único que me motivó hasta los huesos fue votar por el No”, explica sobre su muy independiente posición política, media conservadora, medio liberal. Para estas elecciones cuenta que no fue a votar. Y reitera que no se arrepintió de haberlo hecho por Piñera. “Pensaba que tenía que hacerlo, el voto era obligatorio en esa época, todos los otros candidatos me parecían detestables y no iba a votar por Frei. Ahora agradezco que el voto sea voluntario”, dice el ciudadano Luis, aquel que asegura no ser de derecha ni izquierda, al que le gusta Hernán Larraín y simpatiza con Rodrigo Hinzpeter, pero que en octubre dedicó una función especial de la obra Rojo para apoyar la campaña de Giorgio Jackson. El mismo ciudadano Gnecco que hace unas semanas recibió un llamado de Luciano Cruz Coke para participar en Evópoli, una llamada que todavía lo tiene pensando.

De seguro algo hará al respecto. Por lo pronto Gnecco navega las olas con la sapiencia de los años. Lo suyo es la ficción. La realidad, a veces lo supera.“En este país, todo el mundo, le tiene miedo a todo el mundo y no entiendo por qué”, reflexiona tras el año en que su trabajo ha estado más expuesto en todos los medios.

“He aprendido a cuidarme, yo respondo por mí. La sobreexposición que tiene un actor es brutal y yo estoy acostumbrado a eso. Soy un huevón afortunado en cuanto al tema del éxito. Yo empecé el ’86 haciendo teleseries y de ahí nunca paré. Pero es complicado en esta sociedad que te hace un escaneo de tres preguntas y al tiro saben de qué colegio eras, dónde vives… Ya me estoy arrepintiendo de esta entrevista. A veces hablo más de la cuenta. El silencio es muy bueno. Es muy elocuente, muy certero. Tengo que aprender más del silencio…”.