La habitación del hospital Val-de-Grâce de París parece una cárcel. Lejos de la gloria repentina que logró como sucesor de Christian Dior, Yves Saint Laurent está deshecho en angustia, tembloroso, al borde de un colapso nervioso. Sus ojos están desorbitados y tiene la mirada perdida. De fondo, se escucha la voz de un hombre al que apenas oye. Está absorto en pensamientos tortuosos. Apenas tiene 24 años y su carrera acaba de comenzar. Pero el peso del éxito lo tiene hundido en un síndrome maníaco-depresivo. La voz del hombre se escucha otra vez: «Yves, ¿quieres vivir o quieres morir? Porque si quieres morir yo no puedo hacer nada por ti». Quien habla es Pierre Bergé, su socio y pareja, el compañero que lo salvó del abismo hasta su muerte en 2008.

Esa escena de la película Yves Saint Laurent, estrenada en Francia en enero, resume la imagen que da el filme sobre el diseñador más influyente de la segunda mitad del siglo XX: un genio torturado por la inseguridad y la timidez; un personaje trágico que dependió de la protección de Bergé como una más de las drogas a las que fue adicto. La cinta ha sido un éxito de taquilla en Francia y es la quinta que se filma en este país sobre su figura. Pero el hecho de que dos largometrajes se estrenen en 2014, seis años después de su muerte, demuestra cuán vivo se mantiene el recuerdo del hombre que redefinió la estética y los límites de la feminidad contemporánea.

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Ambas películas tienen títulos casi idénticos. Yves Saint Laurent está dirigida por el actor Jalil Lespert y es la que acaba de ser estrenada en las salas francesas; Saint Laurent, del cineasta Bertrand Bonello, será estrenada en Cannes 2014. Aunque las dos coinciden en mostrar la fragilidad desgarradora del creador, sólo la primera tuvo la aprobación de Pierre Bergé, que lleva dos años luchando contra el proyecto de Bonello. «Tengo los derechos morales sobre el trabajo de YSL, su imagen y la mía, y sólo autoricé el filme de Lespert», dijo hace un tiempo quien hoy es uno de los empresarios más poderosos de Francia.

Su actitud sobreprotectora con el legado de Saint Laurent se entiende después de ver la cinta: mientras el diseñador se encargaba de crear las piezas que revolucionaron el vestuario femenino, Bergé se dedicó a construir la leyenda, a contar la historia por él, a erigir uno de los imperios más grandes del mundo de la moda. De aquí que, antes que una película biográfica, YSL sea la historia de una relación simbiótica y turbulenta entre Saint Laurent y su mentor, desde los días en que se conocieron, a fines de los años 50, hasta la muerte del diseñador por un cáncer cerebral.
El filme comienza como un relato idílico de amor entre dos hombres radicalmente opuestos, pero que se complementan a la perfección. Saint Laurent, interpretado de manera excepcional por el actor Pierre Niney, es un joven patológicamente tímido, seguro de su talento, pero incapaz de soportar la mirada del público y de la prensa al final de sus desfiles. Pierre Bergé, encarnado por Guillaume Gallienne, es el estratega, el relacionador público hábil y el hombre de negocios que se enfrenta a todo y a todos con un temperamento y una astucia inquebrantables.

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Poco a poco, lo que parte como una relación intensa y feliz se transforma en una tragedia. Los desequilibrios emocionales de Saint Laurent, el llamado a enrolarse durante la Guerra de Argelia y la presión de crear según los estándares de Dior lo llevan a su primera crisis nerviosa. En medio de una depresión feroz —lo que impulsa a la casa de costura a removerlo de su cargo—, el diseñador le comenta a Bergé la idea de crear su propia marca. “Tú tienes el talento, yo me encargo del resto”, le responde su amante, sin saber que el éxito de la empresa YSL será también su perdición. Las drogas, los celos, el alcohol y la infidelidad terminarán por separarlos hacia fines de los años 70.
Ladrón de personalidad

Para la filmación de Yves Saint Laurent, Pierre Bergé permitió que Lespert tuviera acceso no sólo a los lugares esenciales de la vida de su pareja —su casa, su taller y su hogar en Marrakech—, también dio su autorización para que se usaran los vestidos YSL originales y cedió los lentes del diseñador para que el protagonista los utilizara. El mimetismo que logró Niney con el personaje fue tal que Bergé confesó que las pocas veces que asistió al rodaje, miró las escenas con lágrimas en los ojos.

 

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“Le dije a Pierre Niney que era un ladrón: ‘Robaste a Yves desde la A a la Z’”, dijo Bergé en la prensa. Su retrato de un hombre siempre al borde del quiebre emocional, de gestos delicados y voz temblorosa ha sido el aspecto más aplaudido del filme, en el que Lespert se aleja de la imagen del diseñador superestrella, para entregar una visión humana, desmitificada y sin censura del personaje. Durante toda la segunda mitad de la cinta, la historia se centra en el período sórdido de autodestrucción de Saint Laurent, y revela el submundo retorcido de drogas y sexo en el que se hundió en sus años de máxima gloria.

Fue por entonces que creó una de sus colecciones más provocativas, Libération, con la que trastocó los códigos de lo masculino y femenino, y en la que estrenó una de sus prendas más transgresoras: el smoking para mujeres. Aunque solía preferir la palabra evolución antes que revolución, Saint Laurent estaba consciente del poder que ejercía en la sociedad con sus creaciones: “Participé en la transformación de mi época”, dijo en 2002, al anunciar su retiro. Para el diseñador, no había nada más hermoso que poner a prueba la feminidad de una mujer vistiéndola de hombre.

Uno de los aspectos más criticados de la película es enfocarse en la intimidad del creador y dejar de lado la relevancia de su trabajo artístico. Sus diseños no sólo se convirtieron en clásicos —desde la chaqueta safari hasta el chaquetón de marinero—, también tuvieron un impacto cultural profundo en una época marcada por la revolución sexual y por cambios sociales. YSL fue el primero en integrar el vestir de la calle en el mundo de la alta costura, fue el diseñador que incluyó sin prejuicios elementos de la cultura popular, del arte contemporáneo e incluso de la estética campesina y proletaria.

 

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También fue el hombre que diversificó las pasarelas, al elegir modelos negras y asiáticas para sus desfiles y campañas. Pero su logro más subversivo fue empoderar a la mujer, enfundarla en prendas con toques masculinos y darle el control sobre su cuerpo y su sexualidad. “Si Chanel le dio libertad a las mujeres, Yves les dio poder”, decía Pierre Bergé, algo que una de sus musas, Catherine Deneuve, explicaba de manera más atrevida: “Yves Saint Laurent diseña para mujeres que llevan vidas dobles”.

El filme de Jalil Lespert ayuda a entender el origen de ese afán transgresor, nacido en el mundo underground desenfrenado en donde el diseñador pasaba sus noches en los años 60 y 70, en los días en que, cada vez más distanciado de Bergé, vivía rodeado de sus musas, de sus amistades tóxicas, de artistas como Andy Warhol y de sus múltiples amantes. De esos entornos oscuros tomó la estética gangsteril, las chaquetas de cuero y los elementos andróginos que hoy son parte del vestuario común de toda mujer occidental.

Algunos críticos de Yves Saint Laurent han denunciado que más que una película, la cinta parece una campaña publicitaria, pero nadie ha dudado del retrato veraz y honesto que hizo Jalil Lespert del lado íntimo y tormentoso del diseñador. Los dos filmes que por estos días reviven su figura en Francia son una prueba del legado incombustible del hombre que, según la revista Vogue, “fue el primero en todo y ha inspirado a todos”. No es casual que una de sus citas más famosas haya sido “las modas pasan, el estilo queda”. Eso es Yves Saint Laurent hoy: un estilo que se resiste a morir.