“¡Ven para acá, Marcello!”, decía Sylvia (Anita Ekberg), una actriz de Hollywood, a Marcello Mastroianni desde las aguas de la Fontana di Trevi en La Dolce Vita (1960). Mientras ella se bañaba tranquilamente con un vestido de fiesta negro y una larga cabellera rubia, Marcello entraba de a poco a bañarse junto a ella en la que después se transformaría en fotografía icónica para los enamorados que visitan Roma. Una escena simbólica y polémica, que permanece en el imaginario popular y que ha sido reconocida como uno de los grandes aciertos del cine italiano de Federico Fellini y que hoy —55 años más tarde—, reaparece tras el fallecimiento el pasado 11 de enero —en la misma Roma que la vio llegar al estrellato— de una de las grandes musas del director, Anita Ekberg.

“Ciao, Anita” se leía en el cartel que fue colgado en la Fontana di Trevi como homenaje a la artista tras su muerte a los 83 años. Sueca de nacimiento pero con una vasta carrera como actriz y modelo en Italia, dedicó más de cinco décadas a la escena artística internacional. Fue Miss Suecia a los 19 años y una de las seis finalistas del Miss Universo. Ganó un Globo de Oro como mejor actriz emergente en 1956 por su papel en Blood Alley (1956) de William A. Wellman y ese mismo año, actuó junto a Audrey Hepburn en War and Peace del  estadounidense King Vidor. 

Rubia, sensual y de exuberantes curvas, Anita conoció la fama mundial de la mano de Federico Fellini. Aún no alcanzaba las tres décadas de edad cuando éste la seleccionó para ser parte del elenco y darle vida a Sylvia en La Dolce Vita, cinta que obtuvo el Oscar por mejor diseño de vestuario y que transformaría a la actriz en el ícono mundial de la sensualidad.

Años más tarde, la sueca dejaría atrás el mundo del cine y se dedicaría por completo al modelaje. Posó para millones de revistas en todo el mundo, entre ellas Playboy. Hace dos años había hecho noticia por su aparición pública en silla de ruedas en Berlín, totalmente contraria a lo que fue durante los ’60. Sin embargo, tras su muerte esa imagen devastadora ha quedado en el olvido y vuelve a florecer la de sex simbol en las mentes de todos quienes tuvieron la fantasía de tenerla cerca durante el peak de su carrera.

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Pero muchos dirán que la principal musa de Fellini no sería otra que su misma esposa, Giulietta Masina. Se casaron en 1943 y se convirtieron en el dúo artístico más famoso del cine italiano. Fue el personaje de Gelsomina en La Strada (1954) del mismo Fellini, la cinta que los haría tocar las estrellas con el Oscar como mejor película extranjera, eso además de los más de 50 festivales internacionales en los que obtuvo el primer lugar. A ese filme le siguen otros tantos en los que Giulietta encarnó desde mujeres despechadas hasta prostitutas. Il Bidone (1955), Nights of Cabiria (1957) y la primera cinta en color del italiano, Giulietta de los espíritus en 1965, son algunas de las películas que consagraron a la pareja en la escena internacional. 

Sin embargo, otros nombres también resuenan cuando se evalúa la carrera de este director. Sandra Milo, su amante por casi dos décadas, fue también la protagonista del aclamado drama Ocho y medio (1963), en el que la actriz fue fichada por el mismo director para interpretar a Carla, la amante de Guido (Marcello Mastroianni). Milo reveló a la prensa internacional que había sido el propio Fellini el que la había ido a buscar a su casa tras haber hecho largos castings a otras interesadas. La italiana Claudia Cardinale y la francesa Anouk Aimée son también otras musas de Ocho y medio y que llegaron a la cumbre del éxito gracias a su trabajo con el director. “Federico Fellini me enseñó a ser actriz”, señaló Anouk Aimée en el festival Rendezvous de 2013.

Anna Magnani, Lucía Bosé, Maria Antonietta Veluzzi, Tina Aumont, entre otras, fueron parte del ‘harén’ que por más de 40 años lo acompañaron en sus cintas. Amores y desamores. Rubias, morenas, altas y bajas han quedado inmortalizadas bajo la dirección del italiano. Está claro, para Federico Fellini era infaltable un ramillete femenino a su alrededor a la hora de rodar una nueva película. Importantes premios, la fama y el reconocimiento mundial podría bastar para muchos, sin embargo, para él, la gran fórmula de ese éxito siempre estuvo a cargo de sus musas. ¿Alguna en particular? Al parecer, todas.