El cruce de la historia de Matías Bize y Benjamín Vicuña para La memoria del agua parece a simple vista virtuoso. El actor se enteró de esta historia que amasaba Bize y de inmediato —motivado por la propia pérdida de su hija— se integró al proyecto y se dispuso para dotar de realismo al inmenso dolor que atraviesan Javier (Vicuña) y Amanda (Elena Anaya), una pareja que acaba de perder a su hijo en un accidente en una piscina, del que nadie y al mismo tiempo todos son culpables. Aunque se intuye que la pareja se ama y ha construido una familia linda, su relación se desmorona rápidamente tras tamaño infortunio vital.

En este punto, Bize y Julio Rojas, los guionistas, deciden mostrarnos cómo avanza esa lucha interior de Javier y Amanda por perdonarse, curar heridas y seguir con la vida, más que en cómo se vive el duelo por la muerte de un hijo, por lejos la experiencia más traumática y destructiva que puede vivir cualquier padre.

El foco en esa historia, la del “¿Y ahora qué?”, puede descolocar a un espectador que esperaba ver llantos, desmayos y litros de lágrimas por esta situación desgarradora e indeseada.

El director en cambio, pone el ojo, con una profunda tristeza, en cómo todo lo que parece sólido, firme e inquebrantable, se desvanece. Por fuerza mayor o causa natural. Un hijo muerto en este caso es el detonante, pero también podría haber sido una infidelidad o simplemente que se acabó el amor. Bize está más interesado en contarnos cómo se acaba el amor de pareja y menos en cómo se vive la pérdida de un ser querido. La memoria del agua no desgarra como quizás algunos esperaban. Pero es triste. Muy triste. Como cualquier relación amorosa que avanza moribunda y no da más.

Nota aparte tiene la corta pero demoledora aparición de Sergio Hernández como el padre de Vicuña, el encantador perro que acompaña al protagonista y la música incidental, diseñada con sutil belleza por Diego Fontecilla, ex Elso Tumbay y hermano de Bize.