Hace más de quince años vino a Chile por placer. Recorrió playas, caletas y probó todos los pescados y mariscos que pudo. Como si fuera una exploradora gourmet fue descubriendo moluscos, algas onduladas y una carne suave y blanca que provenía de una extraña concha marina. Preguntó qué era y le respondieron locos. ¡¿Locos?!, exclamó y pidió que le mostraran al menos uno. Quedó maravillada.

Esa concha, hasta ahora, es el único cenicero que tiene en su casa de Los Angeles. Lo cuida como reliquia y, de alguna manera, observa el descubrimiento como su primera conexión con Chile. Luego volvió para grabar publicidades y otra vez para recibir un premio en el Festival de Cine de Viña del Mar. Como mexicana aventurera se sentía definitivamente atraída por el desierto, Valparaíso, los palafitos de Chiloé y a pesar de que siempre estaba atenta a lo que sucedía en el país, ese día en que comenzaron las noticias en torno al accidente de la mina San José, se enteró al pasar.

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“Estaba sumergida en lo mío. Ya sabes: los rodajes a veces obligan a levantarte a las cinco de la mañana y no paras hasta que se esconde el sol”. Leyó algunos breves antes de dormir y esa secuencia imaginaria de hombres tratando de salir con vida desde las entrañas de la tierra, quedó plasmada en su mente como un pasaje de una historia de Julio Verne. Desde entonces, todo se transformó en un encadenamiento de buenas intenciones, en un sinfín de entrevistas, en un rodaje en Colombia y otro en Chile. En suma, un proyecto que la ha acompañado durante estos tres últimos años y que hoy siente como el trabajo más potente de su carrera.

Cuando partió a exhibir el filme a Copiapó, los mineros la esperaban con los brazos abiertos. Vieron la cinta y más que sentirse héroes por segunda vez, le dijeron que había logrado sacar lo mejor de sus experiencias y transformarlas en ejemplo de superación bajo las actuaciones de Antonio Banderas, Rodrigo Santoro, Juliette Binoche, Cote de Pablo, Lou Diamond Phillips, Mario Casas, Gabriel Byrne y Bob Gunton, entre otros. 

Ese domingo también se quedó a almorzar con ellos y sus familias. “Los conozco a todos muy bien, desde que comencé con las primeras conversaciones. Fueron cientos de entrevistas privadas, no solamente con ellos. Sino que además con sus mujeres, sus hijos y también sus novias”, dice con risa de complicidad latina. Esta es la primera entrevista mundial que concede previo estreno del 6 de agosto y, antes de continuar con el relato en un salón de un hotel santiaguino, se queda quieta y piensa en voz alta: “En realidad no estaban todos-todos. Faltaban algunos. Ya sabes, el aluvión también ha tenido otros golpes para ellos”.

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—¿No le llamó la atención regresar y encontrarse con los efectos de otra tragedia?

—Por supuesto, Es algo triste y preocupante. He seguido cada uno los acontecimientos y no dejo de pensar en lo mal que lo pueden estar pasando. Pero también es gente que sabe de fortalezas y cómo salir adelante.

—¿La constante dificultad del mundo latino puede ser algo que atraiga al público americano?

—Cuando uno vive en Estados Unidos se acaban las nacionalidades. No hay mexicanos, ni chilenos ni argentinos. Todos somos latinos y nos unimos bajo una sola identidad. Siento que esta historia también es mía, habla de la cultura que más conozco. Mis películas anteriores tienen mucho de eso.

—En su filme La misma Luna habla de la separación de una madre con su hijo. De alguna manera los conflictos del continente están siempre en su trabajo. 

—Es verdad y eso está impreso en la historia que se desarrolla en Los 33, específicamente en la superficie. En el Campamento Esperanza nuevamente están esas líneas que he ido desarrollando en mi obra. Como los lugares limítrofes, los valores de ser latinoamericanos, la fuerza de las familias, la fe y también la devoción.

—Cuando le ofrecieron dirigir la película, ¿qué la conquistó?

—Seguro fue lo mismo, ese sentido de lucha, de sobrevivencia y sobre todo de esperanza. Nuevamente aparecen esos temas que para mí son esenciales.

—Se ha escrito y se ha dicho que usted es la cineasta latina más poderosa en Hollywood. ¿Le gusta la idea de ser la mujer que pinta los ‘frescos’ de Latinoamérica?

—Sólo puedo decir que ya somos pocos los directores latinoamericanos. Pero la razón por la que estoy en esto tiene que ver con un tema de alcance. La industria hollywoodense es capaz de llegar a todo el mundo, con plataformas difíciles de encontrar en otras partes. Además de ser pocos, debo ser la única mujer dirigiendo. Y no es algo fácil.

—¿Difícil ser mujer y realizadora en Los Angeles?

—Ha sido un camino duro, lleno de retos. Tan duro como ser minero. Siempre digo que hay que picar piedras. Y, por lo mismo, le tengo tanta fe a Los 33. Siento que después de esta gran película, las cosas podrán ser más fáciles para mí. Figuras como Guillermo Del Toro, González Iñárritu, Alfonso Cuarón, rompieron un esquema latinoamericano y son una muestra. Un ejemplo de que pueden dirigir temas universales. Eso es fenomenal. Pero que las mujeres lo hagamos, no sucede aún.

—Pero Los 33 es una película ruda, ¿no siente que ya es un crédito que haya estado a cargo de usted, una mujer?

—Que este filme lo dirigiera una mujer era algo que nadie imaginaba. Una historia de hombres, de máquinas, de accidentes. Pero ahí está el cambio. Lejos de la catástrofe lo que queda en el público son los sentimientos de esperanza. Finalmente, es una historia de amor y de familias. Antes de rodar, me junté con cada uno. Y me di cuenta de que todos contaban su historia con emoción a flor de piel. Ese fue el principio.

—¿Quedaron contentos con el resultado? 

—Pienso que sí. Desde el primer momento fui muy directa con ellos y siempre les comenté que no se trataba de un documental, sino de una ficción. Como tal se reduciría el número de personajes para que fuera comprensible y así la audiencia pudiera seguir la historia con mayor facilidad. También les hice saber que iba a utilizar cada una de sus experiencias, pero en un número menor de personajes. Ellos lo entendieron y cuando finalmente vieron la película, advirtieron que distintas acciones los retrataban. No llevaban sus nombres, pero se reconocieron. Y eso fue lo que más alegría me dio.

—¿Conoció a Carlos Eugenio Lavín, uno de los principales financistas chilenos de la producción?

—Sí. Lo conocí. Sólo puedo decir que me pareció un hombre muy educado, amable y me reuní en varias ocasiones con él. Pero en la película no participó en ningún aspecto posterior. Siempre es igual, uno solo tiene relación con ellos desde un punto de vista social y nada más.

—Cuando se enteró del Caso Penta, ¿qué pensó?

—La verdad es que yo no conozco la política nacional y sólo puedo decir que Lavín fue una persona respetuosa de mi trabajo. Fue una tarea gigante, enorme, al punto que siento que filmé dos películas. Una bajo tierra, otra en la superficie. Eran dos porciones de realidad que se mezclaban, pero no se topaban. Dos historias que se entrelazaban. Entonces para mí era fundamental tener independencia y libertad creativa. Gracias a Dios tuve ambas cosas.