Estoy loco… estoy irremediablemente enloquecido por el cine. Y lo peor de todo, es que me siento muy feliz.

Al parecer, esta locura comenzó desde el momento en que nací. ¿Cómo se explicarían entonces los berrinches de infante inconsciente con los que atormentaba a mis padres cuando no me querían llevar a una película para mayores a la vermut del domingo? Mi pobre madre se veía obligada a esconderme al ingreso del cine bajo su largo abrigo para luego sentarme en sus rodillas y dejarme ver una película que no entendía, pero que observaba en silencio, sin moverme y con los ojos muy abiertos… según el relato que me hacía años después. La locura hizo que habitualmente “robara” a mis padres una de sus sábanas para proyectar a mis amigos de la infancia y en “pantalla grande”, cortas películas mudas cuyas imágenes de pronto se aceleraban o retrocedían según la velocidad y el sentido en que yo girara la manivela del pequeño proyector. Estas fueron mis primeras cámaras lentas, cámaras rápidas y efectos de inversión de movimientos. Esta locura es peligrosa porque puede ser contagiosa.

Ya en la adolescencia contagié a mi familia entera y a mis compañeros de colegio para que participaran como actores y asistentes en las pequeñas filmaciones que hacía los fines de semana. Los argumentos los extraía de las revistas de historietas que acumulaba a lo largo de años. La suerte de tener unos padres de mentalidad muy abierta para la época hizo que se definiera toda mi vida profesional. Ellos pensaban que había que apoyar las pasiones de un hijo aunque éstas fueran una locura; así que terminé graduándome con especialización en Cine y Televisión en los Estados Unidos. La suerte siguió apoyándome en mi pasión, ya que pude aprender de grandes directores como Helvio Soto, Aldo Francia y Raúl Ruiz, al ser director de fotografía en una de las mejores épocas del cine chileno. Todo iba “miel sobre hojuelas” hasta que comenzó la tempestad. Después del año ’73 pensé que nunca más iba a poder participar en la realización de una gran película. Pero sorpresivamente surgieron las pequeñas películas. Las de la publicidad. Por años volqué mi apasionada locura en los comerciales para cine y televisión, sin olvidar jamás el sueño de hacer cine de verdad. Peso que se ganaba, se guardaba para financiar ese sueño que algún día podría llegar… hasta que finalmente y producto de esa maravillosa mezcla de suerte y pasión surgiera Julio comienza en Julio. Desde entonces, mi locura contagió a decenas de actores, técnicos, escritores, músicos, amigos y familiares para la creación de La Luna en el Espejo, Coronación, Cachimba y ahora Y de Pronto el Amanecer.

Mi vida ha sido una larga historia de amor con las películas; con sus momentos de alegrías, de tristezas, de discusiones, de esperanzas y desalientos. He visto “renacer” al cine chileno en varias ocasiones y la aparición de “nuevos cines chilenos” en otras cuantas. La sensación es que nuestra industria siempre flota en una pequeña balsa que a veces la rodea un mar calmo y esperanzador. Pero en otras, se levantan olas gigantescas que amenazan con hacerlo zozobrar. Hoy en día se viven momentos paradójicos. Tengo la impresión de que el cine chileno pasa por su instante más glorioso a nivel internacional, gracias a la conquista de algunos de los premios más importantes del mundo. Pero a nivel nacional es quizás el peor de los minutos.

Las salas de las grandes cadenas están cortando una muy baja cantidad de boletos de cine nacional. ¡Esta insólita paradoja ameritaría ingresar a los Récords Guinness! Creo que una causa importante de este misterio son los escasos recursos con los que el cine nacional cuenta para su promoción. ¿Cuántas películas chilenas de las aproximadamente cuarenta que se hacen al año son identificadas por el público? ¿Dos o tres? Pero quizá lo más grave que está ocurriendo es que las grandes cadenas tienen la tendencia a minimizar y a veces incluso a hacer desaparecer de las salas a nuestro cine; seguramente siguiendo instrucciones que provienen desde el exterior, o tal vez por la ley del menor esfuerzo. Pero ya llegará el momento en que la tormenta amaine y nuestra pequeña balsa flote segura sobre un mar lleno de nuestras historias y vidas que solo nuestro cine puede entregar. Tengo la enorme suerte de haber hecho y estar haciendo lo que más me apasiona en la vida.

Me siento feliz de haber nacido contagiado por esa locura creada por un genial invento. Una fábrica de sueños que nos hace vivir un maravilloso universo de fantasía y que muchas veces nos hace sobrevivir la realidad. Y lo que más me alegra de todo, es saber que soy apenas uno de los cientos de millones de contagiados en el mundo entero por esa locura llamada CINE.