Si se permite la exageración, hemos dejado de seguir a Alexis Sánchez en la Premier League para mirar con atención la suerte que corre Daniela en las nominaciones cinéfilas. Casi no leemos The Guardian ni The Sun ni el Daily Mirror. Preferimos enterarnos de lo que dice The Hollywood Reporter, el que calificó a Daniela como “una estrella maravillosa (…) Con sutileza forense, Vega evoca algo parecido a la armadura defensiva de una criatura exótica acostumbrada a vivir todos los días en una jungla urbana hostil”.

O ilusionarnos con lo que dijo el crítico de la revista Time, quien hizo púbico su favoritismo por la película de Lelio en la carrera por el Oscar a la Mejor Película Extranjera. Sí, porque Una mujer fantástica está jugando en las grandes ligas. En febrero ganó el Oso de Plata al mejor guión. Y ahora es una de las nueve películas que conforman la prenómina para la categoría de Mejor Película Extranjera de los premios Oscar, la que el 23 de enero quedará reducida a cinco que lucharán por la estatuilla. El acierto de la película es que opera como una suerte de espejo respecto de lo que somos como sociedad. Es el Chile homófobo el que sale al paso de Marina Vidal —la protagonista—, el mismo que ve con horror la relación que ella mantiene con el dueño de una fábrica textil, Orlando Onetto —interpretado por Francisco Reyes—.

La barbarie se desata una vez que Orlando muere. Es el momento en que los dispositivos del prejuicio y la discriminación se activan. La voz de alerta para que el lado más aborrecible de la chilenidad florezca de manera casi natural.

¿Quién ayuda a Marina a lo largo de la historia? Prácticamente nadie. Su hermana, en un momento; el hermano de Orlando, en otro; su profesor de canto. El resto, es ella, en solitario, quien debe luchar con las armas que tiene. Hay una escena en la que Marina camina por una calle del Santiago antiguo. La cámara la sigue de perfil en un travelling. Entonces, un fuerte viento comienza a soplar levantando polvo, hojas, bolsas de plástico. Marina debe inclinarse para no ser desplazada. Es una metáfora refinada de lo que deben vivir no solo los trans sino buena parte de la población LGTB cuando debe hacer frente al lado más cavernario de Chile. Sin embargo, al relato de la película, se contrapone el fenómeno que esta ha provocado a partir de su exhibición.

Las buenas críticas, la figuración internacional, la cobertura que se le ha dado a Daniela Vega dibujan un Chile distinto: tolerante e inclusivo. La visibilidad de las minorías sexuales ha ayudado a que los chilenos vean con claridad esa realidad que antes se veía a partir de una caricatura, pero todavía hay una porción de la población que se mantiene rígida en sus estructuras valóricas y en sus prejuicios, que le resulta más cómodo no darse el trabajo de ponerse en el pellejo del otro, de dejarse llevar por una pereza emocional y valerse de los estereotipos para relacionarse a través de ellos no solo con los trans sino con los inmigrantes, sobre todo si son peruanos, bolivianos o colombianos. No sabemos la suerte que correrá en los Goya, en los Globos de Oro ni en el Oscar. Pero ya aplaudimos el hecho de que esté ahí. Comenzamos a salir de las cavernas. La luz asoma a pocos pasos de distancia. No es el fulgor de las estatuillas sino la luz de la inclusión.