El pasado persigue a la bruja. Ese debería ser el título de La Bruja de Blair, dirigida por el experimentado Adam Wingard (You Are the Next, 2011), quien acá se pisa la cola y definitivamente se pierde en el bosque, el mismo que sirve de locación de la cinta.

Las razones del acto fallido son varias, principalmente advertibles por quienes cayeron redondos con la novedosa propuesta de 1999 de The Blair Witch Project, de los debutantes Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, que dejó marcando ocupado a millones en todo el mundo con un falso documental que registró, con mito autogestionado mediante, las cámaras “encontradas” de tres jóvenes cineastas desaparecidos mientras se internaban en un siniestro bosque en Maryland para seguirle los pasos a la Bruja de Blair.

Cuando el siglo pasado terminaba, los 60 mil dólares con que se armó la cinta y los más de 200 millones de dólares de recaudación fueron un hit por todos lados. Una sorpresa angustiante y novedosa en el mercado del terror sicológico. La bruja de Blair, en cambio, es una cadena de decepciones. Apegada sin creatividad a la propuesta original, pero entregando un nuevo punto de vista tecnológico con minicámaras o drones, la película patina durante casi todo el metraje en un páramo. Sólo en el último tramo se desencadenan algunas escenas mejor logradas, pero es solo eso. Buenas ideas desaprovechadas, perdidas entre los árboles, los símbolos y el terror de mirar a la bruja.

Los que no vieron The Blair Witch Project probablemente encontrarán en La bruja de Blair, con mucha paciencia, una película apenas digna. Para los que vimos en 1999 el inicio de una especie de cine de guerrilla, viralizado desde la artesanía de una mitología muy bien construida, solo queda decepción.