Quizá nadie imaginó que se podría “revivir” a la mítica Audrey Hepburn. Su actitud clásica, elegante y la absoluta sencillez con la que se desenvolvía durante los años dorados de Hollywood parecían estar extintos. Pero lo cierto es que en el hotel Baccarat de Nueva York, en una exclusiva presentación para la prensa del nuevo perfume Live Irrésistible de Givenchy, Amanda Seyfried (31) —actriz de Mamma Mia! que hace tres años es la imagen de las fragancias de la firma francesa— evocaba la misma delicadeza y sensualidad ingenua que su antecesora. 

Con unas precisas palabras de bienvenida y absoluta seguridad agradece a su prometido Thomas Sadoski por su próximo gran proyecto (el embarazo, claro). Declara que Live Irrésistible le provoca la misma sensación que su primer perfume e incluso bromea sobre la foto de la campaña publicitaria: “¡Esto realmente pasó! Estuvimos trabajando todo el día en París, incluso llovió. Estaba sentada en el puente, me podría haber caído al Sena y hasta podría haber muerto”.

Paradójico, pues la misma actriz señaló en una de sus últimas entrevistas que sufre de trastorno obsesivo compulsivo (TOC), que hace 11 años toma el antidepresivo Lexapro y que tiene diferentes tácticas para manejar sus altos niveles de ansiedad. “Cuando me siento pésimo hago ejercicio o tomo una ducha y luego me pongo mi perfume y máscara de pestañas. Es algo que instantáneamente me pone de buen humor. Por eso me siento mal por los hombres, porque hay un estigma muy grande sobre los que usan maquillaje”. 

 Y aunque dice que está aprendiendo a no ser tan abierta sobre sus problemas, el ambiente que se vivió la tarde siguiente en el hotel Crosby del Soho, durante su entrevista con la prensa internacional, era casi como un íntimo baby shower. Lejos de parecer incómoda al comentar sobre su ansiedad, la madurez con que Amanda habla de su carrera y sus debilidades es digna de una actriz que ha recorrido lo bueno y lo malo de Hollywood.

De hecho, su colaboración con Givenchy ha sido como una especie de terapia para ella. “Es diferente a la actuación. Cuando eres una actriz te puedes esconder, ahora no. Soy yo completamente, tengo que ser honesta. Cuando actúas no hay consecuencias, a menos que las lleves contigo a tu casa… eso es un problema”.

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Hasta ahora, la carrera de Seyfried ha sido muy variada. Con comedias, thrillers, musicales, buenas actuaciones y otras que son mejor olvidar, parece satisfecha con su desarrollo profesional. “Me siento bien, he tomado buenas decisiones aunque algunos proyectos resultaron terribles. Trato de ser lo más dinámica posible para mantener el factor sorpresa en el público; así me creen cuando actúo. Y aunque no tomo muchos riesgos, creo que he asumido los suficientes”. Esa versatilidad, más la confesión de su patología en un mundo repleto de dobles discursos la han transformado en una de las actrices más creíbles de la industria. 

Para la crítica ha sido complicado darle una narrativa a los roles de Seyfried. Según declaró Leigh Silverman, director de la obra Off-Broadway The Way We Get By —donde Amanda conoció a Sadoski y personificó a Beth— su impresión de la actriz fue de haberla visto en muchas películas rotundamente diferentes: “Claro, estaba en Los Miserables. Después fue como “un momento, también protagonizó Mamma Mia! y Mean Girls, además de Big Love por 5 temporadas”. ¡Y todo eso en tan poco tiempo!”.

Pero para la actriz nacida en Pensilvania la variedad no ha sido al azar. “La verdad es difícil no tomar proyectos porque siempre quiero trabajar. Eso si, creo que tanto las elecciones como las pausas en tu carrera te separan del resto de tus colegas”. Por eso mismo, dice mientras toma agua desde la botella en el living de la suite 1107, lo más relevante es ser versátil. “Quizás esa es la razón de por qué le tengo miedo a la televisión, aunque sea un temor infundado y tonto. Porque al final el público te ve siempre como el mismo personaje, lo que no es cierto”.

La vida privada de Amanda dista mucho de lo que se podría imaginar de una consolidada actriz de Hollywood. Amante de los animales y agradecida de Finn, su perro rescatado y el protagonista de su cuenta de Instagram, acaba de comprar una casa en Stone Ridge, Nueva York, donde tiene un huerto, más animales y trabaja con la cámara local de comercio. Con una rutina de belleza que califica como “nivel 2”, —“dos porque tengo una rutina y dos porque los productos que uso son exclusivos”— dice que puede estar lista para salir en once minutos desde que se mete a la ducha. No se ha hecho ningún tratamiento extravagante —de hecho, ni siquiera entendió esa pregunta de una de las periodistas y pidió disculpas por no tener algo que contar— y asegura que tiene dos estómagos: uno para lo salado y otro, por supuesto, para lo dulce. 

Junto con el fin de año llega una de las épocas favoritas para los más fanáticos del cine: la temporada de premiación. Pero Amanda, sin pudor ni recato, deja clara su opinión en una sola frase: “Es una explosión de egos”. Sin nunca haber estado nominada a un Oscar, explica que esta temporada aumenta aún más sus patologías de ansiedad. “Estás feliz con tu carrera, trabajas duro… Hasta que llega la temporada de premios y no estás nominado. Y claro, piensas `qué estoy haciendo mal’. Pero eso realmente es irracional… así es que no estoy interesada en los premios. Salen todas mis inseguridades, soy una actriz”.