En las últimas páginas de Yo soy Espartaco, Kirk Douglas retrata toda su grandeza. Enterado por un secretario la mañana del 1 de enero de 2012, un correo electrónico firmado por el actor George Clooney está frente a sus narices. Es el prólogo de su libro. Douglas, el último superviviente del cine estadounidense clásico y que cumplió 98 años este mes, está estupefacto. Escribe que solo una vez en su vida habló por teléfono con Clooney, pero que lo admira por sus labores humanitarias.  Lee con atención y, al final, se emociona hasta las lágrimas. No es la vejez la que lo ablanda. Es el remate del texto. “Kirk Douglas es muchas cosas. Estrella de cine, actor, productor. Pero, en primer lugar y por encima de todo, es un hombre de una naturaleza extraordinaria. Esa naturaleza que se forja cuando hay mucho en juego. Esa naturaleza que buscamos siempre en los momentos más difíciles”.

Las alabanzas de Clooney se justifican por un hecho crucial en la historia de Hollywood, donde Douglas fue protagonista: el 19 de octubre de 1960, en el estreno de Espartaco, el actor puso en los créditos de la película al guionista Donald Trumbo, castigado con el ostracismo por sus simpatías comunistas y que debió escribir con seudónimos —y a un valor muy inferior a su talento— para poder sobrevivir. Ese día es conocido como el fin de las listas negras provocadas por la caza de brujas, una idea impulsada por el Poder Legislativo de ese país —con participación activa de un joven Richard Nixon— para sancionar a las personas de izquierda por, supuestamente, estar en contra del pueblo estadounidense.

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A través de documentos, ayudantes y sus propios recuerdos, Kirk Douglas revive en Yo soy Espartaco su gesta más memorable, cuando le dobló la mano a la hipocresía. Aclamado por la crítica estadounidense y elegido recientemente el mejor libro de cine en Francia, su publicación en español es el emotivo viaje por los 14 meses que se sucedieron desde la génesis del filme hasta su debut. En sus páginas, el actor se transporta hacia el pasado para contar su propia existencia. Desde sus primeros trabajos cuando los directores de casting lo hacían esperar por horas hasta la inauguración de su propia productora, Bryna, un homenaje a su madre judía rusa y que, sin saber inglés, sacó adelante a sus siete hijos, soportando a un marido alcohólico y que la golpeaba.

Douglas, un hombre que sabía mezclar ambición económica con vocación artística, tenía, a fines de los cincuenta, un nombre entre los productores independientes. Aunque sus películas no habían desbordado la taquilla, concibieron buenas críticas y cada nuevo proyecto era superior al anterior. En esa década, su mayor hit fue Senderos de gloria (1957), una cinta dirigida por un joven de 27 años, llamado Stanley Kubrick, que expone una mirada negra sobre el ejército. Douglas percibe el talento y seguridad en sí mismo de Kubrick, pero no se llevan bien. Terminan el trabajo maldiciéndose y asegurando por la prensa que nunca más harán algo juntos.

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Pero, se sabe, el destino es impredecible. Para el proyecto más trascendente de su empresa, Espartaco, el padre de Michael Douglas reunió a un equipo de estrellas de la época: Laurence Olivier, Charles Laughton, Peter Ustinov, Jean Simmons y Tony Curtis, entre otros. Todos, dirigidos por Anthony Mann, cineasta impuesto por Universal, los socios de Douglas. En ese elenco excepcional, el guión quedó en manos de Donald Trumbo. No era cualquier guionista. Había pasado un año en prisión por negarse a delatar a compañeros y criticar al maccartismo por su falta de libertad de expresión. Tenía cuero duro. A diferencia de otros colegas que fueron desterrados y cayeron en la miseria o el suicidio, Trumbo supo sobrevivir. Escribió cuentos para revistas femeninas mientras estuvo en Ciudad de México y, al regreso a Estados Unidos, volvió a laborar como guionista utilizando diferentes alias y, por cierto, cobrando mucho menos. En ese periodo, ganó dos Oscar: por Vacaciones en Roma (1953), donde fue obviado y le entregaron el premio a su colaborador Ian McLellan Hunter y por El Bravo (1956), firmando como Richard Bosley. Para escribir Espartaco —basado en un libro de otro ajusticiado, Howard Fast, mientras estaba en prisión— se bautizó como Sam Jackson. Douglas se jugaba mucho. La película costaba doce millones de dólares y cualquier descuido sobre la identidad del escritor lo llevaría a la quiebra. Los ejemplos sobraban: Frank Sinatra, un tipo acostumbrado a no recibir órdenes, debió dar de baja a su guionista Albert Maltz, otro caído en desgracia como Trumbo, cuando la prensa y el padre de John Kennedy le exigieron despedir a su hombre de confianza en su debut como director.

Ese no era el único problema. Las confrontaciones de egos entre los actores eran diarias, e incluso, pasaban por encima de Anthony Mann. La grabación fue a los tumbos, con Ustinov cambiando parlamentos para lucirse más y el cineasta sobrepasado en su autoridad. Ese descalabro llevó a una decisión radical: despedirlo alegando “diferencias creativas”. Con el puesto más importante vacío, Douglas desoyó su promesa y fichó a Kubrick. Como se esperaba, el hombre tras La naranja mecánica se enfrentó a todos: despidió actores, obvió a su director de fotografía y se mostraba obsesivo. A veces demasiado: recuerda Kirk Douglas que, en una ocasión, debió obligarlo a que se comprara ropa porque los técnicos se burlaban de él porque asistía toda la semana con la misma vestimenta y sin intenciones de ducharse.

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Con Stanley Kubrick al timón, el filme —que relataba la rebelión de los esclavos, liderados por Espartaco, contra el abuso del poder— ganó en belleza, sentimiento y grandeza épica. Y, por sobre todo, comenzó a hacer justicia. Cuando Donald Trumbo fue invitado por Douglas a ver el visionado de la película a los estudios Universal, un lugar al que tenía prohibido asistir, tuvo miedo. Más aún, cuando junto a Kubrick y el protagonista ingresaron a los comedores del lugar, no quería pedir nada.

Yo soy Espartaco es, entonces, una lectura indispensable no sólo para los cinéfilos. Es un testimonio que, más allá de describir el desarrollo de una de las películas más trascendentes del cine, celebra la decencia artística. Al poner en los créditos a Donald Trumbo como guionista, Kirk Douglas le bajó el telón a la principal batalla interna en Estados Unidos post Segunda Guerra Mundial: el temor.

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“La década de 1950 fueron años de miedo y paranoia. En aquel entonces, el enemigo eran los comunistas. Ahora, el enemigo son los terroristas. Los nombres cambian, pero el miedo permanece. Los políticos exacerban aún más el temor y los medios lo explotan. Se benefician de mantenerse atemorizados. El primer presidente por quien voté fue Franklin Roosevelt. El dijo: ‘De lo único que debemos tener miedo es del propio miedo’”, dice Douglas. Palabras que, como dijo Clooney, son solo de un hombre de una naturaleza extraordinaria.

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